Viaje en el tiempo
Primer viaje en el tiempo. Otoño de 2010.
(Testimonio de Manel García)
Damián salió a furtivear con ballesta por el lago Trasona.
Solía hacerlo cuando andaba escaso de cuartos para comprar cartuchos, o como aquel día, cuando no podía ir al monte Nalón porque estaba en llamas.
Se decía que algún pirómano le prendió fuego por joder, no solo a la naturaleza, sino a los cazadores.
Era el único lugar de la comarca donde podían salir a por el corzo o el jabalí.
A mí nunca me gustó eso de pegarle tiros a los animales. Lo veo tan primitivo como una pintura rupestre. En cambio, a todo el grupito de amigotes de Damián le encantaba. Así que, dado que aquella mañana la sierra de Pelude estaba ardiendo, Damián cogió la ballesta y se vino por aquí.
¿Por qué aquí?
Por el club de tiro con arco que hay al otro lado.
Se afanó unas flechas del propio club, y las reacondicionó para su ballesta.
Si no podía recogerlas después de lanzarlas, nadie sospecharía de un furtivo, sino que le caerían todas las culpas al club de tiro.
Hay que reconocerle que, aunque le llame mendrugo y animal, Damián es listo como el hambre.
Él ya sabía que yo lo seguía de vez en cuando; dejó de darle importancia cuando le confesé que éramos primos, y que le seguía porque disfrutaba viéndole cazar.
Me preguntó si yo era marica, y le dije la verdad.
La verdad es que no soy gay, pero es cierto que siento algo de atracción por él.
No como hombre, sino por su masculinidad y, sobre todo, por cómo trataba a las mujeres.
Se echó a reír. Pero, desde entonces, se pavoneaba más delante de esas mujeres que, según él, les «iba la marcha».
Un día se cruzó con una en el monte Pelude, una granjera que se lo quedó mirando como con ganas.
Yo se lo dije, porque me fijé en la mujer desde mi escondite, y Damián, que andaba como perro en celo, fue a la casa de la granjera, que por lo visto estaba sola esa mañana, y se la trajinó como un actor porno: a cuatro patas sobre la mesa de la cocina y dejándole el culo ensangrentado.
No hizo caso a las súplicas de la mujer y la dejó allí tirada como un trapo.
¿Si me puse cachondo? Pues claro. Me puse porque lo veía como un adolescente ve sus primeras películas pornográficas, con una admiración del que sabe que nunca podrá llegar a hacer algo así.
De cierta forma, empecé a proyectar en él mis instintos carnales.
Lo que pasó es que la sangre en el culo de aquella mujer me provocó un placer distinto: me dejó con ganas de hacer daño y esa violencia me encendió todavía más.
No sé si me explico, y si no me entienden me da igual. Total…
El caso es que se repitió otra vez con una senderista en otro monte ya tirando para Gijón. A aquella chica no le iba la marcha, a aquella chica la violó directamente y bueno, yo me volví a poner cachondo con la sangre que le provocó otra vez en el culo. La dejó tirada junto a un árbol enorme.
Y sí, la tercera fue María Ostende. Y no sé qué me pasó aquel día.
No sé si los zumbidos de la ballesta, que era la segunda vez que los escuchaba, me animaron más.
No sé si han oído ese ruido: es limpio y puro como el vuelo de un halcón.
Damián cazó una garceta y clavó un par de flechas más en un tronco, que yo me encargué de recoger.
El caso es que aquella muchacha estaba por allí, era tempranísimo y todavía no había salido el sol.
Damián la acechó como a una de sus presas y se abalanzó sobre ella como un lobo.
La chica apenas pudo pelear, la domó dejándola medio inconsciente con el brazo alrededor del cuello.
No estaba muerta, porque movía los pies mientras Damián le aplicaba lo suyo.
Y cuando se fue y la dejó en el suelo, sangraba un poco por la nariz.
Y ahí ya no pude resistirme. Me acerqué hasta ella, me di cuenta de que respiraba y pensé que aquello era lo que había estado esperando tanto tiempo.