Prólogo #3
Sin saberlo, me había concedido un asiento en primera fila para presenciar el final de su vida.
Con cada grito, algo dentro de mí se rompía.
Antes era un vaso frágil de cristal guardado en una estantería, intacto e impecable; en aquel instante, la balda bajo mis pies amenazaba con ceder y cada chillido agudo me abría una nueva grieta.
Era tan solo cuestión de segundos que me convirtiera en simples fragmentos de cristal desparramados por el suelo.
Debieron de transcurrir horas, o tal vez solo unos minutos interminables. Lo único que sé es que, para cuando el sudor me había empezado a empapar el pijama, por fin había conseguido dejar de oírlos. El corazón me martilleaba con tanta fuerza que los latidos retumbaban por encima de los gritos.
Aflojé la presión que estaba ejerciendo con las manos y noté cómo me rugían los tímpanos, atentos al más mínimo sonido. Me estremecí, con los oídos doloridos, preparada para encogerme ante otro chillido. Pero no percibí nada.
Los gritos habían cesado y su intensidad se había desvanecido por completo. No se oía ni un gemido ahogado, ni siquiera un gruñido. Habían parado, como si nunca hubieran existido.
Un silencio desconocido hasta ese momento para mí flotaba en el aire. Era tan denso que podía sentir su peso oprimiéndome el pecho, los hombros y todo el torso. Era el tipo de silencio que se adhiere a las lápidas y se respira con la niebla temprana de una mañana cálida.
No se parecía en nada al silencio que reinaba en el bosque junto a mi casa ni al silencio en el que yo me sumía cada vez que les daba de comer a las serpientes.
No, esos estaban repletos de paz. Bajo el dosel de pinos verde esmeralda solo sentía una calma inquebrantable.
En el bosque imperaba un silencio poblado de murmullos que la mayoría jamás captaba, al menos no de manera consciente.
Es comprensible: pasan desapercibidos hasta que colocas la oreja cerca de la tierra húmeda y dedicas un segundo a escucharlos de verdad.
Las risas de las agujas de los pinos cuando el viento les susurra secretos.
Los grillos y las ranas respondiéndose entre sí.
Las ramas quebrándose, los pájaros alzando la voz.
Incluso los troncos de los árboles dan la impresión de latir con sus propias pulsaciones.
Sin embargo, aquel no era el silencio del bosque; era uno absoluto. Todos los sonidos se habían extinguido, como si un agujero negro se los hubiera tragado.
Era el silencio que acompañaba a la muerte.
No podía respirar. El calor sofocante que me consumía en aquel armario se asemejaba a un infierno. La garganta se me contrajo y busqué desesperadamente un soplo de aire, cualquier alivio.
«Por favor, por favor, por favor, que vuelvan los gritos», rogaba en mi mente, a quien fuera que pudiese escucharme. Yo misma había implorado que cesaran, pero no me refería a que lo hicieran de aquella forma.
Nunca habría pedido algo así. «Ten cuidado con lo que deseas», se suele decir. ¿Acaso era el universo dándome una lección, mostrándome por las malas que los deseos tenían consecuencias?
«Por favor, que alguien, quien sea, traiga los gritos de vuelta». Ansiaba suplicarlo a pleno pulmón, lanzar aquella plegaria al mundo. Quizá, si alzaba la voz lo suficiente, haría temblar a quienesquiera que gobernasen sobre el universo y me concederían aquel favor.
Pero, cuanto más pensaba en ello y en las implicaciones de mi súplica desesperada, más se acentuaba el vacío que sentía en el pecho y más me arrebataba las ganas de intentarlo.
Si mi madre no estaba gritando, entonces, había dejado de forcejear con él, y eso solo podía significar que había dejado de respirar, que ya no estaba viva.
Dejé de desear que volvieran los gritos y deseé que mi madre regresara a la tierra de los vivos, pero sabía, del mismo modo en el que siempre presentía cuándo se avecinaba la lluvia, que su alma se había marchado y que lo único que me quedaba era su cuerpo inerte.
Estaba acostumbrada a oír el acompasado subir y bajar de su pecho, era lo que me arrullaba casi todas las noches, y en ese instante… no había nada.
Solo silencio, vacío.
Sabía, en lo más profundo de mi ser, el momento en el que su corazón se había detenido.
Tal vez se debiera a la amarga quietud de su cuerpo o quizá…
a la sensación de que algo se había partido por la mitad en mi interior, como si una luz que siempre había estado ahí, guiándome por la vida, se extinguiera de pronto en mi mente; como si un interruptor del que nunca había sido consciente se hubiera accionado de golpe, hubiera arrasado con todo y hubiera dejado únicamente… una indiferencia fría.
No podía sentir nada, no me importaba lo que me sucediese.
Me daba igual si conseguía escapar de aquel armario o si nadie daba conmigo y acababa muriéndome envuelta en el jersey de mi madre.
Si aquel monstruo, Henry, se hubiera aproximado a mí con los dientes al descubierto y las garras extendidas, ni siquiera me habría movido.
Y fue precisamente esa frialdad la que me llevó a abrir los ojos.
Su atacante, con el pelo revuelto y los hombros relajados, como si se sintiera aliviado, seguía sentado sobre su cuerpo. Y ella estaba rígida, demasiado rígida.
«Mamá», articulé, pero de mi garganta no brotó ni el más mínimo sonido.
El reloj de pie del vestíbulo resonó alto y solemne y rompió el silencio. Pareció sacar al hombre de su trance, como si la campanada que anunciaba la hora lo hubiera obligado a dejar de regodearse en la muerte de mi madre.
El labio inferior me tembló al verlo levantarse del suelo, y el sonido viscoso del líquido que había bajo él me revolvió el estómago. Por más que intentaba tragar saliva, la bilis me trepaba por la garganta.
No solía pensar en la muerte ni en la posibilidad de que alguien pudiera arrebatarle la vida a otra persona —tal vez porque llevaba una vida feliz y no tenía ningún motivo para imaginarme algo tan macabro—, pero, en ese momento, no pude evitar pensar que nunca había visto algo que encarnase tanta violencia y serenidad al mismo tiempo.
Un amplio círculo, oscuro y aceitoso, había empezado a formarse alrededor de mi madre. La luz de la luna se reflejaba en la superficie brillante, mostrando el rojo que la noche trataba de ocultar. Desde donde me encontraba, distinguí varios círculos más sobre su bata, todos empapados de sangre.
El cuchillo que el hombre sostenía en la mano había sido el causante de cada herida que adornaba su cuerpo, frágil.
Lo observé mientras se ponía de pie por completo y arrastraba con elegancia la hoja por su ropa para limpiarla.
En ese instante, me percaté de los guantes de cuero que llevaba puestos y de su ropa oscura e impecable.
Aquello no había sido un acto impulsivo y, por la naturalidad con la que se movía junto al cuerpo inerte de mi madre, supe que no había sido su primera vez matando a alguien.
Estaba claro que había segado más vidas y que ella tan solo había sido otra víctima que acababa de añadir a su creciente lista.
Un obstáculo del que necesitaba deshacerse, según lo que había alcanzado a escuchar de su conversación.
Cuando se dirigió a la puerta de la habitación, no se encontró con un pasillo vacío, sino con otra figura que emergió en el umbral.
—Por fin —dijo Henry con un tono de voz tranquilo. Eran las primeras palabras que pronunciaba desde que mi madre había exhalado su último aliento—. ¿Has dado con ella?
El corazón se me detuvo de repente.
«Con ella».
Me estaban buscando, y le había encomendado a su compañero que se encargara de mí. Si esa noche hubiera dormido en mi dormitorio, es probable que hubiera compartido el mismo destino que mi madre, solo que a manos de otra persona; de hecho, aún corría el riesgo de acabar como ella.
Lo único que alcanzaba a ver eran las largas piernas de su cómplice; todo lo demás quedaba oculto tras la figura descomunal de Henry. Pero…
—No.
Aunque solo fue una palabra, una respuesta breve, sentí cómo me calaba hasta los huesos, como si una ráfaga de viento frío hubiese irrumpido en el armario abrasador donde me ocultaba.
—La casa está vacía, salvo por unas serpientes que hay en una de las habitaciones de invitados —añadió.
Era la voz de una persona joven. Por más que la oscuridad tratase de enmascararla, podía percibir la juventud en su timbre.
—Quédate aquí, hijo. Voy a echar un vistazo rápido y nos vamos. No toques nada…
—A menos que lleve los guantes puestos —lo interrumpió el compañero desconocido, con una elegancia que contrastaba con el tono juvenil de su voz—. Recuerdo perfectamente tus reglas.
«¿Hijo?», pensé. ¿Aquel hombre había llevado a su hijo consigo para asesinar a alguien? ¿Qué clase de padre haría algo así? ¿Qué clase de ser humano permitiría que un crío presenciase tal atrocidad como si nada?
Estaba preparada para que la cabeza empezara a darme vueltas, tratando de asimilar la escena que tenía ante mí, pero apenas me dio tiempo a hacerlo, porque Henry desapareció en la oscuridad del pasillo y dejó la figura de su hijo expuesta frente al armario, en el umbral de la puerta.
Todos los vellos de la nuca se me erizaron como si estuvieran cargados de una electricidad que me atravesó hasta la planta de los pies.
Me sentí como si la nieve hubiera irrumpido en mi casa, como si la escarcha brotase de sus zapatos con cada paso que daba.
Era la personificación del invierno y del frío más implacable.
No pude evitar sumergirme en la frialdad que descansaba sobre sus hombros como una segunda piel.
Parecía una especie de Jack Frost, precioso y sin luz.
Contuve el aliento al observarlo, consciente de que nunca había visto a aquel chico. No aparentaba ser mayor que yo, pero daba la impresión de haber vivido bastantes más años, como si su alma llevara vagando por el mundo mucho más tiempo que su joven cuerpo.