1711
Primavera de 1711.
(Cuarto viaje en el tiempo,
apuntes del inspector jefe Del Olmo)
Juliana García iba todos los días al río a lavar la ropa de su hermano y de su padre, siempre con grandes manchas de sangre. Los dos eran los matarifes del pueblo, y cada día degollaban a más de diez animales cada uno: carneros, cerdos, gallinas y, de vez en cuando, vacas.
Lidiar con la ropa sucia era bastante desagradable, no solo por la sangre, sino por los olores que desprendía: a la peste normal de más de doce horas de trabajo, había que añadirle la descomposición de algunos restos de órganos de los animales, que se quedaban pegados a los tejidos, tan porosos,
que absorbían casi todo.
Juliana, que vestía siempre una cofia que le tapaba el cabello por completo, era la lavandera oficial del negocio de su familia; no solo se encargaba de lavar la ropa de su padre y hermano, sino también de dos de sus primos, que trabajaban en una granja anexa al matadero.
Por fortuna, no tenía que limpiar las porquerizas ni los establos, aunque sí la ropa de los porqueros y demás ganaderos de la zona que, a cambio de una ropa limpia y seca, le pagaban una miseria.
Todos los días de lunes a domingo, poco después del alba, echaba hasta cuatro viajes al río con hasta seis sacos de ropa en total.
La peor era la blanca, a pesar de que no se cansaba de pedirle a su hermano y a los otros trabajadores que no la usaran para las labores en la granja, no solían hacerle mucho caso.
Encima, protestaban porque a veces no tenían otra cosa que ponerse, y a Juliana no le daba tiempo a lavarlo todo.
También debía preparar la comida y arreglar la casa.
Y la ropa que no le hubiera dado tiempo a lavar antes de ponerse a guisar, la tenía que dejar para el día siguiente porque no se secaba.
En casa estaba ella sola con su padre, Rodrigo García, y su hermano, Rodrigo García García, su madre había fallecido dos años atrás; los dos hombres se mostraban distantes y autoritarios con ella.
Sobre todo, su hermano, que en más de una ocasión le había dado un empujón o, incluso, una bofetada por contestarle que no tenía tiempo de llegar a todas las tareas.
El padre solía callar ante esos atropellos, porque el hijo se había convertido en el amo del negocio y de la casa, y él ya estaba viejo.
A pesar de ello, Juliana era relativamente feliz.
Había conocido a un muchacho del pueblo, que se encargaba de llevar la carne del matadero al mercado.
Se echaban ojitos y palabras amables, y su estómago bullía en cuanto el carretero, de nombre Francisco, aparecía por su pequeña granja.
El muchacho, con delirios de grandeza, se jactaba de que su tío, patrón marinero, le embarcaría en alguno de los barcos que zarpaban del puerto con dirección a las Indias; allí haría fortuna como cochero de un gran terrateniente.
Esto divertía a la muchacha, que fantaseaba, incluso, con hacer las Américas con él.
Estos retoces no eran del agrado de Rodrigo García hijo, que, embutido en su sempiterno sombrero de paja, los observaba en la distancia con suspicacia, incluso podría decirse que con algo de celos.
Las fantasías de Juliana se quedaron en eso, porque no volvió a ver al muchacho después de que aquel sábado se marchase con la promesa de retornar el lunes.
Aquel sábado era uno de esos días en los que Juliana tenía mucha faena atrasada, tanto en la casa, como con sus labores.
Era uno de esos días en los que la impaciencia de Rodrigo hijo afloraba y alcanzaba cotas máximas de agresividad.
Uno de esos días en los que le reprochaba su lentitud, la comida fría, o la falta de ropa que ponerse; no obstante, Juliana percibía que lo que más molestaba al hermano era el coqueteo con el cochero, y aquel día llegaron, incluso, a acariciarse las manos mientras se sonreían.
Rodrigo García hijo se puso como un energúmeno cuando descubrió que no tenía ropa blanca limpia para ir el domingo a misa, o quizá usó eso de excusa para su venganza particular.
Después de la correspondiente discusión en la que maldijo a la madre del carretero, cogió a Juliana por los pelos y la arrastró hasta el río, con una blusa y un pantalón manchados de sangre hasta el cuello.
Ignoró los débiles gritos de su padre y recorrió los mil pies entre la casa y el arroyo empujando y tirando del pelo a la hermana, que protestaba y gritaba sin cesar.
Cuando llegaron, la arrojó al suelo y le lanzó la ropa sucia; Juliana rodó por un leve terraplén y se golpeó con una piedra en una rodilla, lo que le arrancó un chillido.
Al verse así de humillada, con los pies metidos en el agua hasta los tobillos y sin la cofia que, convenientemente, tapaba su larga melena, estalló:
—¡Lávalo tú, que ahora no tienes nada que hacer! —chilló Juliana.
Rodrigo García hijo se agachó y le dio un bofetón que le giró la cabeza hacia un lado, después le dio otro en la dirección opuesta.
La cogió por los hombros, la levantó en peso y le rasgó la ropa como los sacerdotes ortodoxos judíos se rasgaban las vestiduras.
La volteó y la volvió a tirar al suelo. Verla allí, semidesnuda y a su merced, activó la misma pulsión que en otras ocasiones había sentido viendo a su hermana lavarse en la tinaja de la casa.
Apartó esos infames pensamientos de su mente, se dio la vuelta y se marchó de allí. Sin embargo, Juliana, en lugar de hundirse en la miseria, aquel día estaba predispuesta a dar batalla; por lo que no pudo evitarlo:
—Se lo voy a contar a Francisco y te vas a enterar…
Rodrigo García hijo se detuvo en seco, retrocedió sobre sus pasos y se acercó otra vez a su hermana. La agarró del cuello y le arrancó el resto de la ropa que le quedaba. La giró y se bajó los pantalones.
—¡Qué haces, Rodrigo! —chilló ella al notar la hombría fraternal entre sus nalgas.
—Calla, mujer, tú estás para servir a los hombres de tu casa, y si no me sirves como lavandera, me servirás de otra forma.
Ella forcejeó, aunque solo consiguió que al violador se le cayera el sombrero que llevaba siempre puesto.
Después, la penetró con tanta violencia que el virginal himen de Juliana se rompió con tal fuerza que le arrancó el mayor quejido que ella recordase, tanto que cayó en una especie de mareo que, al menos,
la abstrajo de la violenta y asquerosa realidad de que su propio hermano la estuviese mancillando.
Cuando Rodrigo terminó, la cogió por los pelos y le dijo que como volviera a tener la ropa sucia, recibiría el mismo castigo.
—Padre te matará.
Rodrigo, que se ajustaba los pantalones, al escuchar esto, la pegó una patada en las costillas y marchó hacia la casa.
Juliana, dolorida en el suelo, empezó a llorar.
Y cerró los ojos. La última vez que lo haría en vida, porque lo siguiente que sintió fue el cuchillo de matarife de su hermano en la garganta que, con un experto movimiento, seccionó todo lo seccionable en su cuello, manchando de sangre el río.
Una sangre que, diluida en el agua, adquirió un color parecido al pelo de ambos hermanos.