El embalse
Discurrimos por la ribera del embalse Olga, Pleite y yo.
Toribio está con Luis redactando el atestado del caso, hay demasiado material para incluir en el informe y necesito que lo tengan cuanto antes.
Vilda se ha desplazado hasta del domicilio del Lucía y la custodia junto con Amaya.
Y también con dos agentes de la UIP. En el hipotético caso de que Damián regrese, hay que estar preparados.
—Aquí es donde apareció el cadáver —indica Olga mirando las notas de su móvil.
—Y allí se cree que es donde la mató, por los restos de sangre —digo señalando a un árbol.
Hemos venido los tres al embalse de Trasona porque quiero hacer una nueva reconstrucción del crimen, antes de que hagamos la definitiva con Damián.
Y por otro motivo que no explico a mis compañeros.
—¿Alguna cosa más, inspector? —pregunta Saavedra después de media hora repasando el informe forense en el que creo tener clarísimo la secuencia de los hechos, y el lugar donde se produjo el asesinato: Pleite representa al asesino y Olga a la víctima.
—Vamos hasta allí.
Señalo la presa que delimita el ala norte del pantano, un pasillo de cemento y hormigón que comunica los dos lados del mismo.
Cuando llegamos, podemos contemplar toda la extensión del embalse: una lengua de agua como una alfombra oscura con tonos rojizos y anaranjados.
No llueve, y eso es noticia. La temperatura ronda los quince grados.
Se puede decir que es una tarde-noche ideal para pasear con el perro o hacer deporte.
A pesar de ello, no hay nadie excepto nosotros.
—Podíamos haber hecho la reconstrucción en otro momento —protesta Olga—, al menos cuando atrapemos a Damián.
—Ya te he dicho que también quería hacer un pequeño homenaje a María. Cinco minutos y te vas con tus compis de Fugitivos, que lo estás deseando.
Hace una mueca de hastío.
—No me lo puedo creer…
—Olga, hemos resuelto el caso. Me merezco un momento con mi mejor inspectora, ¿no? —Sonrío y miro a Pleite—. No te pongas celoso, eh, Julito.
El inspector hace el amago de sonreír, sin conseguirlo. Los cinco minutos los invertimos en repasar cómo hemos llegado hasta el final del caso.
—¿Y me vas a contar esas noticias jugosas que tenías?
—Luis está verificando todo, no te quiero anticipar nada que luego no se vaya a cumplir —miento—. Por ahora te informo de que Damián llamó a su madre desde el teléfono de Lucía y charlaron dos minutos. Al parecer, la mujer conectó la clavija que le quitaste.
—¿Y qué dice la escucha?
—No se chivó de que habíamos estado allí, pero le preguntó si estaba metido en líos, que había escuchado rumores por el pueblo. E insistió bastante en eso, hasta que Damián le preguntó si alguien le había dicho algo en concreto. Gloria lo negó y ahí se acabó la charla.
—El interrogatorio en la sociedad de caza, Antonio Abad, los guindillas… y la madre…
—Demasiadas bocas sin callar. Era obvio que se lo haya olido.
—Hijo de puta…
—Venga, vete ya a por él, protestona.
Olga me pone la mano en el hombro, me dedica una sonrisa y se larga.
Su grupo de Fugitivos se ha movilizado desde Madrid para dar caza a Damián.
El tipo ha dejado su coche todoterreno como señuelo en el monte donde suele ir a cazar.
Sospechamos que se encuentra por los montes cercanos, aunque tenemos toda la provincia controlada: estaciones de bus, de tren, y hasta el aeropuerto de Asturias, muy cercano.
La inspectora llega hasta la zona del aparcamiento del área recreativa, se sube al camuflado en el que minutos antes la ha traído Arturo, que antes de marcharse saluda, y desaparece por la carretera de acceso al embalse.
—Julio, ¿por qué no te vas con Luis y con Toribio? Está recopilando toda la información del caso para presentar las pruebas ante el juez y necesitará ayuda.
—Yo no pinto mucho ahí, jefe.
Lo miro; el inspector Pleite es un tipo con el que uno se siente seguro, protegido y respetado.
—Bueno, pues te vas con Vilda y Amaya a seguir con la custodia de Lucía —ordeno—. Quédate tranquilo que me cojo un taxi en un rato, se está muy bien aquí.
Me estrecha la mano como despedida y camina a paso ligero hasta la zona del parking; se lleva el camuflado con el que hemos venido.
Suspiro aliviado, porque no quiero a ninguno de mis compañeros cerca cuando la persona que estoy esperando se presente. Menos mal que se está retrasando. Me permito unos momentos de recreo, con la vista perdida en las luces de las farolas reflejadas en el lago.
A los diez minutos de marcharse Pleite, un hombre de mediana estatura camina por el prado que une el aparcamiento y la presa donde me hallo.
—Buenas tardes, Manel.
—Hola, inspector. Perdone el retraso.
El tipo viene fatigado; me estrecha la mano y se seca el sudor de la frente con un pañuelo que dobla con cuidado antes de retornarlo al interior de su chaqueta.
—No pasa nada.
—Menudo lugar para la reunión —dice—. Parece de una peli de miedo.
—No tanto, si aquí se supone que los domingos vienen las familias.
—Usted lo ha dicho, los domingos y por el día, no un día entre semana de noche.
—Tiene razón. Es que le he citado aquí porque están trayendo a Damián Avilés para acá, para reconstruir la escena del crimen —miento.
—¿En serio?
—Claro, me pidió que cuando atrapáramos al culpable se lo hiciera saber y, si era posible, algún detalle más de la investigación. Pues como gracias a usted, en parte, que no se le suba —sonrío—, hemos dado con él, este es el premio que se merece.
—No me lo puedo creer —el tipo se muestra excitado, da un par de saltitos con sus pequeños pies ataviados con unos zapatos castellanos—. Pero yo prefiero que él no me vea, me da un poco de yuyu.
—No se preocupe, irá detrás de mí y yo suelo mantenerme lejos.
—Entonces, ya lo han atrapado. ¿Cómo dice que se llama?
—Damián Avilés —respondo, y su acto de respuesta al escuchar el nombre es mirar de reojo—. ¿Está preparado para ver al asesino, Manel?
—Ahora que lo dice, no lo sé —contesta—. Estoy muy nervioso.
—Yo creo que lo conoce. Avilés es pequeño, como usted me dijo.