Manchas
Nos identificamos ante el policía que custodia la puerta de la habitación, un tipo bajo de forma, que se afeita poco, y al que conocemos de la comisaría de Avilés; a pesar de ello, nos retiene y consulta por radio si podemos entrar. Tras unos minutos cede.
—No es lo correcto, pero me dicen que pueden pasar.
—Gracias —le digo con una sonrisa.
Olga empuja la silla de ruedas del hospital a la que ha tenido que ayudarme a subir.
La habitación está en penumbra y él está esposado a la cama.
Tiene la mirada perdida o los ojos cerrados en dirección a la ventana.
Quizá disfruta por última vez en una larga temporada de una panorámica de la ría de Avilés y del amanecer que está empezando a llamar a la puerta.
—Buenos días, Manel.
El tipo se gira, y parece incrédulo de que estemos allí. Tiene los ojos inertes a causa de los sedantes y, después de echarnos una mirada de desdén, los cierra y se vuelve para mirar por la ventana.
Olga enciende la luz, y el deslumbramiento hace que intente taparse la cara con la mano, pero las esposas se lo impiden, y la otra mano la tiene inmovilizada por un vendaje que parece una camisa de fuerza de un psiquiátrico.
Me fijo en que hay unas manchas de sangre reciente a la altura del hombro derecho.
Dudo si avisar para que lo atiendan, aunque al final decido que nos merecemos cinco minutos con él a solas.
—Váyanse —grita—, ¡policía!
El agente accede a la habitación; Olga lo mira y se pone el dedo índice en los labios, y con la otra mano le pide cinco minutos. El policía sale refunfuñando y nos otorga tres con un gesto de sus dedos.
—Solo venimos a enseñarle esto.
Le muestro la foto del informe que me ha prestado Vilda. Él aparta la mirada.
—Inma Esteve Sierra y Dolores Escalada Luceño. ¿No te suenan?
—Déjame de una maldita vez.
—Claro, en dos minutos. Dime, ¿el padre Josué se ha pasado a confesarte? Si no puede él, aviso al padre Astorga —Me mira—. Es en serio, Manel.
Cierra los ojos, como si eso significase un gracias, como si confesarse con un cura le exculpara de sus pecados terrenales.
Olga me quita el informe y se lo acerca de nuevo a la cara.
—¿Nos tienes algo que contar?
La rabia ha ganado la batalla a los sedantes y se manifiesta en el brillo que aflora en sus ojos; ignora a la inspectora y me vuelve a mirar, como si yo fuera el poli bueno de la película.
—Cuando te recuperes, vamos a hacer lo que te dije: nos reuniremos contigo y con Damián, y hablaremos los cuatro como buenos amigos.
—No lo vais a coger.
Suelto una carcajada.
—¿Te crees que tu primo es Rambo? —repito al personaje mítico—. Lo tenemos delimitado en un perímetro, rodeado por cinco puestos de la Guardia Civil y con el equipo de Fugitivos de aquí la inspectora pisándole los talones. Es cuestión de horas —me atrevo a decir.
—Igual lo encontráis muerto —replica.
Trago saliva porque no había contemplado esa posibilidad.
—Entonces ya no hará falta el careo y te comerás la permanente revisable tú solito.
Con esta respuesta huyo hacia delante. Manel me mira y quiero intuir un cambio en su actitud.
—Traedme al padre Astorga y ya veremos.
Sonrío. Él cierra de nuevo los ojos y Olga apaga las luces. Lo último que observo en esa piltrafa humana antes de largarme de allí es que la mancha del hombro derecho ha crecido. Dentro de poco la sangre se le derramará por el brazo. Y, quizá, eso esté bien.