La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Hemeroteca
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Esther protesta cuando la invitamos a levantar el culo de su puesto de trabajo y ayudarnos con el tema de la hemeroteca.

—Está en Oviedo —se excusa.

—Tenemos el coche en la puerta —digo, sonriendo.

No es que esté forzando la risa, es que estoy muy contento y se lo hago notar a todo el mundo. La aventura nocturna, aparte de aportarme adrenalina por un tubo, me ha proporcionado lo que necesitaba para que Olga no se marche, y seguir avanzando en el caso.

—Vas a tener suerte porque Vilda se ha puesto muy pesado también.

He instruido bien a Lorenzo por teléfono para que me allane el camino con la periodista. Y, al parecer, ha funcionado. Esther se levanta, coge su abrigo y nos largamos.

La lluvia no ha cesado en toda la noche y en todo el día.

Tanto que su repiqueteo constante sobre el cristal de la furgoneta me sumerge en un estado de modorra, en un duermevela inevitable por no haber dormido.

Después de cuarenta minutos llegamos a Oviedo, y les pido a las dos mujeres que me den cinco minutos más.

Estoy tan a gusto acurrucado en mi asiento que no me quiero mover.

Ni me entero cuando ellas se marchan. En el duermevela sueño, y aunque querría soñar con pelirrojos y genetistas, lo hago con mis padres.

Con mi madre y mi padre llevándome de la mano, junto con mi hermana en el pueblo.

Jugamos con los primos, corremos como cabras y nos bañamos en el río.

Cuando me voy a tirar a bomba, escucho los golpes en el cristal.

Es la inspectora, sonriendo. Me enseña una hoja impresa en blanco y negro en la que aparece la foto de un tipo encorvado y enorme, rodeado por lo que parecen dos agentes de una antiquísima Guardia Civil.

Olga hace la señal del puño hacia arriba y yo me fijo en el color del pelo del detenido.

No se aprecia si es rojizo, sin embargo, sí que es de un tono más claro del de los guardias.