USP Compact
Me lanza el cigarro a la cara, pero estoy rápido y consigo repelerlo con un brazo.
—No desperdicies el tabaco así, hombre, que está muy caro…
—Bravo, inspector jefe Del Olmo —Se burla con unas falsas palmadas—. Cree que ha descubierto que soy un pervertido, pero no diga cosas que no puede probar.
—Puedo probar que nos sigues siempre que puedes desde que llegamos. Y como te acabo de decir, que ayer por la tarde Damián te llamó desde el teléfono de Lucía.
—Es usted todo un CSI.
No intenta defenderse, quizá debe intuir que lo hemos verificado. Cosa que sospeché la pasada madrugada gracias a las confesiones de Lucía que me descubrieron el gusto de Manel por husmear en todos lados.
—No, hombre, es que tenemos un chip casi implantado que viaja con nosotros siempre —le muestro mi móvil—, que para colaborar tanto con la policía se te olvidó dejártelo en casa.
Manel me mira a los ojos, le aguanto la mirada y es él quien la voltea hasta el lago. Toma aire.
—¿No se le ha ocurrido pensar que lo mismo quería que me cogieran, inspector? ¿Tan investigador que se cree y no lo ha considerado? A lo mejor me presenté voluntario a la prueba para que usted y yo estemos ahora aquí frente a este lago.
—Es una opción. ¿También has vuelto a fumar de forma voluntaria? —sonrío y él mantiene el rictus serio—. Cuando te sometamos a un careo con tu primo, sabremos más cosas.
—Eso si le cogen.
—Tranquilo que la inspectora Saavedra pertenece a Fugitivos y ya tiene a su equipo trabajando en ello. Es cuestión de horas. Se dio cuenta en seguida de que lo del monte era trampa. Que os pensáis que la policía es tonta, como el dicho.
Manel tensa los puños y saca otro cigarro. Mira en derredor; las farolas anaranjadas iluminan lo suficiente para darnos cuenta de que no hay humanos en varios metros a la redonda.
—¿Y qué va a decir ese animal? ¿Que le seguía? Sí, ya le digo que bravo por haberse enterado, la arpía de su mujer habrá sido la chivata, como si la estuviera viendo. ¿Y eso qué demuestra? No tiene ni una sola prueba en contra mía. Ni testigos, ni mi ADN por supuesto, ni lo más importante…
—¿Me vas a decir tú a mí lo que es más importante en una investigación de asesinato?
—No hay un móvil.
—No hace falta, por aquella época no había antenas repetidoras por aquí, y ya me has contado que no lo usabas mucho…
Manel me agarra de las solapas de la chaqueta y me escupe sus palabras, literalmente. Noto el humo del cigarro que se acaba de encender a escasos centímetros de mi nariz.
—No te hagas el gracioso conmigo. Sabes de sobra que yo no tenía ningún motivo para matar a esa mujer —ahora es Manel quien cambia el trato de usted al de tú.
—Manel, haz el favor de separarte si no quieres tener un problema.
En ese momento apoyo el cañón de mi USP Compact sobre su vientre. Él nota algo extraño en la escena, algo con lo que quizá no contaba. Y se retira.
—¿Me vas a disparar, inspector jefe?
—Quizá, pero primero me vas a contar lo que pasó con María. Después ya veo si te pego un tiro en las rodillas y en el informe redacto que intentaste huir. Créeme, en la cárcel se pasa mal, pero si te quedas cojo va a ser un maldito infierno.
Manel resopla como un búfalo que percibe que el león está cerca y no hay escapatoria, o que la única escapatoria es matar al león.
—¿Qué quieres saber?
—¿Qué hay que saber?
Aspira una calada profunda y, al exhalar la bocanada de humo, dice
—Apaga el teléfono, y ábrete la camisa.
El tipo es listo; no quiere que nadie sea testigo de lo que me va a contar. Apago el móvil y le muestro mi pecho para que vea que no llevo micros.
—¿Algo en los bolsillos?
Me saco los bolsillos por fuera, y me remango las pantorrillas para que vea que no hay nada. Se da por convencido de que no le estoy grabando.
—Damián es muy agresivo con las mujeres. Dice que lo hace porque sabe que a ellas les gusta así. Y que si no les gusta, es que todavía no han encontrado quién se lo haga bien… Hasta que se juntó con la zorra de Lucía y le cambió, un poco al menos. Hasta ese momento lo pasamos bastante bien…