La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Disparos
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Disparos

Siempre hay que mostrar los antebrazos por la parte del vello ante alguien que te amenaza con un arma blanca. Si lo haces por la parte interna, la que está expuesta y repletita de venas y arterias, es más probable morir por una hemorragia, aunque las heridas no sean mortales de necesidad.

Ese es mi primer instinto, anteponer los brazos entre el cuchillo gigante de Manel y mi cuello, que es al sitio donde me tira la primera puñalada.

El tipo sabrá abrir en canal a mujeres inconscientes, pero no es un pandillero y el navajazo es impreciso y poco potente.

Lo que pasa es que sí me provoca un corte en el brazo izquierdo que hace que pegue un alarido, más por llamar la atención, que por el daño, porque la adrenalina me impide medir la cantidad de información dolorosa que mis antebrazos están transmitiendo a mi cerebro.

En el segundo intento de apuñalamiento soy capaz de golpear con la pistola en su muñeca y provoco que suelte el cuchillo y se le caiga al suelo.

Precisamente al suelo es a donde me tira él después de agarrarme del cuello y levantarme de mi silla de ruedas con toda la fuerza que es capaz de reunir.

Cuando golpeo contra el asfalto, se me cae el arma.

Pierdo de vista a Manel porque mi obsesión es hacerme de nuevo con la USP, que no ha caído lejos; me arrastro todo lo rápido que puedo y consigo atraparla.

La amartillo de nuevo y en ese momento Manel se sienta encima de mí, a horcajadas.

No hay escapatoria: él sujeta el cuchillo de cazador con las dos manos y lo dirige con toda su fuerza hacia mi pecho.

En ese momento se escuchan dos disparos en aquel bello paraje asturiano. Dos.