Operativo
Son casi las seis de la madrugada. La UIP ha hecho una aproximación rápida hace media hora para allanar el camino.
El GOES acaba de desplegarse. Damián reside en un segundo piso en el barrio de La Rocica, a las afueras de Avilés.
No tiene hijos, pero convive con una mujer, a la que darán el susto de su vida, o el primero de los sustos de su vida si es que desconoce lo que hizo su novio catorce años atrás.
El operativo se retransmite por vídeo en circuito cerrado; los agentes especiales llevan cámaras en el pecho y nosotros lo observamos dentro de una gran furgoneta llena de monitores, menos Vilda, que por su estado se queda en la jefatura pendiente del teléfono móvil.
El juez, a regañadientes, acepta que siga en el caso, aunque ha prometido iniciar un expediente contra mí.
Veo el brillo en los ojos de Olga, que en su etapa en Fugitivos ha participado en primera persona en operaciones similares, incluso encargándose de engrilletar al sospechoso una vez detenido.
Cuando el ariete destroza la puerta, se escuchan los primeros chillidos de la mujer.
El agente de cabecera nombra a Damián, y la mujer, presa del pánico, grita que no está.
Alzo mucho las cejas, y miro a Listín, que es el encargado de geolocalizar al sospechoso por su teléfono móvil.
Luis me enseña su portátil en el que marca claramente que el teléfono del objetivo está en su casa.
Llamo a Arturo, que lleva vigilándolo toda la noche y asegura que no lo ha visto salir del bloque.
Saavedra no para de moverse en su asiento.
—¿Hay ascensor? —pregunto por radio al jefe del GOE, que se llama Ochaíta.
—Sí.
—Díganle a la mujer que se vista, que estoy ahí en cinco minutos.
Salimos de la furgoneta, Toribio, Olga, y yo. Accedemos a la vivienda, donde saludo y agradezco a todos los agentes del operativo.
La casa es de reciente construcción, humilde y bien apañada, como diría mi abuela; con su suelo laminado y sus paredes lisas de color crema. En el salón se encuentra la mujer de Damián, sentada en una silla y custodiada por una agente de la UIP que tiene una mano en su hombro.
—Lucía Vilaboi —digo.
—¿Usted es el que manda aquí? —Me responde una mujer rubia despeinada, con ojeras y con un pijama fucsia dos tallas más pequeño del que necesitaría.
—Más o menos, Lucía.
—¿Me pueden decir qué pasa? Que esta gente no me cuenta nada…
—¿Dónde está Damián? —pregunta Olga.
—Salió hace un rato.
—¿Tan temprano?
—Se ha ido al coto. Siempre que libra en temporada sale. ¿Qué ocurre, por favor?
—¿Y por qué no se ha llevado el móvil? —pregunto.
—¿No se lo ha llevado? ¿Cómo lo sabe?
Toribio se acerca y con los guantes puestos muestra un teléfono a la mujer.
—Lo he encontrado en el cuarto de baño.
—Se le habrá olvidado, no sería la primera vez. ¿Me van a decir ya qué hacen aquí?
—¿Hay otra salida aparte del portal principal del bloque? —pregunta Olga, y la mujer calla
—¿Lucía? —insisto.
—El sótano donde están los trasteros comunica con el garaje del bloque de la calle de atrás, ahí tiene Damián el todoterreno…