Dame un día
El desastroso plan que tramamos con el comisario era solo una alternativa.
Una alternativa que solo se pondría en marcha en caso de desesperación.
Es cierto que él ha viajado a Avilés para reunirse conmigo acerca de la investigación de Daniel, el viudo de María.
Por lo visto, su padre, el suegro de la víctima, fue teniente de alcalde en la localidad, y conoció a mucha gente dentro de la política asturiana.
Y claro, las influencias, aunque sean a nivel regional, funcionan.
Al parecer, alguien de esas esferas políticas contribuyó a que se reabriera el caso cuando el padre de Daniel enfermó.
El viudo, después de indignarse con nosotros y ofrecer sus brazos para el análisis, fue con el cuento a ese político, y ese político movió sus hilos para contactar con Alamillos.
Así que, ya que su viaje era irremediable, le mandé unos cuantos mensajes proponiéndole el plan si su señoría se negaba a darnos la orden para acceder al archivo de la iglesia vieja. Se lo rogué varias veces, y él se negó otras tantas. Sin embargo, al verme tan desesperado, decidió acceder.
—Me ha dolido mucho tener que mencionar lo tuyo, Lucas —se excusa el comisario ante Toribio.
—No pasa nada, mi comisario. Yo lo entiendo todo.
Alamillos le pone una mano en el hombro y le promete los mejores abogados del Cuerpo si la cosa se pone fea. Sin embargo, yo me doy cuenta de que la cosa ya ha empeorado si el juez Alberto Menéndez se encarga del atestado del tiroteo.
Aparto esos pensamientos de mi mente. Problema a problema, porque, de lo contrario, me pondré enfermo.
—Yo voy a cenar con un par de cargos de Oviedo y mañana a primera hora me vuelvo a Madrid —dice Alamillos.
—Visita relámpago es poco, mi comisario —incide Lucas.
—Gajes del oficio, inspector Toribio.
El comisario me mira sin decir nada y leo en sus ojos que le mantenga al tanto.
Se marcha después de despedirse de todos, y yo me olvido de él al momento, porque solo puedo pensar en los marrones a solucionar.
El primero de ellos es convencer a Olga de que no se marche.
En la puerta de la comisaría ella repite el gesto de apagar la colilla, cosa que ni entiendo ni insistiré en averiguar.
—Pleite y Solís dicen que no han encontrado nada raro en el comportamiento de Manel García, que del trabajo se ha ido a su casa, y de su casa ha vuelto al trabajo y allí siguen.
—Que se vuelvan, total…
—¿Y si le intervenimos la línea?
—Como veas. A ver si Menéndez te lo autoriza…
—Inspectora Saavedra —me pongo serio ante su desidia—, no te puedes rendir. Tú no.
—No es rendirse. Es que después del numerito que has montado con el comisario, no hay nada que podamos hacer.
—¿Y qué podíamos hacer antes?
Se calla; si hubiera tenido alguna otra solución, la habría propuesto, pero no la tiene. Y a pesar de ello, estoy seguro de que tendrá un papel relevante antes de que todo esto acabe.
—No lo sé, Del Olmo, pero yo me largo. Mañana a primera hora.
Resoplo; la lluvia cae con fuerza, aunque estamos protegidos por el techo metálico.
—Dame un día más.
—¿Para qué?
—Porque tengo una idea.
—Tú y tus ideas.
—Antes te parecían buenas.
—Antes era antes, y ahora es ahora.
—Inspectora —me giro hacia ella—, mañana por la mañana te demostraré que la idea es buena.
No responde, vuelve a pisar el suelo como si apagara una colilla. Yo entro al edificio policial en busca de Toribio. Me gustaría que me acompañara la inspectora, pero en estos momentos prefiero que lo haga él. Lucas y, sobre todo, la oficial Solís.