El gotero
Siento que puedo levantarme de la silla de ruedas a la que llevo atado más de diez años, correr con unas zancadas propias de un atleta de élite y atrapar a Damián Avilés a la carrera.
Lo que pasa es que todo esto es fruto de la anestesia; me han puesto demasiada para coserme los cortes en el brazo y he caído en una especie de letargo del que despierto con la inmejorable vista de la cara de Olga Saavedra.
Estoy en el hospital de Avilés.
Horas antes, en las inmediaciones del Embalse de Trasona, Manel García recibe dos disparos de bala en su delgado cuerpo.
Uno en el brazo derecho, a bocajarro; otro en el hombro izquierdo, desde algo más de veinte metros.
La bala del brazo derecho sale de mi USP Compact y no se le queda alojada dentro, sino que tiene orificio de entrada y de salida.
La del hombro izquierdo sí que permanece entre sus entrañas, muy cerca de la clavícula; se la deben de haber retirado en el hospital, al que llega inconsciente.
Esa bala sale del arma de la inspectora Saavedra, que ha sido capaz de acercarse por la parte trasera de la presa con tanto sigilo que Manel no la ha detectado.
Esa no era la idea. Yo le había mentido a todo mi grupo para quedarme a solas con Manel y sacarle la confesión.
¿Por qué? Porque conociéndolo jamás hubiera confesado ante un juez o ante un par de policías de Homicidios.
Le acorralé con el tema de las posiciones de su móvil y ataqué con la llamada que recibió desde el teléfono de Lucía (mérito de Amaya averiguarlo).
La mujer escuchó algo parecido a: «Me largo, y todo por tu culpa, desgraciao».
Dos buenos indicios de cara a la acusación final contra Manel, aunque después del incidente de la presa, no creo que su señoría ponga muchos reparos en encausarlo.
Volviendo al tema del encuentro con Manel, yo iba preparado: llevaba mi arma, pero no esperaba que el tipo fuese con el mismo cuchillo o un cuchillo similar con el que mató a María; y, desde luego, no esperaba que mi USP se encasquillara.
Por suerte, la inspectora Saavedra se olió el pastel y no se fue con su grupo de Fugitivos, sino que se quedó merodeando por la zona.
Yo pensaba que sus ansias de coger a Damián estarían por encima de todo, y me alegro de que su instinto hiciera que se quedase cerca de mí.
Lo que no me alegra tanto es que no ha parado de recordármelo desde que me ayudó a levantar el cuerpo casi inerte de Manel, hasta que llegamos al hospital y me metieron al quirófano; ni tampoco ahora después de despertarme.
—Tenía que haber intervenido antes, maldito cabezón. Ya te vale no contarme nada, ya te vale la que has podido liar. Menudo susto…
Acerco mi mano a su mejilla, todavía estoy un poco grogui y sonrío con cara de idiota o de drogado, que es lo que estoy.
La acaricio como si fuéramos novios y ella aguanta la caricia.
Sabe tan bien como yo que, si se lo llego a contar, Manel no hubiera confesado.
Estropeo, conscientemente, el bonito momento con un comentario:
—Si repites un «ya te vale» más, yo mismo te pongo un lacito para que te largues a Fugitivos.
—Menos lobos —responde, y se aparta de mi mano.
La enfermera entra en la habitación y me cambia la vía, ya que la primera se ha desprendido un tanto; cuando lo hace me quejo como un chiquillo al que le ponen una vacuna.
—¿Vamos a ver al tipo ahora? —pregunto.
—¿Puedes?
—Cuando termine este calmante, ¿verdad, enfermera?
—No debería, inspector —responde la chica, una veterana sanitaria con una melena rizada y teñida de un rojo pálido, un look nada apropiado para la situación.
En ese momento entra todo el equipo en la habitación; cada cual trae su crítica o su palabra de ánimo o, incluso, las dos cosas a la vez.
—Ya somos dos mancos, lo que pasa es que a ver ahora como te vas a mover tú —comenta Lorenzo.
—Pues con la silla todoterreno, inspector Vilda, seguro que funcionará hasta por reconocimiento de voz —bromea Toribio.
—¿Tú te crees que esto es como Avatar, Lucas? —Respondo—. El derecho que es mi bueno lo sigo teniendo operativo, hombre.
Poco antes del verano hago una de las inversiones de mi vida: una nueva silla que podría calificarse de todoterreno; con solo dos ruedas, pero enormes y dentadas, capaces de salvar obstáculos como un escalón de no más de diez centímetros de alto,
un sistema para subirme a un coche sin necesidad de rampa, moverme por terrenos embarrados y correr a una velocidad de más de diez kilómetros por hora. Casi doce mil euros de silla de ruedas.
Sin embargo, la silla no ha impedido que un individuo como Manel García me tire al suelo con la facilidad que Muhammad Alí tiraría a la lona a un boxeador novato.
Y eso es algo que me hace replantearme, un poco, mi profesión.
Lo justo, ya que me fijo en que Vilda lleva una carpeta en la mano sana y no deja de moverla hasta que le pregunto con mis ojos.
Él no tarda en abrirla y mostrármela, aunque ya imaginaba lo que es.
Dada mi situación, me desagrada encontrarme con la imagen del cadáver de una mujer nada más abrir el informe.
—¿Confesaría? —pregunta Vilda.
—Ya lo ha hecho, a medias eso sí, aunque delante del juez será otra historia…
—Una asesinada y otra violada que pudo escapar. Habría que traerla, para ver si identifica a Damián —comenta Olga.
—Si lo cogen —protesta Lorenzo, y se gana la mirada asesina de Saavedra.
—Lo van a atrapar en breve; mi subinspector ya está sobre el terreno. La Guardia Civil tiene su foto en cada puesto.
—¿Y si se ha echado al monte en lugar de viajar por carreteras convencionales?
—Tampoco será Rambo —dice Toribio sin medir las palabras.
Olga traga saliva porque recuerda una de sus últimas «aventuras» como policía de Fugitivos. Hago una mueca pidiendo silencio y los dos inspectores se encogen de hombros.
Mando al equipo que se vayan a descansar, que yo me tengo que quedar en observación. Uno por uno me estrechan la mano y me dan un abrazo. Conmino a Lucas y a Luis a finalizar cuanto antes la redacción del atestado para poder presentárselo al juez.
Vilda, antes de marcharse, se queda unos segundos mirándome.
—Gracias y perdón.
—De nada, y no hay nada que perdonar —contesto.
Me estrecha la mano con fuerza y se despide hasta el día siguiente.
Olga me ofrece, también, la mano, se la aprieto y tiro de ella hacia mí.
—Quítame el gotero que ya ha terminado, y acércame la silla esa.
La inspectora abre mucho los ojos.
Y sonríe.