La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Simbiosis
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Simbiosis

Manel guarda silencio. Mi comentario le cae, al parecer, como una especie de disparo.

—No sé a qué se refiere, inspector.

—Manel, haga usted el favor… —Lo miro igual que el profesor mira al alumno al que le ha pillado una chuleta.

El tipo se palpa los bolsillos externos de la chaqueta, busca algo. ¿Y si le da por sacar algún tipo de arma? Me tranquilizo al ver que extrae un paquete de tabaco y un mechero. Enciende un cigarrillo con la maestría de alguien que fuma una cajetilla diaria.

—No fumaba desde hacía más de dos años… hasta que me interrogaron.

—Usted se presentó voluntario.

—Ya le digo que fue por colaborar…

—Y resultó que el culpable era un primo suyo…

Me mira, ahora sí, y no le importa expulsar el humo de sus pulmones en mi dirección.

—Primo lejano será—sentencia.

—¿No me va a contar nada, entonces, Manel?

—¿Para qué?, si ya lo ha dicho usted todo. Igual que cuando me sacaron de misa —el tono de Manel cambia desde que le he comentado que Damián Avilés es su primo.

—Esa fue mi compañera.

—Es lo mismo, ustedes dos son como un organismo simbiótico.

La metáfora me hace sonreír; incluso siento una cierta melancolía al pensar en mí y en la inspectora dependiendo y beneficiándonos el uno del otro, como dos seres vivos en simbiosis.

—Ya que no responde, se lo cuento yo: usted siguió a Damián Avilés en sus batidas furtivas durante al menos un año, hasta que Damián se dio cuenta.

—¿Qué está diciendo, inspector?

Le sonrío.

—Vamos Manel, vamos. No me tome por idiota. No me haga mostrarle todas las posiciones de su teléfono móvil.

El tipo me ignora y sigue fumando, mira en todas direcciones, como si buscase algo. A lo lejos hay una mujer con un perro, aunque camina en una dirección opuesta. Estamos los dos solos sin nadie cerca.

—¿Manel?

El tipo tira el cigarrillo, me mira y sonríe.

—¿De qué teléfono móvil me habla, inspector? Yo en 2010 no usaba apenas el teléfono.

—No, hombre, no, yo le hablaba de ahora, de su smartphone; ese que nos ha dicho que nos ha seguido todo lo que ha podido durante estos días y que ayer recibió una llamada de Damián desde el teléfono de Lucía —Luis me verifica el dato pocos minutos antes,

y Amaya recogió la confesión de Lucía después de contarle el crimen cometido por su pareja.

La mujer se derrumbó y confiesa la huida de Damián—.

Pero resulta curioso que usted se haya ido justo hasta 2010, ni un año antes ni dos…

El tipo exhala humo en mi dirección. Me señala con el cigarrillo sin mirarme. Hace una mueca próxima a la sonrisa, mira al suelo, se mueve, inquieto. Tira el cigarro y pisa la colilla. Y por fin, se decide:

—No se dio cuenta, yo me presenté —comenta Manel.

—Y le contó que son primos.

—Lejanos.

—Tan lejanos como que solo comparten un cinco por ciento de ADN.

Manel sonríe de nuevo.

—La misma coincidencia genética que pudiera tener usted con alguien que se apellide Del Olmo y que sea… no sé de dónde es…

Se enciende otro cigarro y, por la frecuencia de las caladas, acabará con él en unos instantes. Incrementa los movimientos de sus pies y rodillas.

—Vuelvo a preguntarle: ¿por qué no nos lo ha contado, Manel?

—Usted ya sabe esa respuesta, inspector jefe Del Olmo.

—Es que tengo la manía de no creerme más listo que nadie.

—Desde luego, no es más listo que su compañera.

Sonrío. Sonrío porque me alegra que él también se haya dado cuenta de que Olga es la cabeza pensante del grupo. Cuando la inspectora vuelva, le recordaré estas palabras de Manel.

—¿Cómo lo conoció?

Echa otra bocanada de humo. Y vuelve a mirar en todas direcciones, como si buscase a alguien.

—Yo lo había visto en la carnicería varias veces. Un día pasó por delante de la iglesia vieja, donde estaba yo charlando con el padre Josué un tema de las procesiones. Me comentó que éramos parientes lejanos. No me sorprendió, había algo en él que me llamaba la atención…

Ese dato lo desconocía, y me descoloca un poco.

—¿Parientes lejanos te dijo? ¿Nada más?

—Nada más que yo recuerde, ¿por qué?

El gesto de Manel no indica que mienta, tampoco tendría sentido que lo hiciera. Lo que no deja lugar a dudas es de la perversidad del religioso. Me olvido de él y ataco directo al mentón.

—¿Te ponías cachondo cuando Damián violaba a mujeres indefensas? —Cambio el trato del usted al tú.

Manel tira el cigarro al suelo. De inmediato enciende otro. Clavo mis ojos en él, pero no me corresponde.

—Dos años a la puta mierda… —protesta.

—¿Tu mujer te dejó porque te comportabas como un sádico en la cama?

—Esa pregunta es del todo improcedente, inspector.

—¿Te masturbabas o solo te la sobabas por encima del pantalón cuando espiabas a tu primo con esas mujeres?

—Cállese, no sea grosero.

—¿Te dejó participar alguna vez?

—Le he dicho que se calle o…

—¿De quién fue la idea de rajarla, de él o tuya?

Manel se gira y se acerca hasta mí. Tiene una farola justo detrás de él y el contraluz no me permite distinguir su rostro a la perfección, pero diría que no es el de un vendedor de biblias. En ese momento levanta el brazo.