La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Misa de 7
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Misa de 7

Dejamos al juez dentro de la sacristía pidiendo mil disculpas al religioso. Nosotros salimos de la iglesia por la puerta principal y no me doy cuenta de que Olga se queda atrás. Fuera nos recibe la llovizna, que no ha parado desde que salimos de la casa de Gloria Montes, como ella predijo.

—Entonces, el tipo forzó a su media hermana y ocultaron al chiquillo —dice Toribio—. Pues normal que haya salido rana.

Descubrimos que Gloria y Josué son hijos de un mismo padre y diferente madre; por lo que el cacao familiar, incluso en época franquista, es digno de la serie Dinastía o de algún culebrón venezolano.

—El entorno te condiciona, pero no te somete —le contesto, y no dejo de mirar hacia atrás en busca de la inspectora —. Siempre puedes elegir.

—Sí, pero a veces es muy complicado.

Olga tarda en salir y en la espera no paro de frotarme las manos, y no por el frío.

—¿Qué pasa? —pregunto, impaciente, cuando por fin retorna.

—Adivina quién estaba en la misa —Le hago un gesto con la barbilla para que lo diga—. Manel García.

—¿Y qué? Trabaja al lado. Será capillita.

—¿Tú le has visto algún colgante de crucifijo, algún otro símbolo…? El tipo está divorciado.

—Como si eso fuera algo extraño entre los católicos.

—¿No te parece raro que ya nos le hayamos topado tres veces aquí?

—Olga, ¿otra vez con este tío? Ya le hemos seguido, y hemos llegado a este punto gracias a él. ¿De verdad quieres esto? Vámonos a descansar que mañana será duro. Me han asegurado en Santiago que tendremos resultados en menos de veinticuatro horas.

—Al final no le pinchaste el teléfono. Así que me lo debes: lo metemos en el camuflado. Diez minutos, y nos vamos.

Resoplo, me fijo en la inspectora: tiene el pelo mojado y el abrigo también. Su piel es tan blanca que podría ser oriunda de cualquier población del norte. Toribio se encoge de hombros.

—Te me coges a Solís y nos traéis al tipo hasta el camuflado —pido al inspector.

Sin mirar a Saavedra, me meto en el coche.

Olga espera fuera, entiendo que no quiere hablar más conmigo hasta que no llegue el sujeto.

A los pocos minutos lo veo venir a través de la ventanilla, soltándose del brazo de Lucas con evidentes gestos de protesta.

Saavedra le abre la puerta del copiloto, como es habitual, y Manel, después del trato amable de la inspectora, que le asegura que serán solo unos minutos, se decide a entrar.

—Buenas tardes, Manel —digo.

Saavedra entra por la puerta del conductor.

—Me gustaría saber por qué me han sacado de la misa.

—Manel García, es la tercera vez que le pillamos siguiéndonos —dice Olga, cuyo cambio de tono descoloca al entrevistado.

—¿Siguiendo a quién? ¿A ustedes? —dice, indignadísimo—. ¿Están de broma?

—Manel, aunque no sirva para nada, le tengo que pedir que se calme. Lo que la inspectora dice es que ya son demasiadas las veces que venimos a esta iglesia o a la otra y lo encontramos. Usted que está tan involucrado con el tema de la investigación policial, entenderá que tengamos que preguntarle.

—Vamos a ver si me aclaro. Trabajo muy cerca.

Me tomo algún pequeño descanso para fumar y porque me encanta mirar lo que yo llamo la catedral de Avilés, de mi pueblo.

Y se da la casualidad de que ustedes están allí por no sé qué.

Y resulta que eso me convierte en sospechoso.

¿De qué? ¿De católico practicante? ¿Ya ni eso podemos los cristianos?

—Manel —le interrumpo—, esta iglesia no es la que le queda cerca del trabajo.

—Porque en la grande no hay misa hoy, se lo pueden preguntar al padre Astorga.

—Manel García —Olga repite el nombre con la clara intención de molestarlo—. Como le ha dicho el inspector, tan solo le íbamos a hacer unas preguntas que ya está respondiendo; pero el hecho de que se ande justificando no dice nada bueno de usted.

Manel se gira hacia ella y aprieta los labios.

—¿Que no dice nada bueno de mí? Me ofrezco voluntario para que comparen mi ADN con el del asesino. Gracias a ello, ustedes están siguiendo una pista aquí en esta iglesia. Gracias a mí —zanja señalándose el pecho con el pulgar.

—Demasiado seguro le veo que estamos aquí gracias a su colaboración… —replica Olga con ironía.

—¿Es mentira, quizá? —Manel se retrepa en el asiento y resopla. Se pone la mano en la frente—. Avilés es pequeño, inspectora.

—Tendrá que ser más concreto.

—¿Qué quiere?

—Que me diga por qué está tan convencido de que todo esto es gracias a su colaboración.

—Rumores. Conozco a mucha gente dentro de la iglesia. Se habla, se cuchichea. Dicen que están buscando a alguien de mi familia. Yo les di una lista, y supongo que al no encontrar nada estarán preguntando a los párrocos por si saben algo de mis parientes.

Olga es ahora la que resopla. Y agacha la vista hasta su móvil.

—Muy bien, Manel. Le pedimos disculpas por las molestias.

—Me duele, inspector. Es que no lo entiendo, de verdad.

—Ya le digo que los procesos policiales son complejos. Le pido perdón las veces que hagan falta. No puedo hacer más.

—Sinceramente, creo que sí puede hacer algo más.