Asalto a Sabugo
Vamos a cometer algo parecido a un delito. Aunque entre el religioso y yo nos convencemos de que no.
—Yo soy custodio del archivo diocesano de Avilés —dice.
—Lo eres. Y tienes las llaves de las dos iglesias —refuerzo su idea.
—Y, que yo sepa, cualquiera puede acceder a esos archivos siempre que lo solicite —prosigue.
—Y aquí tienes la solicitud —digo entregándole una hoja en la que figuran mis datos y una solicitud manuscrita.
—Lo malo es la hora de acceso —Toribio pone la pega.
—En ningún lado figura que haya una hora de acceso —replica Amaya.
—Y yo he venido de noche alguna vez a la iglesia, a preparar las procesiones.
Nos miramos los cuatro en medio de este diálogo, más propio de los Monty Phyton que de un grupo de policías con un confidente.
Ninguno está convencido de lo que vamos a hacer.
Sobre todo, Julián, al que Toribio persuade, minutos antes, apelando a la caridad cristiana, a la tos delante de Astorga y, también, a María Ostende.
El inspector le enseña una fotografía en el móvil y le habla del bebé que se les murió pocos meses antes de que la mataran.
Aunque como todo eso falla, Toribio, perro viejo, explica que sabe lo de Esther Villanueva y empatiza con sus dudas, que él también fue religioso y se salió del seminario por una mujer.
El farol más grande que he visto en el inspector, y que me cuenta poco antes de que el joven párroco se suba al camuflado.
Son las doce de la noche, como si de una película de miedo se tratase, complementada también por la arreciante lluvia que nos pone como sopas.
Accedemos a la iglesia vieja por un lateral.
Cerramos por dentro y el silencio es el esperado en una iglesia de noche: absoluto, como si estuviéramos en el espacio.
Aunque el repiqueteo de la lluvia en techo y ventanas estropea ese cinematográfico momento.
Tan cinematográfico como que vamos provistos de linternas.
Toribio y Solís se quedan en el coche, en parte por vigilar y, en mayor parte, por mantenerlos al margen. Si tuviéramos algún problema legal, ellos alegarían que solo cumplían mis órdenes y yo sería el máximo responsable.
El religioso lidera el paso y yo le sigo como puedo.
Vuelvo a pasar delante del Cristo, casi en penumbra, apenas iluminado por los lampadarios que tiene debajo a escasos metros.
Lo ignoro y accedo con Julián a la sacristía.
Lo más peliculero hubiera sido descender por unas escaleras de caracol hasta algo así como unas catacumbas, sin embargo, después de atravesar la sacristía, accedemos a otra sala, eso sí, más oscura, en la que unas estanterías similares a las de la iglesia nueva,
deben de albergar los archivos que nos faltan.
—¿Dónde quiere empezar a buscar? —pregunta Julián.
La verdad es que solo hay tres estanterías, pero parecen repletas de tomos. Cosa que me abruma, porque yo solo no puedo leer todos los datos que albergan. Y, por ello, tomo una decisión a la desesperada:
—Año 1712.
Julián asiente, y se adentra en los pasillos de las estanterías. Abre una de las puertas que los protegen, y, con la ayuda de la linterna, encuentra el tomo. Me lo acerca.
—Ahí tiene —antes de entregármelo, me advierte—: los guantes, inspector.
Le sonrío y saco del bolsillo unos guantes de vinilo. Julián me entrega el tomo. No es demasiado extenso, así que allí mismo lo abro y me pongo a buscar desde el inicio.
—Espere —me dice Julián—, venga.
Salimos a la sacristía y me indica una mesa en la que puedo trabajar mejor.
Vuelve a la sala del archivo y viene con una lamparita de mesa que me evitará tener que sujetar la linterna.
Saco mis gafas de cerca, que a esas horas (y con mi edad) son imprescindibles, y me pongo a examinar el archivo.
Lo hago con el dedo índice, repasando desde el principio.
Bajo todo lo rápido que puedo; ya no busco solo el apellido García.
Tengo que revisar una por una todas las defunciones.
—¿Puedo ayudarle en algo? —pregunta Julián, a mi espalda.
—¿Puede?
Él se encoge de hombros.
—Supongo que ya que estoy aquí…
—Entonces coja el tomo del 1711 y repáselo de arriba abajo. Si encuentra alguna muerte violenta, me lo enseña.
—¿Muerte violenta?
—Caídas de un caballo, arrollamiento por carros —dudo—, asesinatos…
Julián abre la boca y asiente. Desaparece de nuevo en la sala del archivo. Le mando un mensaje a Toribio y Amaya, que se pueden ir al apartamento y volver en un par de horas. Toribio responde que de allí no se mueve.
Sigo a lo mío y procuro ir tan deprisa como puedo, aunque con la suficiente calma para que no se me escape nada. Cuando voy por la mitad del año, escucho un ruido a mi espalda.
—¿Julián?
La puerta está cerrada y no creo que me oiga, por lo que lo dejo pasar.
Al cabo de un rato, escucho otro ruido y me mosqueo.
Solo en ese momento me doy cuenta de que estoy en lugar a oscuras, encerrado, con un tipo del que no sé apenas nada; un cura del que sospechamos que puede que no lleve del todo bien el celibato, y al que no hemos investigado a fondo.
Abro la puerta del archivo como buenamente puedo y vuelvo a llamarlo. Y no hay respuesta.
Avanzo y la puerta se cierra a mi espalda; aunque no se escucha a nadie echar la llave, la situación se pone fea.
Echo mi mano a la axila y en ese momento es cuando Toribio o Vilda me pondrían un expediente si pudieran, porque, aunque saqué la USP Compact de la caja fuerte, la volví a meter.
Me armo con la linterna y vuelvo a llamar al párroco.
Me decido y camino por los pasillos de las estanterías.
Al fondo distingo un poco de claridad y me dirijo allí.
Cuando llego encuentro otra lamparita de mesa que ilumina un tomo del archivo diocesano.
Me acerco más y un lápiz subraya una de las anotaciones.
Cuando leo, alzo tanto las cejas que parece que me las podría estar sujetando con celofán a la frente.
En ese momento escucho un ruido a mi espalda, me giro y apunto con la linterna.
Julián está detrás, a escasos centímetros, y su pálida cara no ofrece ninguna bondad.