Foto reveladora
El jefe del GOE informa del problema por radio. Yo pido a Lucas que se comunique con Pleite y Amaya para que revisen el trastero y el garaje contiguo. Lucía nos ofrece la llave para acceder.
—¿Cómo coño se nos ha pasado esto? —grito, desesperado.
Ochaíta se encoge de hombros como diciendo que él no es responsable. Olga se da la vuelta y patea al suelo. Procuro calmarme, antes de hablar de nuevo con Lucía:
—Usted nos disculpará, pero buscamos a su pareja por un delito que cometió hace años.
—¿Un delito? ¿Damián? ¿Qué delito?
—Eso se lo contaremos más adelante, Lucía; ahora necesitamos que nos diga dónde está. ¿De qué coto habla?
—¿De cuál va a ser? Del Pelude-Nalón.
—¿Ha salido a cazar? —pregunta Olga.
—Ya se lo he dicho antes. Hoy se ha tomado el día libre, le tienen que arreglar la mampara de la tienda que se la rompieron ayer.
—Entonces ¿va armado?
—No lo sé —la mujer duda—. Creo que ha salido a poner cepos, lo mismo hoy no se ha llevado la escopeta.
—¿Cepos? —grita Olga a mi espalda—. ¡Qué barbaridad!
La mujer agacha la cabeza sin decir nada; ella no es culpable y bastante tiene con lo que tiene en el salón de su casa. A saber lo que está padeciendo.
—¿Nos dice dónde guarda las armas para revisarlo? —digo con un tono suave.
La mujer, siempre custodiada por la agente de la UIP, nos acompaña a un cuarto en el que hay una espartana cama y un armario gigantesco con un candado. Nos pide que esperemos, y después de unos minutos vuelve con una llave. Abre el candado y la puerta del armario.
—Buen arsenal tienen aquí —comenta Toribio.
—No, yo no, eso es todo de Damián.
Hay un par de escopetas de caza, una ballesta, y otros estantes vacíos. También hay munición para asaltar una comisaría. Y un cuchillo de cazador.
—Supongo que tiene más cuchillos de esos —pregunto.
—Sí, tres o cuatro. Unos días se lleva uno, otros días se lleva otro.
—¿Falta alguna escopeta? —pregunta Olga.
La mujer examina el armario, tarda en responder.
—No —dice pasados unos instantes.
Aviso al jefe del GOES. Le pedimos a Lucía que nos deje a solas y la agente la acompaña de vuelta al salón.
—Yo creo que nos ha mordido —deduzco—. Hay que avisar a Luis a ver si ha llamado a la madre, o incluso indagar entre los policías locales, a ver si hay algún chivato.
—Me encargo, jefe —se ofrece Toribio.
—Ha salido al monte, pero no va armado —informo al jefe Ochaíta—. Supongo que la mujer nos puede dar la localización aproximada. ¿Cómo lo ve, inspector?
Ochaíta se rasca la barbilla con la mano.
—No lo sé, tendríamos que valorarlo. Quizá podríamos hacer una aproximación con un camuflado y localizar donde tiene el coche. Dejaría otra dotación aquí y nos comunicaríamos por radio. No me fío, como entenderá.
—Entiendo, no hay problema. Hable con la mujer y averigüe la hora a la que cree que suele regresar, y la ubicación más aproximada. Y proceda según lo que considere mejor, aunque infórmeme.
El inspector acepta y vuelve al salón. Olga se le queda mirando mientras sale del cuarto, como si le gustase el tipo; aunque lo que creo es que le gustaría irse con él, y no a intimar precisamente. Me pilla observándola y disimula: se pone a inspeccionar la habitación.
Sin desordenar demasiado, indagamos entre las pertenencias de Damián: la ballesta me llama mucho la atención, y más las flechas, que son negras con colas de colores vivos, como si fueran las de los indios de los westerns antiguos.
—Del Olmo, mira.
Olga me enseña una foto que hay en la pared opuesta al armario, una pared plagada de trofeos, medallas y fotos enmarcadas.
La que me señala tiene a un grupo de personas como protagonistas, entre ellos Damián, todos con las armas y algunos trofeos de caza.
En la esquina de esa foto y al fondo hay alguien que nos resulta familiar, aunque apenas se le distingue.
Saavedra sigue rebuscando en los cajones. Cuando llega a un sobre de esos de revelado de carrete antiguo, se detiene y se pone a ojear las fotografías en papel. Cuando llega a una determinada, sonríe y me la enseña. Yo, en cambio, no sonrío.
—Me alegra verte tan contenta.
—¿Por qué?
—Porque te vas a ir ahora mismo con Ochaíta.
—¿Y eso?
—Porque lo necesitas.
—¿Y tú?
—Yo me quedo con los chicos y con Lucía Vilaboi.
—¿Y vas a averiguar lo que tienes que averiguar?
—No lo dudes.
La inspectora se me acerca, me ofrece la mano y se la estrecho.
—Nos vemos en el monte —digo.
—¿También vas a venir al operativo?
—Iré después.
Me suelta la mano y antes de salir de la habitación se detiene y gira su esbelto cuello. Nos sonreímos.
Me quedo a solas en el santuario de Damián y con la reveladora foto que Olga acaba de hallar.