La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3) Prólogo #2
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Prólogo #2

Al oírlo chasquear la lengua, un escalofrío me recorrió la espalda. La piel de los brazos se me puso de gallina y me aferré aún más al olor del jersey con el que me había envuelto el cuerpo.

—¿Recuerdas lo que te dije cuando nos conocimos, Phoebe? —inquirió él, acercándose más a ella, invadiendo su espacio como si tuviera derecho a estar allí—. Que odiaba a las mentirosas. Y tú me prometiste, con esos ojos grandes y verdes, que lo último que harías sería mentirme.

—No soy…

—Sabes que tengo amigos. Mi familia tiene amigos. Así que, si te diera por entrar en alguna comisaría y presentar una denuncia contra mí o afirmar haberme visto haciendo algo, me enteraría. Pero tú no harías eso, ¿verdad, Phoebs?

El modo en el que inclinó la cabeza hizo que mi madre se estremeciera, como si fuera consciente de que aquel hombre podía descifrar hasta el más mínimo de sus movimientos.

—No lo…

—No habrás hecho tal cosa, ¿no? ¿O lo has hecho y luego me has mentido a la cara?

Mi madre estaba de espaldas, así que no podía verle la expresión, pero sí percibí la forma en la que se le tensaron los hombros al tiempo que seguía alejándose de él.

—¿Qué esperabas que hiciera, Henry? Después de lo que vi, ¿qué esperabas?

—susurró mientras él avanzaba sigiloso, de la misma manera en la que Rosca y Moca acostumbraban a acorralar a sus ratones vivos: como si fuera a atacar en cualquier momento.

Con cada paso que daba, el corazón se me encogía un poco más—.

Podemos conseguirte ayuda, ¿vale? Si te entregas, buscaremos el modo de ayudarte.

La ignoró por completo, como si aquellas palabras murmuradas le hubieran entrado por un oído y salido por el otro. Una calma inquebrantable dominaba sus gestos. No necesitaba gritar ni discutir, le bastaba con la seguridad de su voz.

—Confiaba en ti, Phoebe. Me convertí en un hombre mejor por ti. Me aseguraste que no había nada lo suficientemente siniestro como para que no pudieras lidiar con ello y, cuando más te necesito, ¿vas y huyes de mí?

Acto seguido, la agarró con una de sus descomunales manos, sin concederle la oportunidad de apartarse, y tiró de ella. Oí a mi madre jadear cuando impactó con dureza entre sus brazos. La brutalidad con la que la sujetaba le imposibilitaba escapar. Estaba atrapada, y yo…

Yo me quedé paralizada. El miedo me impedía hacer otra cosa que no fuese mirar.

—Confiaba en ti, Phoebe. Y ahora no me dejas otra opción.

—Le llevó la otra mano al rostro y le recorrió la mejilla con un nudillo.

Encajaban de una forma extraña, como si no fuera la primera vez que se abrazaban de esa forma.

Sus caricias estaban cargadas de tanta delicadeza y serenidad que deberían haberme transmitido cierta ternura; sin embargo, solo me parecieron repugnantes y forzadas—.

Te lo has ganado tú sola, has destrozado lo que teníamos.

Quiero que sepas que yo no quería hacer esto…

Has sido tú quien me ha obligado, cariño.

Mi madre forcejeó con él para tratar de zafarse de su agarre, pero incluso yo desde el armario podía ver con claridad que la superaba en fuerza y tamaño. Aun así, no se detuvo: pese a lo frágil e indefensa que parecía entre sus brazos, la mujer que me trajo a este mundo era de todo menos débil.

—No, Henry —dijo con la voz temblorosa, aunque se las apañó para mantener la cabeza alta—. No tienes por qué hacer esto. Vete y olvidaremos lo que ha pasado.

Vi el rostro del hombre con nitidez y cómo frunció el ceño en forma de V.

—¿Cómo voy a olvidarlo? ¿Cómo voy a olvidar lo que compartimos, Phoebe?

¿Cómo voy a olvidar lo que fuimos? Me dijiste que te consumía, ¿lo recuerdas?

¿O vas a mentirme también y fingir que no fue así?

Dijiste que todo mi ser envolvía el tuyo y te hacía sentir…

segura. ¿Todavía te sientes segura conmigo, mi amor?

Intentaba transmitir la tristeza de un hombre destrozado, con el corazón roto, pero su cuerpo, su tono de voz y sus ojos no expresaban nada, ni siquiera el más mínimo indicio de algo que fuese más allá de una emoción superficial.

No parecía una persona, sino un vacío profundo, oscuro y amenazador que estaba engullendo a mi madre.

Se inclinó hacia delante y le susurró al oído algo que no alcancé a escuchar. Cuando ella se arqueó contra su cuerpo por voluntad propia, el hombre esbozó una sonrisa de un blanco casi cegador; una sonrisa llena de intenciones siniestras.

Entonces mi madre le asestó un rodillazo en el estómago que lo sorprendió lo suficiente para desprenderse de su agarre. Un grito silencioso de ánimo brotó en mi interior al verla dirigirse hacia la puerta de la habitación, tratando de escapar de él.

Por un momento, creí que lo conseguiría, que mi intuición me había fallado, que no le pasaría nada y que todo saldría bien si lograba alejarse lo bastante como para pedir ayuda o hacerse con algún tipo de arma.

Pero la vida no es como los cuentos que solía leer o las historias que mi madre me contaba antes de dormir.

No había ningún «felices para siempre» al final de aquel «érase una vez», sino una historia completamente diferente, envuelta en oscuridad y melancolía: una donde el príncipe apuesto resultaba ser el brujo malvado y la damisela en apuros acababa convirtiéndose en la presa.

La víctima.

No había rana capaz de enmendar aquella situación, ni siquiera con el más dulce de los besos, al igual que tampoco había ningún hada madrina que la salvara.

Mi futuro se estaba reescribiendo ante mis ojos, daba comienzo una nueva historia que me dejaría cicatrices permanentes en el alma y una mancha imposible de borrar en la memoria.

Podía sentir la pluma deslizándose sobre el papel de mi vida, tachando todo lo que había conocido y transformándome en una persona muy distinta, alguien a quien no reconocía.

Henry, como mi madre lo había llamado, se recuperó a una velocidad sorprendente y se giró hacia ella, mostrando por primera vez una emoción auténtica: la ira.

Se hizo patente en su rostro y en sus movimientos cargados de tensión. La agarró del pelo, enredando los dedos en los suaves mechones oscuros de su melena, y tiró de ella hasta dejarla en el lugar donde estaba antes, solo que esa vez no la sostuvo de pie, sino que la arrojó al suelo.

Cuando percibí el crujido de los huesos al chocar contra la madera, los dientes me palpitaron de dolor y un regusto metálico me inundó el paladar. Sin darme cuenta, me había estado mordiendo la lengua.

Me tragué la sangre, la usé para saciarme la sed y permanecer en silencio. Había tanta que su amargor se tornó dulce, como un caramelo.

En ese momento, mi madre estaba de cara hacia mí…; bueno, más bien hacia la puerta del armario. Era la única que sabía que estaba allí, escondida dentro sin hacer ruido. Se arrastró hasta quedar de rodillas y miró fijamente la rendija, cruzándose con mis ojos sin ser consciente de ello.

Nunca la había visto así de asustada y abatida.

Siempre había sido el ejemplo perfecto de una madre soltera y fuerte.

Una bióloga premiada que trabajaba a tiempo completo y que nunca permitía que el hecho de ser mujer se interpusiera en su camino al éxito.

Se exigía muchísimo, y a veces también a mí, pero sabía encontrar el equilibrio.

Era cariñosa, comprensiva, maternal y, además, me impulsaba a dar lo mejor de mí.

¿Cómo iba a saber cuál era la mejor versión de mí misma sin ella?

Un sollozo amenazó con brotar de mi garganta ante aquel pensamiento, pero lo reprimí como pude, tapándome la boca con las manitas mientras las lágrimas me resbalaban por las mejillas sin intención alguna de parar.

Ella permaneció allí delante, mirándome, y entonces movió los labios para articular unas palabras en silencio.

—Te quiero, Scar. Te quiero. Te quiero. Te quiero.

Lo repitió una y otra vez, como si fuera una promesa para tranquilizarme, como si esperase que, al decirlo las suficientes veces, el recuerdo de su amor me marcara de forma indeleble y nunca me faltara, aunque ya no estuviese a mi lado.

Sabía que no podía verme ni oírme y, aun así, extendí la mano hacia ella. Deseé ser más grande, más fuerte, poder tragarme el miedo y protegerla, pero fui incapaz de moverme. No pude…

—Siempre me ha gustado ese coraje tuyo, Phoebe —gruñó Henry.

El sonido hueco de sus zapatos retumbando contra el suelo hizo que me estremeciera. Con la vista borrosa, capté el destello de algo brillante a la luz de la luna, pero, cuando logré identificarlo, ya era demasiado tarde.

El hombre volvió a agarrarla del pelo con una mano gigantesca. Sin embargo, esa vez, no la lanzó al suelo. La levantó y la arrastró hacia su enorme pecho, y mi madre impactó contra él con fuerza.

Me apresuré a taparme los oídos cuando ella empezó a gritar, pero el eco agudo de su miedo se coló entre los huecos de mis diminutos dedos.

Me resonó en la cabeza, me recorrió las venas y se me grabó en el alma de tal forma que supe que, a partir de ese instante, cada vez que me quedase a solas con mi mente, solo oiría los gritos de mi madre, su temor y su lamento.

No me había dado cuenta de que tenía los ojos cerrados, quizá porque la oscuridad me resultaba más reconfortante que lo que estaba ocurriendo al otro lado de la puerta. Lo desconocido era más seguro.

Una parte de mí, la que aún se esforzaba por mantenerme con vida, sabía que no soportaría ver lo que estaba a punto de hacerle a mi madre.

Ya estaba perdiendo demasiado de mí misma y, si hubiera visto la agonía que se le reflejaba en el rostro, me habría quebrado por completo.

No habría sido capaz de salir nunca de aquel armario.

Me presioné las manos contra los oídos con tal intensidad que notaba los latidos del corazón en la cabeza, pero, aun así, seguía oyéndola, y también podía oírlo a él: sus jadeos entrecortados, el sonido de su cuerpo forcejeando con el de ella.

Por más que intentara evadirme, era prisionera de la tortura que aquel hombre estaba infligiéndole a mi madre.