La sangre naranja
La puesta de sol es de postal. Por fortuna está despejado y a la bola de fuego, ya anaranjada, le queda poquito para sumergirse en el agua.
La brisa es suave y estoy bien abrigado.
Hemos tenido otra charla interesante con el farero, que comenta, cómo no, la cacería humana que está en boca de todos en la comarca: la búsqueda sin descanso de Damián Avilés.
La inspectora habla por teléfono a unos metros de mí y el viento me impide escuchar lo que dice. Cuelga y vuelve conmigo.
—Es increíble esa mezcla de púrpura y naranja —afirmo.
—Los que somos de interior lo valoramos más. El farero seguro que está harto…
—Yo creo que no me cansaría nunca.
—Del Olmo, estás sensible por lo que ha pasado, pero los dos sabemos lo que echarías de menos la Brigada.
La miro y sonrío. Me conoce demasiado bien, aunque quizá dentro de unos años…
—¿Cómo va la búsqueda de Damián?
Lleva cuarenta y ocho horas desaparecido. Olga suspira y me pone la mano en el hombro. La aprieta. Por desgracia es el hombro de la mano mala y no puedo doblarla para tocar la suya.
—Lo tienen. Hace cinco minutos lo han atrapado. ¿Sabes cómo?
—Dime.
—Por la justicia divina —responde, y retira su mano.
—¿Y eso cómo es?
—Se atrapó el pie con un cepo.
—¿De los suyos?
—Qué va, hombre, si ya te he dicho que en el monte donde él cazaba solo dejó el coche. Iba en un taxi, y el taxista le ha contado a Insausti que se bajó en un control de la Guardia Civil cuando iba a cruzar a Cantabria.
—¿Y se echó al monte?
—Sí, y otro desgraciado de esos que ponen cepos nos lo ha puesto en bandeja. No ha parado de chillar hasta que un guardia lo ha encontrado.
—Madre mía, no sé si llamarlo justicia divina o suerte divina…
La inspectora mueve la cabeza arriba y abajo y sonríe.
—Cuando los sometamos al careo, ¿qué crees que pasará? —pregunta.
—Que Manel no lo implicará en el crimen, que además es lo que creo que sucedió en realidad, que la mató él solito cuando el otro se largó —respondo—.
Es que está enamorado de él, estoy convencido, vaya.
Y entonces habremos de persuadirlo para que confiese.
Aunque creo que una sola mirada de Damián bastará para ello.
—Eso es como muy de misa —dice Olga.
—Hablando de misas, al que no podremos meter mano es a Josué, y mira que me repatea… Espero que confiesen también lo de las otras dos mujeres. ¿Tú que piensas, Olga?
La inspectora afirma con la cabeza y me pone, otra vez, la mano en el hombro; es su forma de mostrar que está de acuerdo conmigo.
—Mira.
El sol empieza a rozar el agua.
—Naranja —digo.
—Como los pelirrojos…
—Los pelirrojos… ¿tendrán también la sangre naranja?
La inspectora suelta una carcajada y me pone la mano en la parte posterior del cuello.
—Olga —digo, y por fin me mira—. Te necesito como el atardecer necesita al horizonte.
Abre los ojos y la boca. Aguanto el gesto serio todo lo que puedo.
—Pero ¿qué cursilería es esa?
Rompo a reír y la inspectora me acompaña en la carcajada.
—No lo sé, creo que lo vi en Instagram o algo así.
—Anda qué…
—Escucha, fuera de bromas: voy a pedir al comisario que te envíe un comunicado oficial solicitando tu reingreso en la UDEV.
—Del Olmo, ya lo hemos hablado…
—Olga —me pongo serio—. Si no es por ti, este caso no se hubiera resuelto.
—En Fugitivos también he resuelto alguno…
—Lo sé, pero me has salvado la vida dos veces. A la tercera dicen que va la vencida.
—Bueno, bueno, en esta tú también has puesto de tu parte.
No insisto más porque no quiero traer a la mesa el tema de Aire y es lo que ocurrirá si sigo, aunque me sorprende con su pregunta:
—Si me cuentas lo tuyo, me vuelvo a la Brigada —dice y señala mis inmóviles piernas.
—¡Estás de coña!
—No.
Nos aguantamos la mirada como si fuera un duelo.
—Algún día te lo contaré, pero no me hagas chantaje emocional —Eso le hace perder el duelo y dirige su mirada otra vez hacia el horizonte. Le tomo de la muñeca—. Olga, yo…
Le brillan los ojos. Me toma la mano en el instante en el que el sol termina de ponerse y el naranja deja solo al púrpura.
—Lo sé.
Sonrío.
—La sangre naranja —digo.
—¿Qué?
—Es un buen título para una película. Por los ancestros y todo eso: la línea de sangre de los pelirrojos.
Me mira, asiente y sonríe. Nos separamos de las manos y nos dirigimos hacia el coche. Dejamos atrás un rastro de melancolía y olor a salitre del que me costará olvidarme. Un rastro como el que deja el sol sobre el mar cuando se pone. Un rastro que parece una mancha de sangre, naranja.