La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) El padre
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El padre

Sí, soy un insensible, pero en este momento de la investigación me importa bien poco. Por suerte, la mujer se recupera:

—Pasen ustedes, que va a llover.

Miro al cielo, y, aunque está plomizo como casi siempre, no barrunta lluvia. Aun así, hacemos caso a la mujer, porque quiero cotillear en la casa. Y quizá le haga una visita a la conexión de su teléfono fijo.

Nada más cruzar la puerta, un olor a guiso me golpea en la nariz. Con la escasa comida que llevo en las últimas horas, me dan ganas de pedirle a la mujer un poco de lo que sea que esté preparando.

—¿Tiene usted hambre? —pregunta en un alarde de lectura mental—. ¿Quiere un poco de pescado con patatas?

—No, gracias, Gloria.

Ella hace una mueca parecida a una sonrisa. Invita a la inspectora a sentarse, le saca más de cabeza y media y el cuello debe de estar empezando a molestarle.

—Entonces ¿qué pasa con mi hijo? ¿Se ha metido en algún lío con la escopeta?

—¿Por qué cree que venimos por su hijo? —pregunto, y me gano un codazo de Olga que se ha sentado a mi lado en una silla de mimbre.

—Coñe, porque me han preguntado que si soy su madre.

—Tiene usted razón —digo—. Gloria, tuvo usted un coche color crema hace unos años…

—Sí —dice sorprendida— un R4 que me duró más de treinta años, una pena que se estropeara…

—En realidad venimos más por el padre de su hijo —interrumpe Olga.

La cara que acaba de poner la mujer en la puerta cuando casi se desmaya no es nada comparada con la que pone al escuchar las palabras de la inspectora, que me mira y me culpa a mí de haber sido tan directa.

Me lo dice con sus ojos, que parece que se le van a salir de las cuencas, y con su boca, tan fruncida que deben dolerle los labios.

—¿Gloria? —prosigo, y ya no sé quién es el poli bueno y quién el poli malo.

—Yo, yo… —responde, y nos quedamos mirándola—. No sé qué decirles. Si son policías, supongo que ya sabrán que no hay padre.

—Necesitamos localizar al padre, Gloria.

—Murió —dice, y aparta la mirada hacia el suelo.

La mujer está sentada en otra silla de mimbre detrás de una mesa camilla con unas enaguas rojas. Me acerco hasta ella.

—¿Hay brasero?

Afirma, con la mirada fija en una baldosa. Levanto las enaguas y descubro un braserito de picón, cuyas brasas, naranjas, aportan un calorcito muy agradable. Me tapo las piernas y la miro a los ojos.

—Gloria, como bien ha dicho, somos policías. Ya ha visto que sabíamos lo de su viejo R4. No puede mentirnos.

La mujer se lleva las manos a la cara y rompe a llorar. Olga se levanta, me clava el dedo en la espalda y se agacha delante de la mujer.

—Gloria, sé que da igual que yo le pida que no llore porque usted va a seguir haciéndolo, y eso está bien; es bueno desahogarse —Levanta la mirada y varias lágrimas caen entre las arrugas de su rostro, que sirven para hidratar esos mofletes enrojecidos por el disgusto—.

Usted no tiene que temer nada. Han pasado muchos años, y lo único que va a hacer si nos dice el nombre del padre, es el bien.

Nos ayudará a encontrar al culpable de un crimen.

—¿De un crimen? —pregunta sorprendida.

—Asesinato —digo.

—¿Ese desgraciao ha matado aalguien? ¿Cuándo?

—Es todo mucho más complejo que eso, Gloria —dice Olga—, por ejemplo, nos acaba de decir que no está muerto.

La mujer se lleva la mano a la boca.

—Yo, yo…

Se suelta de la inspectora y se levanta.

Por un momento temo que coja algún objeto arrojadizo o contundente y se líe a mamporros con nosotros.

Aunque lo único que hace es acercarse a un mueble aparador en el que hay un marco con una foto.

Una foto que tendrá unos veinte o treinta años.

Olga se acerca y le pone la mano en el hombro.

—Era guapo de joven.

—Lo sigue siendo —responde—, a los ojos de su madre.

No puedo ver la imagen, y muevo la cabeza recordando al tipo en el que se ha convertido el hijo de esa mujer, que de guapo tiene poco, y no hablo del aspecto físico.

—Gloria, ¿nos va a ayudar?

La anciana pasa la mano por el cristal del aparador y quizá piensa que esté más sucio del debido para recibir visitas. Se gira y se fija, de nuevo, en la baldosa desconchada que observaba segundos antes.

—Lo podrán encontrar en la Iglesia de Santo Tomás.