La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Gloria
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Gloria

Estoy nervioso. Lo confieso. He interrogado y entrevistado a la peor calaña de la sociedad: desde camellos de poca monta cuando hacía la calle en Madrid, hasta algún asesino en serie en la sala del espejo de la UDEV central.

Y no recuerdo morderme tanto las uñas, ni frotarme tanto las manos, ni pasarme tanto la mano por mi escasa cabellera como el día de hoy.

También cuenta que me he tomado un Red Bull de los grandes y dos cruasanes en la comisaría mientras preparo la entrevista con Olga.

—Una madre nunca va a delatar a su hijo —digo.

—Quizá pueda delatar al padre de su hijo.

Me quedo pensativo. Al poco sonrío.

—Inspectora Saavedra, se me está empezando a olvidar la desazón que me provocaste anoche cuando te querías largar —ella no me mira, pero detecto que su mueca es próxima a la sonrisa. Le pongo la mano en la muñeca y da un pequeño brinco—. ¿Te vamos a seguir echando de menos en Homicidios?

La mueca entre la seriedad y la sonrisa persiste, pero se gira hasta encontrarnos los ojos.

—Si nos confesara quién es el padre, intentaríamos conseguir su ADN, si es que vive. Después de contrastarlo y de que estemos seguros de que es el padre biológico del violador, serviría para detener a Damián y conseguir su muestra genética ya arrestado.

—Entonces hay que arrancarle a Gloria esa confesión, me atrevo a creer que incluso está deseando contarlo.

—Ya, pero a ver si está vivo.

Después de esta charla previa, encargo a Arturo (y a otro policía de Oviedo desconocido para el sospechoso) el seguimiento de Damián.

Toribio y Solís se encargarán de la escucha en cuanto el juez la autorice.

Pleite y Luis están a la espera de órdenes.

Con todo organizado, nos dirigimos a entrevistarnos con la madre.

La inspectora conduce, otra vez, rebasando la velocidad permitida.

Se nota que tiene que descargar adrenalina de alguna forma.

Gloria Montes vive al otro lado de la ría, en el barrio la Barbera, en una casita verde a pie de la calzada.

No se espera a una pareja como nosotros cuando llamamos a la puerta, aunque abre sin siquiera mirar por la mirilla. Nos examina de arriba abajo y pregunta:

—¿Qué se les ofrece?

—¿Gloria Montes?

—La misma.

Gloria es una mujer de ochenta y dos años que aparenta algunos menos. Está firme como un palo y tiene una tez blanca muy saludable. Es morena, aunque eso no nos preocupa.

—¿Madre de Damián Avilés?

La mujer se lleva las manos a la cara y dobla una rodilla.

—Ay, Dios mío.

—No, no; tranquila —Olga se acerca a asistirla—, su hijo está bien.

De momento, pienso.

—Pero ustedes… parecen pol …

—Sí, somos policías, Gloria, pero solo queremos hablar con usted. Su hijo, que nosotros sepamos, está sano y salvo.

—¿Seguro?

—Sí, muy seguros.

—Ay, que yo no tengo teléfono móvil, me llama él al de casa.

Olga pone una mano en el brazo de la mujer, se miran a los ojos y la inspectora trata de calmarla con una suave caricia.

Y a mí me hace temblar que la mujer pueda contactar a Damián.

Además, Gloria se lleva la mano al pecho, noto como aflojan sus rodillas y temo que la dé una insuficiencia cardiaca antes de que hablemos con ella.