Celebración
Olga conduce demasiado deprisa para lo que la situación requiere. Esther se aferra, nerviosa, al asidero de su lado.
—Sosiega, inspectora, que no perseguimos a nadie —exijo.
Saavedra me ignora y prosigue con su viaje a más de ciento treinta por la autovía entre Oviedo y Avilés.
Son más de las dos de la tarde. Me he quedado dormido casi dos horas que me han parecido dos minutos.
Ellas han encontrado la página del Diario de Asturias de 1916 en el que se hace referencia al crimen de Agustina, la colmenera, perpetrado por Eduardo Valdés.
Y la foto, aunque en blanco y negro, parece indicar que el individuo tenía en pelo claro sin llegar a rubio.
Lo que nos da la pista definitiva es la breve noticia que hay bajo la imagen:
«Eduardo Valdés, detenido por una pareja de la Guardia Civil camino del cuartel. Al hombre se le acusa de haber matado a Agustina Méndez. Muchos vecinos lo culpan de satanismo, motivado por el color rojo de su pelo. Agredió a la mujer y la destripó. Se enfrenta a una posible pena de garrote vil».
Este dato no lo obtuvo Luis en su investigación con fuentes abiertas de internet cuando llegamos por primera vez al crimen.
—Llama a Listín y déjate de miedos.
—No, si yo no tengo ningún miedo, pero llevamos compañía.
—Por mí no te preocupes… —miente Esther.
Su mano sigue aferrada al asidero; ella se gira y me hace una mueca que ni de lejos llegará a ser sonrisa.
La dejamos en su redacción y, antes de largarse, se acerca a mi ventanilla. La abro y esta vez sí sonríe.
—Gracias —dice.
—¿Por? Las gracias te las tengo que dar yo a ti.
—No, yo te agradezco que me hayas permitido ayudarte a atrapar al desgraciado que estás a punto de atrapar.
—Bueno… —titubeo, los ojos de la periodista, por primera vez, me intimidan. Miro de reojo al retrovisor y Olga tiene el gesto serio—. Entonces, de nada.
—Nos vemos pronto, inspector.
Olga arranca, y el resto del trayecto hasta la comisaría lo hacemos en un silencio propio del que hay en un vestuario de un equipo deportivo antes de la gran final.
En la comisaría nos espera todo el grupo, también Arturo que sostiene su teléfono y lo gira para mostrarme a Vilda en una videollamada.
Lo saludo. En todos percibo caras sonrientes.
—Decidme que lo tenéis.
—Decidnos vosotros que Eduardo es pelirrojo —dice Luis.
—Lo es, lo es.
Se produce un estallido de júbilo que no entiendo. La inspectora abre las manos y vocifera.
—¡Haced el favor de tranquilizaros y contadme qué ocurre!
Los miembros del equipo, que se estaban incluso abrazando, se detienen en su celebración porque perciben nuestros gestos serios. Toribio se acerca hacia mí con un par de folios en la mano.
—Damián Avilés Montes
Me entrega la ficha policial.
—¿Avilés?
—Sí, un hijo de una espontaneada. Gloria Montes. Al parecer le pusieron ese apellido por haber nacido aquí. Es otra forma de apellidar a los Expósitos.
Mi gesto denota cierta sorpresa al asimilar la información de Lucas. Y la sorpresa es gigante al descubrir la verdad sobre el tal Damián.
—¡No me jodas! —grito mirando a Toribio.
—Sí, jefe, sí.
Le entrego el informe a Olga que abre bien los ojos.
—Lo teníamos —digo—, es el que estaba al lado del jefe de la asociación, junto a él en la barra.
—Lo recuerdo —dice Olga
—¿Vamos a por él, jefe?
Olga le pone en el pecho el informe y se lo sujeta con la mano, como si con el gesto quisiera detenerlo en su ímpetu.
—Es solo un sospechoso. ¿Si está calvo, cómo sabes que es pelirrojo?
—Inspector, lo he investigado a fondo —afirma Lucas—.
Tiene pecas, es pálido de piel, es cazador y tiene una carnicería.
Además, su madre fue madre soltera a finales del franquismo, y atención: tuvo un Renault 4 color hueso que dio de baja justamente en 2010, y como bien comprenderás un coche hueso puede confundirse con uno blanco si hay poca luz y el testigo es mayor —afirma Lucas—.
Pero sobre todo porque estaba entre los nueve sospechosos que barajó la primera investigación hace catorce años.
Las fotos del tipo lo presentan con una alopecia inmisericorde y unas pecas que ni Pipi Calzaslargas. Le echo un vistazo, de nuevo, al impecable informe de Toribio y me empapo de la vida y obra de Damián Avilés.
—Buen trabajo Lucas; primero esperamos al análisis genético ampliado que confirme que estamos buscando a un pelirrojo.
—Ya están en ello en Santiago —indica Luis—. Les he pedido urgencia máxima y es posible que mañana nos den datos.
—También nos tienen que enviar el resto de pruebas que ha recogido Arturo con la UIP.
—¿Tienes esperanzas en ello, Del Olmo? —pregunta Olga.
—Pocas, pero ya que están en ello, hay que esperar —contesto—. Lucas, solicita al juez un pinchazo telefónico a Damián Avilés. También le ponemos rabo. ¿Arturo, te encargas? —El oficial afirma, bien cuadrado.
—A ver si no pone pegas Menéndez —dice Toribio—. Recuerda que dijo que no volvería por aquí, que hay que ir a visitarlo a su despacho.
—Pues se le visita, y como dé mucho por saco con todos estos indicios, ya me encargaré yo de avisar a Alamillos o al DAO en persona. Es importante tener controlado a este sujeto. Y tú y yo le vamos a hacer una visita a mamá ahora mismo —digo mirando a Saavedra.