Clavija
Ahora soy yo el que le pide a Olga que acelere. Nos hemos ido de la casa de Gloria Montes casi sin despedirnos. Bueno, Saavedra sí lo ha hecho, ya que de paso aprovecha para pedirle/exigirle que no le cuente nada a su hijo —le miente diciéndole que no quiere meterlo en problemas.
—Astorga o Josué —pregunta Olga.
—Josué, obvio.
—¿Por qué quieres que sea él?
—Porque tiene casi noventa años, y Astorga apenas llega a los sesenta y cinco. Sería un chiquillo cuando esta mujer se quedó embarazada. Y porque la iglesia vieja también la llaman iglesia de Santo Tomás.
—Ese es mi Del Olmo.
Sonríe con los ojos a través del retrovisor. Yo no tengo tiempo de corresponderla porque estoy marcando el número del juez Alberto. No me lo coge a la primera y lo vuelvo a intentar.
—¿Qué quiere, inspector?
—Necesitamos que nos autorice un nuevo test genético. Mejor dicho, dos.
—¿Qué ocurre ahora, Del Olmo?
—En unos minutos le mando un informe completísimo que indica que el padre Josué es el padre, y valga la redundancia, de Damián Avilés. Nuestro principal sospechoso.
—¡¿Cómo?!
—Lo que oye.
El juez se calla.
—Leeré el informe y, si lo encuentro favorable, autorizaré la prueba al tal Damián Avilés. Pero… ¿al padre Josué? No lo veo viable.
—Escúcheme, señoría. No podemos aproximarnos a Damián así como así.
Está armado. Lleva oculto catorce años. Es un tío grande y fuerte, una mole.
Y cuando le solicitemos el test genético, no va a colaborar y se va a liar.
Necesitamos comparar las muestras que tenemos y verificar que el padre Josué es el padre biológico del autor de la violación.
Una vez confirmado, solicitaremos una actuación al GOES para detener a Damián.
No nos vamos a jugar otro tiroteo, y usted tampoco.
—Lo que no entiendo es cómo han llegado a esa conclusión.
—Nos lo ha contado la madre del sospechoso.
—¿Y le da validez a ese testimonio?
—Señoría, llevo muchos años partiéndome la cara con casos así. No soy solo yo, todo mi equipo llega a la misma conclusión. Le ruego que confíe no en mí, sino en la UDEV Central.
—Mándeme el informe.
—Se lo mando, pero al menos autoríceme un pinchazo telefónico a la mujer. Y también al hijo.
—Al hijo ya se lo he autorizado a su compañero, a ver si se coordinan mejor. No hay problema con el de la madre.
Me despido con un simple «gracias» y cruzo miradas por el retrovisor con Olga.
—¿No te da pena haber engañado a una anciana?
—Ninguna, ya lo sabes —digo mientras tecleo en el teléfono, mucho más lento que Saavedra—. Y a punto he estado de desconectarle la línea por si le da por avisar al hijo.
—Tranquilo que ya lo he hecho yo.
—¿En serio?
—Solo le he soltado la clavija, aunque se la he escondido bien.
—Nos podemos meter en un buen lío.
—En un buen lío está su hijo, el del pelo rojo —Olga me ha contado previamente que la foto del marco del aparador de Gloria confirma el color de pelo de Damián—.
Si se da cuenta, la conectará y punto, no creo que le dé por pensar que hemos sido nosotros.
No podrá demostrar nada; y has hecho bien en solicitar la escucha a ella también.
Marco el teléfono de Toribio, le cuento el percal y le pido que lo tengan todo preparado para, cuando lleguemos, supervisarlo y enviar el informe, son todavía las cinco de la tarde y quizá nos dé tiempo a sacarle sangre al maldito padre Josué.