La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Olga no está
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Olga no está

Dejamos a Julián en la puerta de su casa, quien por el trayecto nos jura que no hay nada con Esther Villanueva, que tan solo la considera una mujer culta, amable y con una bonita sonrisa.

Nos pide perdón por si ha metido la pata en algo.

Se despide con un tibio saludo y nos suplica que evitemos mencionarle en la medida de lo posible.

Yo le quito importancia a lo de Esther, y casi le doy un abrazo.

Ya en el coche, a solas con Toribio y Amaya les cuento el susto que me da el religioso cuando vuelve del baño.

—Con unos cascos bluetooth venía el colega. Claro que no me oía.

Inspector y oficial se descojonan.

—¿Y los ruidos eran de los pedos o de qué? —se mofa Toribio.

—Y yo qué coño sé.

—A quién se le ocurre meterse en un lugar oscuro con un cura.

—Si no es por este cura no tenemos caso, oficial Solís.

—Eso te pasa por dejarte la cacharra en casa. No te bastó con una vez —me regaña Toribio—. Lo siento, pero como vuelva a suceder, tengo que informar. Y no estoy de coña, jefe.

—Ya sé que no lo estás, pero para ya con el cachondeo.

—¿No nos vas a contar entonces lo que has averiguado?

—Estoy casi salivando. Os lo cuento a todos en reunión en unas horas, después de descansar un rato.

—Te gusta generar suspense, Del Olmo —indica Amaya—, lo usarás para tu guion: suspense y humor.

—Suspense y amor, querida, porque os quiero mucho, a todas.

—Y a todos, ¿no? —protesta Toribio.

—Que te calles.

Llegamos al apartamento y está a oscuras. Son las cuatro de la mañana, pero quiero hablar con Saavedra. Acompaño a Solís al de las chicas. Me dirijo a la habitación de Olga, que, sin esperarlo, tiene la puerta abierta. La llamo sin obtener respuesta, por lo que le pido a Amaya que entre.

—Lo mismo está cagando con los cascos puestos —se vuelve a mofar. Mi mirada basta para que se tape la boca y pida perdón por insistir en la broma. Sale del cuarto encogida de hombros —. Aquí no hay nadie.

—Vamos no me jodas, ¿y dónde está?

Amaya mueve la cabeza de lado a lado.

La llamo por teléfono. No responde. Me empiezo a inquietar.

—No te preocupes, que la maleta no se la ha llevado, andará en la comisaría o dando un paseo. Ya sabes lo que le da al coco la inspectora. Vete a dormir, jefe, que nos tienes que contar lo que has averiguado.

Solís es la calma personificada, me pone la mano en el hombro y le correspondo con una sonrisa.

Salgo de su apartamento y me dirijo al mío.

Escucho los ronquidos de Toribio en el sofá-cama antes de abrir la puerta y envidio su facilidad para coger el sueño.

Vuelvo a llamar a la inspectora. A los pocos tonos, responde.

—Del Olmo —La voz no es de ella.

—¿Quién es?

—Lorenzo. Saavedra se acaba de quedar frita.

—¿Y qué hace ahí?

—Por lo visto no podía dormir. Hemos estado charlando.

—Voy para allá.