La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Esa sensación
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Esa sensación

Manel apaga el cigarro en el suelo como lo hacía Olga de forma imaginaria, y se enciende otro.

—¿Qué placer obtuviste al abrirla en canal como a un animal en un matadero? ¿También te ponía cachondo ver a Damián en la carnicería?

—No hombre, no. Tampoco es eso. Descubrí que me excitaba verla sangrar, al principio pensé que me detendría cuando le hiciera el primer corte, que ahí se me pondría dura y a lo mejor podría rematar la faena como Damián.

—Pero…

—Que no se me puso dura, aunque eyaculé en mis pantalones mientras ella agonizaba entre mis brazos. Fue indescriptible la sensación de sentir que la mujer se apagaba… ¿No lo ha sentido nunca?

Los ojos de Manel se encienden y la boca le brilla. Yo me ahorro el comentario acerca de lo que pienso sobre esa sensación y le hago la pregunta definitiva:

—¿Damián estaba presente?

Manel echa una nueva bocanada de humo.

—Inspector, ¿en qué había de estar presente? No sé de qué me habla.

Sonrío. Se ha dado cuenta de que debe dejar de hablar.

Necesitaba contarlo; le ha excitado hacerlo, y ahora sabe que debe callarse por si acaso le he mentido con lo de apagar el teléfono móvil.

También por si hay alguien cerca rondando, cosa que él se ha encargado de descartar mirando a uno y otro lado mientras soltaba su confesión.

—¿Estás enamorado de Damián?

Manel suelta una carcajada, que hace que un pato que paseaba por la zona, el único testigo cerca, levante el vuelo y se meta en el agua.

—Nadie puede enamorarse de ese animal. Ni siquiera Lucía. Esa mujer tiene el cielo ganado como se suele decir…

—Hace unos minutos te has referido a ella como la zorra de Lucía.

—Porque es una zorra por contarle todo lo nuestro, pero eso no quita que haya aguantado a Damián estos años y …

—¿Sabes? Yo lo que creo es que estás celoso. En efecto, me ha contado la extraña amistad que tienes con Damián, y cómo él se alejó un poco de ti cuando se quedó embarazada por primera vez.

—Gilipolleces.

—Hablando de eso, no me trates como si yo fuera gilipollas, Manel. Llevo muchos años lidiando con maridos despechados y mujeres despechadas. Y sé de sobra que culpas a Lucía de tu distanciamiento con Damián.

—Válgame Dios, para eso no hay que ser Sherlock Holmes. Se casó, la dejó embarazada, abortó, y volvió a dejarla embarazada y volvió a abortar. Eso descoloca a cualquiera, y él abandonó el monte una buena temporada. Es más que elemental, querido Del Olmo.

—¿Entonces por qué no lo admites?

—Yo no tengo que admitir nada, no sé de qué me estás hablando.

Los vaivenes del tipo me sacan un poco de mis casillas, por lo que doy por concluida la charla.

He tenido que apagar el móvil y apartarme de Olga y del resto del grupo para que el sujeto confiese, pero ya no puedo prolongar más esta situación irregular.

Ya cantará en sala de interrogatorios, ante el juez o ante el Espíritu Santo.

Ya sacaremos más indicios de la confesión de Lucía, y llamaremos a testificar a más gente; por ejemplo, a la pobre madre de Damián, o al padre Josué si es necesario.

—En fin… voy a avisar a mis compañeros.

Enciendo el móvil y de reojo me fijo en cómo Manel saca algo del bolsillo interior de su chaqueta. Y esta vez no es tabaco.

—Quieto ahí, vaquilla. Le apunto con el arma reglamentaria.

—Inspector jefe Del Olmo, usted sabe tan bien como yo que no va a disparar —Vuelve a tratarme de usted—. Así que voy a levantarlo de esa supersónica silla de ruedas que tiene, le voy a tirar al suelo…

Libero el seguro, apunto a sus piernas y disparo antes de que se aproxime más.

La USP se encasquilla. Llevo demasiados meses sin visitar la galería de tiro y no me da tiempo a lamentarme antes de que Manel García se abalance sobre mí con un cuchillo de cazador en la mano.

Y entonces todo sucede demasiado deprisa, como en una pesadilla.