El gen
De vuelta al apartamento y sin haber dormido, despierto al equipo y lo reúno en el salón (minutos antes lo he hecho a solas con Luis). Les cuento lo averiguado:
El asesino de 1711 es un individuo grande y pelirrojo. Así lo describen en el archivo diocesano de la vieja iglesia.
«Hallose culpable del crimen a Rodrigo García, el matarife y hermano de la muerta. De grandes manos y cabeza. Con el cabello cobrizo, casi rojo. Se le acusa de culto al diablo y sodomía contra las mujeres. Antes de ahorcarlo,
se le afeitará la cabeza y el cabello se quemará para ahuyentar los demonios».
—Como si fuera un brujo, ¿no? —pregunta Toribio.
—Algo así —corroboro.
—El trato de brujas a las pelirrojas y de demonios a los pelirrojos se supone que acabó con la llegada de la Edad Moderna —apunta Olga—, pero eso es mucho suponer. Al fin y al cabo, a pesar de que el puerto de Avilés fue muy importante en la época, todo el entorno era rural en 1711.
—¿Y sabemos si los asesinos de 1814 y 1916 son pelirrojos? —pregunta Julio.
—Estamos en ello, Pleite —respondo.
—¿Y es seguro que el tal Rodrigo es ancestro de Eduardo Valdés y de Mendo García? —cuestiona Amaya.
—Casi seguro, aunque hay un pequeño eslabón por cerrar —informa Luis—.
Según lo que ha averiguado Del Olmo, el padre del criminal, que también se llamaba Rodrigo, tenía al menos dos sobrinos.
Uno de ellos seguro que tuvo descendencia, lo ha corroborado en otro de los libros de la iglesia vieja.
Y en los documentos que tengo archivados de la nueva, hay un Rodrigo García que murió en 1807 y que era ganadero y matarife.
Y esa persona sí es ancestro de Valdés, Mendo y Manel García.
—Dadas las circunstancias de la investigación anoche, no pude sacar más —me excuso.
—Mucha casualidad que un Rodrigo García, matarife de Avilés no fuera sobrino del padre del criminal este, ¿verdad? —comenta Toribio.
—Sí, pero sin confirmación por medio del resto de archivos que nos faltan, no puedo asegurarlo al cien por cien.
Antes de que se produzca el silencio y el desánimo en la reunión, prosigo:
—Tenemos dos opciones. Convencer al juez para que nos gestione la orden para entrar al archivo y verificar esa consanguinidad, o convencer al padre Josué…
—Hay una tercera —interrumpe Olga.
—Lo sé, Olga, déjame terminar.
—Ninguna de estas dos opciones es viable en estos momentos. Lo que vamos a hacer, al hilo de lo que dice la inspectora —la miro e intento sonreír—, es, primero confirmar si Sebastián García era pelirrojo…
—¿Cómo? —pregunta Toribio.
Señalo a Listín.
—Mediante investigación en internet, OSINT.
—Y… —señalo a Olga.
—Hemeroteca.
—¿Y quién tiene una amiga con acceso privilegiado a la hemeroteca asturiana? —me señalo con los pulgares apuntando hacia mi pecho— Venga, que no os oigo.
—Tú —resopla Amaya.
—No, no, dilo mejor, vamos; ¿quién?
—¡El inspector jefe Del Olmo! —dicen al unísono Toribio, Pleite y Solís. Saavedra niega con la cabeza y Luis pasa de la pantomima.
—Exacto, el menda —respondo, vanidoso—. Ya le he puesto un mensaje a Villanueva y en cuanto me conteste, vamos al lío. Mientras tanto, todo Dios revisando a la gente que tenemos investigada, a ver si hay algún pelirrojo y hemos pasado por alto ese dato.
—Del Olmo —dice Amaya antes de ponerse al tajo—. ¿Por qué estamos tan seguros de que estamos buscando a un zanahorio? Han pasado trescientos años desde…
—Olga —la interrumpo y señalo a la inspectora.
—La tercera opción, y la más fiable, es recurrir, otra vez, a un análisis de ADN. Uno especial que amplía el espectro genético de la muestra y nos puede decir si el que ha dejado ese rastro es pelirrojo. Existe el llamado gen pelirrojo, el MC1R…
—Sí, eso lo entiendo —insiste la oficial—, pero un tatatatatatarabuelo del que violó a María, ¿tiene que ser pelirrojo también?
—Amaya, ese dato tan solo nos lleva a hacer la prueba genética ahora en la actualidad, no confirma que todos los García de la historia de Avilés sean pelirrojos; simplemente ya que hemos conseguido este dato, vamos a hacerlo: como comprenderás,
localizar a un pelirrojo es más factible que a un moreno, ¿no?
—comenta la inspectora, con cierto tono de hastío.
Amaya agacha la cabeza.
—¿Y cómo vamos a averiguar que la muestra de semen es de un pelirrojo? —comenta Toribio.
—Por favor, Lucas, lo acabo de decir. ¿Dónde estás? —La inspectora chasquea los dedos delante de su cara.
—He dormido dos horas, chiquilla… te quería ver yo a ti anoche bajo la lluvia custodiando al jefe y al cura.
Sonrío; mientras que Olga se pone con los brazos en jarra y dice:
—Santiago.