La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Mercado
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Nos reunimos todo el equipo para repasar el operativo. El que menos claro lo ve es Pleite. Le saca una cabeza a Listín.

—¿Qué te crees, Julito? Torres más altas han caído… —se mofa Luis.

—¿No estarás pensando en que nos vamos a pelear de verdad? —responde Pleite, nervioso.

—A ver, tendrá que ser creíble.

—Sí, pero…

—Tú me coges de la pechera y me revuelcas sobre el mostrador. No me empieces a dar puñetazos que me revientas…

—Madre mía, como al final os deis de hostias, yo dimito —comenta Amaya, resignada.

—Que no, mujer —atajo—, vamos a ser un poco profesionales, ¿no? No es la primera vez que montamos un teatrillo. Luego Lucas os recuerda la aventura que tuvimos en un bar de ambiente.

El inspector y yo tuvimos que hacernos arrumacos en un seguimiento que hicimos a un sospechoso en un club gay.

—Qué pesado…

—Maldito homófobo.

—Ni homófobo ni hostias. Lo hice, ¿no? Pues punto pelota.

Evitamos las risas porque no está la cosa para ello.

Olga y Toribio terminan de poner los micros a Amaya y Luis.

En lugar de los habituales que se colocan por dentro de la ropa, utilizamos cascos similares a los de escuchar música; cuando llegue la trifulca, si se abren las camisas y Damián localiza esa microfonía, tendríamos problemas.

Camuflados como simples auriculares la cosa cambia.

Lo llevarán solo Amaya y Luis. Pleite, que será el agresor, se libra de esta carga.

Amaya saca el contenido del estuche que le acabo de entregar, y lo mete en sus bolsillos: dos torundas, dos lancetas para sacar sangre como la que usan los diabéticos, y un par de bolsitas herméticas. Se le nota nerviosa por el subir y bajar de su pecho.

—¿Lo tenéis todo claro, no? —pregunto—, si el tipo sale con algún cuchillo, gritamos «arma», y Olga, Lucas y Arturo se plantan ahí en dos segundos. Estarán pululando por los alrededores, camuflados como puedan.

Olga lleva una gorra y el pelo recogido. Arturo lleva una mascarilla y otra gorra bien calada. Toribio se quedará justo en la puerta del mercado. Vilda, conmigo en el coche.

—Vamos a hacerlo bien, vamos a hacerlo rápido, vamos a hacerlo limpio —sentencia la inspectora.

Ponen las manos en el centro como si fueran un equipo deportivo y se dan un abrazo por turnos.

Yo los observo desde mi posición en el camuflado, y Vilda, desde fuera.

Luis, Pleite y Amaya me miran y mueven la cabeza hacia abajo.

Les correspondo con un gesto similar, Toribio se me acerca y me estrecha la mano.

No hacen falta las palabras, solo las miradas, igual que con Olga, que me dedica la última antes de marcharse.

Una media hora después habrán de volver y nada saldrá cómo se había previsto.