Machista
Toribio conduce y Solís maldice. No ve nada claro el plan.
—Tú no eres machista, Del Olmo, al menos eso creía, pero es que esto que pretendes que haga…
—Amaya, solo se trata de que seas simpática para ver de qué pie cojea; si se cambia de acera, actuará Toribio. No se trata de machismos, se trata de una investigación policial a la desesperada.
El camuflado circula por la carretera de la ría, sin un destino fijo.
Le he pedido a Lucas que lo haga así mientras recibo el mensaje que estoy esperando.
Cada día que pasa me fascina más esa omnipresente ría con los barcos y contenedores y con el centro Niemeyer como si fuera la nave nodriza de todos ellos.
La lluvia no cesa y las gotas percuten con fuerza los cristales del camuflado; yo golpeo el teléfono móvil con mis dedos como si de esa forma pudiera conseguir que los mensajes lleguen antes.
—¿De veras vas a hacerme a mí que zorree con el cura? —pregunta Toribio, preocupado.
—No se lo voy a pedir a Listín…
—La madre que te parió, Del Olmo —comenta Amaya.
—Es que no sé qué os pensáis… que no hay que liarse con él ni nada. Solo sacarle los puntos débiles… Como habrá hecho la periodista…
En ese momento llega el mensaje deseado. El inspector Vilda me acaba de mandar la dirección de Julián, el ayudante del padre Astorga. Estoy convencido de que Julián es el topo, la fuente de Villanueva y, pese a que no les agrade, mis dos compañeros piensan lo mismo cuando se lo he comentado.
La casa del religioso está cerca del Parque de Ferrera, muy cerca de nuestros apartamentos, así que Solís protesta por el gasto innecesario de gasolina, y la contaminación asociada.
Lo dice porque está molesta con la misión que le he asignado: engatusar al párroco.
Tan solo pretendo saber cómo ha conseguido la información Esther Villanueva y, aunque sea machista por mi parte, estamos en un punto de la investigación en la que todo me da un poco igual con tal de conseguir lo que necesitamos para avanzar.
Sin embargo, después de la primera tentativa, la oficial vuelve empapada y de muy mala hostia. Se mete en el coche y le falta tiempo para reprocharme la tarea. Apenas le hago caso porque mis ojos se clavan en el cogote de Toribio, que, a su vez, se hace el longui.
—Inspector, no me hagas obligarte, haz el favor.
Lucas resopla y me pide un paraguas. Se lo entrego y, cuando abandona el coche, me centro Amaya.
—¿Qué te ha dicho?
—Te lo acabo de contar, pero no me has hecho ni puñetero caso —protesta—. Que él no sabe nada.
—¿Y cuando le has mencionado lo de la tos delante de Astorga?
—Que no sabe de qué le estoy hablando.
—¡Su madre!
Vilda me pregunta por móvil cómo va la cosa. Le pongo el emoji del pulgar hacia arriba para que me deje tranquilo ni tener que dar explicaciones. Me muerdo el puño. Toribio tarda demasiado. Le escribo y pregunto cómo va la cosa, pero no contesta.
—Lo voy a llamar —dice Solís.
—No, espérate, estará tratando de convencerlo.
A los cinco minutos aparece el inspector, con el paraguas y solo. Echo mis hombros hacia atrás, asumiendo la derrota. No digo nada cuando accede al coche, sin embargo, el inspector no arranca.
—¿Nos vamos o qué? —pregunta Amaya.
—Espérate que baje —responde Toribio, que me da la primera alegría en lo que llevamos de jornada.