La sangre que anhelamos (Hollow Boys 3)
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Prólogo
Hace trece años...
—Scarlett, despierta.
La bruma del sueño que me envolvía amenazaba con dispersarse, pero traté de aferrarme a ella, pese a que la voz de mi madre me pedía justo lo contrario.
Me acurruqué aún más entre sus mantas e inhalé el aroma a café y a su gel de baño, dejando que esa mezcla tan reconfortante de fragancias me arrastrara de nuevo a los brazos de Morfeo.
Estaba soñando con un país hecho por completo de caramelo.
Era una auténtica obra maestra digna de Willy Wonka: praderas de regaliz, taburetes de gominola, casas construidas con tablones de chocolate y senderos pavimentados con azúcar endurecido.
El estómago se me retorció de hambre al acordarme de ello y un antojo que me resultaba bastante familiar se apoderó de mí.
Quería volver a mi sueño y devorar tantos dulces como quisiera sin tener que escuchar las constantes advertencias de mi madre.
Sabía que llevaba razón, siempre la tenía, y que todo ese azúcar haría que se me picasen los dientes algún día.
Sin embargo, me era imposible dejarlo, y más con la devoción que sentía por los dulces.
Aún a día de hoy me cuesta sacarme de la cabeza las cosas que me apasionan.
—¡Scarlett Lyra Abbott!
Al sentir el roce de sus gélidos dedos en el brazo, un escalofrío me caló hasta los huesos. Pero no fue su tacto lo que me puso la piel de gallina, sino su tono de voz. Nunca me llamaba por mi nombre completo; al menos no de esa forma tan insistente, como si estuviera aterrada.
Abrí los ojos, con un nudo en el estómago que me decía que algo iba mal.
Aquella no era la voz que empleaba para despertarme cuando no me apetecía salir de la cama para ir a clase ni la que le salía cuando me negaba a peinarme los rizos enmarañados y necesitaba un poco de disciplina. Era una voz completamente distinta.
Me froté la cara para intentar espabilarme mientras me incorporaba con un sonoro bostezo.
El sol aún no había salido; los rayos blanquecinos de la luz de la luna atravesaban la ventana de la habitación como si fueran lanzas.
Era demasiado temprano, incluso para mi madre, a pesar de que a veces la oía moverse por la casa justo antes del amanecer para dar de comer a Rosca y a Moca, las dos pitones de un refugio de animales que le habían llevado al laboratorio.
Estaban tan desnutridas y maltratadas que no pudo someterlas a ningún estudio, de modo que decidió traérselas a casa.
A mí, por desgracia, no me permitía jugar con ellas, pero a veces, cuando no miraba, pasaba los dedos por las escamas de Rosca y le acariciaba la parte superior de la cabeza.
Era mucho más dócil que Moca, que trató de atacarme la primera y única vez que metí el dedo en su terrario.
—¿Qué pasa, mamá? —susurré con la voz todavía adormilada, incapaz de desprenderme del sueño.
—Creo que hay…
Entonces escuché un crujido.
Las palabras que fuese a decir se perdieron en la nada al sentir unas pisadas sobre las tablas del suelo del pasillo.
La casa victoriana en la que llevaba viviendo prácticamente desde que nací se había erigido con la fundación del pueblo, y mi madre solo había reformado lo imprescindible porque abogaba por preservar la historia del edificio.
Yo, en cambio, odiaba que el suelo crujiera con cualquier brisa y que el agua tardase siglos en calentarse.
Fruncí el ceño y dirigí la mirada hacia la puerta de su dormitorio.
—¿Mamá?
El miedo que desprendía mi propia voz me asustaba, aunque no tanto como el de mi madre. Me agarró de los brazos y me sacó de la cama con urgencia. Creía que me llevaría con ella a comprobar qué estaba sucediendo al otro lado de la puerta, pero, en vez de eso, me arrastró hacia el armario.
—Scar, quiero que te escondas, ¿vale? —Sus ojos verdes reflejaban el mismo nerviosismo que los míos, por más que tratase de mantener la calma—.
Quédate dentro del armario y no salgas hasta que yo venga a por ti, ¿entendido?
Voy a asegurarme de que todo va bien. Lo más probable es que no sea nada más que un animal perdido que se nos ha colado en casa.
Sentí la tela de su ropa rozándome la espalda conforme me empujaba hacia el espacio oscuro del interior del armario. Los ojos me ardieron por las lágrimas contenidas y me di la vuelta para encarar a mi madre con la vista nublada.
—Pero, mamá, ¿qué pasa con…?
—Todo irá bien, Scarlett. Te lo prometo. Tú solo quédate aquí. Volveré enseguida.
No sabría cómo explicarlo, pero tenía la certeza de que me estaba mintiendo.
Aunque ella pensara que se tratase de un mapache o de una zarigüeya que había entrado por la puerta para perros, yo sabía que algo iba mal.
Me dijera lo que me dijese para tranquilizarme, no podía quitarme de encima la sensación de que no regresaría a por mí.
Un dolor sordo y persistente me atenazó el corazón, como si alguien me lo estuviera machacando incesantemente con un mazo pesado.
Ella era la única persona que tenía en el mundo, siempre nos habíamos enfrentado a todo juntas.
Ese pensamiento me impulsó a aferrarme a su mano para que no se marchara, consciente de que, si la soltaba, no volvería.
Las lágrimas me resbalaron por las mejillas y saboreé la sal en los labios.
—Mamá, no… —musité con la voz ronca, asustada y sin saber cómo describirle lo que estaba sintiendo—. Tengo miedo. No… —Las palabras se me atascaron en la garganta—. No me dejes.
La mirada se le suavizó y me acunó el rostro entre sus manos frías con ternura. Me incliné hacia su tacto en busca de esa sensación reconfortante que me transmitía el simple hecho de estar junto a ella, de ese consuelo que toda niña necesita de su madre.
—No tengas miedo, Scar. Todo irá bien —murmuró, agachándose para depositarme un beso en la frente—. Te quiero, tesoro.
No me dio tiempo a suplicarle que se quedara ni a intentar explicarle lo que de verdad me daba miedo. Se retiró del armario y cerró la puerta hasta dejarme solo una diminuta rendija para que pudiera observar lo que ocurría en el exterior a través de ella.
Me llevé una mano al pecho y me froté el esternón, tratando de aliviar el dolor que me atenazaba la zona, pero no sirvió de nada. Entonces alcé los bracitos para palpar la tela de su ropa y tiré con desesperación de uno de sus jerséis hasta descolgarlo de la percha.
Me envolví en el tejido suave y mullido como si fuera una manta e intenté calmarme. Me presioné una de las mangas contra la nariz y procedí a inhalar profundamente aquel aroma familiar, dispuesta a aferrarme a cualquier cosa con tal de distraerme de la sensación que me oprimía por dentro.
A través de la rendija, vi cómo cubría su figura alta con una bata y se ataba el cinturón con firmeza antes de aproximarse a la puerta.
La luna se reflejaba en el oscuro suelo de madera, siguiéndola como un foco.
Contuve el aliento y me preparé para verla desaparecer por el pasillo, pero ni siquiera le dio tiempo a agarrar el pomo.
La puerta se abrió despacio, como si una ligera ráfaga de viento la hubiera empujado.
Pero no había sido el viento, ni tampoco un animal nocturno que se nos hubiera metido en casa. No, el ser que estaba haciendo crujir las tablas del suelo era humano. Una presencia alta y dominante que ocupaba todo el espacio bajo el umbral de la puerta.
La luz de la luna iluminaba el rostro del intruso y le reverberaba en la mandíbula como si estuviera hecha de piedra. Quizá se debiera a mi escasa estatura, pero habría jurado que tuvo que agacharse para adentrarse en el dormitorio.
La sensación que me atenazaba el pecho no había sido una mera sensación: había sido él.
Había percibido su presencia en lo más profundo de mi ser, recorriendo la estancia, colándose en el armario conmigo.
De su cuerpo manaba una bruma sombría y amenazante que se derramaba por el suelo y anegaba la habitación de miedo.
A pesar de que aún me quedaban unos meses para cumplir los ocho, era una niña observadora, de modo que sabía que aquel hombre no tramaba nada bueno. De hecho, la palabra «bueno» me amargaba el paladar al contemplarlo a través de la rendija, como si no soportara aparecer en la misma oración que él.
No había ni un solo resquicio de bondad en aquella persona.
—¿Qu-qué…? —La voz de mi madre, que normalmente desprendía fortaleza y autoridad, sonaba apagada.
El hombre alzó una de sus cejas oscuras y la miró con el rostro impasible.
Nunca había visto a nadie con una expresión tan vacía.
Irradiaba una indiferencia absoluta mientras observaba a mi madre, como si se la hubiera encontrado en el supermercado y no estuviese en una casa ajena en mitad de la madrugada.
—¿Que qué estoy haciendo aquí? —completó él por ella—. Me pareció que era hora de presentarme ante la pequeña Scarlett, ya que vamos tan en serio. Al fin y al cabo, has averiguado mi secreto, ¿no, Phoebe?
Un torbellino de preguntas me sacudió la mente hasta marearme.
No conocía de nada a aquel hombre, ni siquiera me sonaba su cara.
Tal vez se debiera a que mi madre me educaba en casa y que, por lo tanto, pasaba mucho tiempo metida ahí dentro, pero también salía al pueblo con ella y, aun así, nunca lo había visto.
Sin embargo, él sabía mi nombre… y sabía quién era mi madre.
—Scarlett no está aquí, y tú tampoco deberías, Henry.
No tengo ni idea de lo que estás hablando.
¿Tu secreto? —respondió con voz firme mientras daba un paso atrás para alejarse de él—.
Ya te lo dije el otro día: esto se ha acabado.
Somos demasiado diferentes. Tu familia tiene sus expectativas, y no pienso formar parte de ellas.
¿Quién era ese hombre? ¿Por qué no me había mencionado nada acerca de él? ¿Trabajaban juntos? ¿Eran amigos? Creía que me había hablado de todos sus conocidos. Pensaba que no había nada que no supiera sobre mi madre, pero todo apuntaba a que me había ocultado algo…