La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Carnicería
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Carnicería

Una pareja de policías locales pasea por el mercado municipal. Según Vilda, es habitual que lo hagan porque es un lugar muy concurrido, incluidos turistas, y los amantes de las carteras ajenas se ponen finos.

—¡Aborta, coño, aborta! —grito por el micrófono cuando escucho que los guindillas están cerca.

Par abortar ya es tarde porque Amaya ya ha hecho el teatrillo de que Luis le ha tocado el culo, y Pleite ya lo ha amenazado.

Como Pleite no lleva auricular, no atiende a las señales que le lanza Amaya con los ojos, y Julio está haciendo tan bien su papel que sujeta por la pechera al pobre Luis y lo estampa contra la mampara que alberga el género del carnicero.

—Ey, ey, a pelear a otro lado o aviso a los municipales.

—Tú te callas —dice Pleite, que con su físico no se amedrenta—. ¡Te gusta tocar el culo a las tías, eh, gilipollas!

Amaya los trata de separar, en vano, porque la pareja de municipales se aproxima; dado que Julio está metidísimo en el papel porque quiere cumplir la misión como sea, zarandea a Luis sobre la cristalera y, hasta que no caen unos chorizos que hay colgados, no para.

Es entonces cuando la trifulca toma aires quijotescos: los municipales cogen por atrás al inspector y lo separan, o, mejor dicho, lo intentan separar; porque Pleite es tímido, pero es un buen mostrenco y les cuesta.

Y como el carnicero no sale de detrás del mostrador, a Amaya no se le ocurre otra cosa que coger unos huevos que hay sobre el mismo y lanzárselos a los municipales, que no entienden qué es eso amarillo y viscoso que les golpea.

—¡Qué haces, muyer! —grita Damián, que por fin sale del mostrador, y trata de evitar que Amaya siga destrozando sus huevos.

—Déjame, no me toques —chilla, y entonces el otro municipal, que estaba asistiendo al compañero que tiene agarrado a Pleite, saca la porra y pega un par de porrazos sobre el mostrador, con la intención de pedir calma; aunque lo único que consigue es romper una cristalera.

Cuando Damián ve semejante destrozo y se acerca para comprobar que no solo ha roto la cristalera, sino que ha contaminado todo el género con los cristales rotos, se lanza a por el municipal que lo recibe a porrazos sin poder contenerlo.

Y acaban los dos en el suelo forcejeando.

Al ver esto, el municipal que tiene asido por el cuello a Pleite, lo suelta, saca su pistola táser, se planta delante de Damián y lo apunta hasta que este se da cuenta y, solo entonces, para de golpear al policía, que a su vez lo está golpeando a él en la panza.

¿Consecuencia?

Damián y Pleite al cuartelillo de la Policía Local.

¿Resultado de la operación?

Un éxito. Porque se da la bendita casualidad de que Olga, que es quien me cuenta todo esto, y quien merodea por la escena, se fija en la vitrina rota de la carnicería; y ahí, en un cristal de los que todavía penden sin caer encima de la carne,

hay unas gotas de sangre que ha dejado Damián al manipular los restos resquebrajados de la mampara.

Unas gotas de sangre que horas después deberían dar positivo en el definitivo test genético.