La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Discusión acalorada
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Discusión acalorada

El juez no autoriza el registro de la iglesia vieja de Sabugo. Nos explica que no se va a enfrentar al párroco Josué, ya que es toda una institución en Avilés.

—No es suficiente con lo que me cuenta, inspector —intenta razonar—, un chivatazo de un confidente no basta. Y menos si no puede decirme quién es ese confidente.

—Si lo supiera, se lo diría, señoría. Y perdón por la rima.

—Del Olmo, déjate de tonterías —vocifera el comisario, que ha llegado mucho antes de lo esperado.

—Mire, mi comisario, eso también rima.

—Lo que no rima es que después de casi un mes aquí no tenéis nada. Bueno sí, un inspector local tiroteado en el hospital. Y uno de tus hombres tendrá que declarar por una bala alojada en la espalda de un sospechoso.

—Alamillos —me acerco hasta él—, ¿para eso has venido a Asturias? ¿Para echar mierda sobre mí y sobre mi equipo?

—Jefe, déjalo —pide Toribio.

Ignoro al compañero y levanto el tono.

—Te lo voy a repetir hasta que me jubile o te jubiles: yo no quería el puesto de inspector jefe. Ni me gusta viajar. Y si me da la neura, llamo al sindicato cuando vuelva a Madrid, solicito un traslado a la UDYCO a un puesto de oficina, y te buscas a otro que te saque de los marrones.

—Inspector jefe Del Olmo, se está usted excediendo —dice Alamillos, contrariado ante mi ofensiva.

—¿Para qué has venido, Manuel?

El comisario mira en derredor, parece sentirse incómodo con la presencia de tanta gente, sobre todo con la del juez.

—¿Podemos hablar en privado?

—No, me lo dices aquí o me expedientas.

—Te estás extralimitando, Del Olmo.

—Inspector jefe Del Olmo, mi comisario.

Alamillos bufa, se pone de pie y se cuadra delante de mí.

—He venido porque estás consumiendo muchos recursos del contribuyente en el tiempo que lleváis aquí: análisis genéticos a mansalva, alojamiento, dietas… Pero sobre todo porque ha llegado a mis oídos que habéis puesto en duda la coartada, y, por tanto, la inocencia del marido de María Ostende.

—¿Cómo? —salta Olga.

—Le ruego que se calle, inspectora. Bastante con que he tolerado que esté usted en el caso.

—Manuel, te estás columpiando. Y mira que llevamos años en la cuerda floja tú y yo. Pero me has tocado a dos piezas clave de mi equipo y no te lo pienso tolerar.

—Inspector jefe Del Olmo, el que se está columpiando eres tú. No te gusta ascender, pero parece que no tienes ni idea de cómo funciona la jerarquía…

Me acerco tanto a él que podría saborear la saliva que sale de su boca. Lo interrumpo, obvio.

—Fíjate si lo sé, que con lo poco que te queda para jubilarte no vas a hacer lo que desearías hacer, porque el inspector Morcillo no va a volver de su baja nunca, y porque la inspectora Saavedra se va a volver a Fugitivos si su señoría nos deniega el permiso para acceder al archivo de Sabugo;

y porque a mi pobre Lucas, después de salvarnos la vida a todos, no le vas a poner al frente justo por eso —él también podría saborear mis babas porque me salen a borbotones—.

Así que haz el favor de influir para que podamos rebuscar en la basura que guarda la iglesia.

Después le pides disculpas al viudo, te largas y nos dejas trabajar en paz.

A nadie de la prensa le va a llegar que lo hemos puesto como sospechoso, a no ser que tú o él se lo contéis.

Alamillos aprieta la mandíbula, mira al techo y mueve las manos, apretadas, como si tuviera ganas de golpearme. Un señor de casi sesenta y cinco años, bien cuidado y atractivo. Al que le quedan dos telediarios en el cuerpo.

El juez niega con la cabeza de un lado a otro.

—Ustedes se piensan que yo me chupo el dedo —dice con una media sonrisa—, que como soy un juez de pueblo, me iba a tragar esta pelea de machitos, y cedería —Menéndez se levanta y recoge su maletín—.

Sabugo es una institución. Si quieren que les permita el registro, me tienen que presentar unos indicios más claros.

—Su señoría, son cristalinos: necesitamos encontrar al García que pueda estar camuflado bajo otro apellido.

—Son conjeturas, inspector. Y después de esta pantomima absurda, no llega ni a eso.

No vuelvan a molestarme si no tienen algo más sólido.

No les levanto la orden de los test genéticos porque me da hasta vergüenza.

Y cuando me necesiten, vienen a mi despacho; no pienso pisar esta comisaría en mucho tiempo.

Les diré a los policías locales que se lo deben a ustedes.

El tipo se larga y no da un portazo porque se encuentra con Arturo en la entrada. El comisario me mira y se encoge de hombros.

—Ya te dije que no era buena idea, maldito cabezón.

Olga también guarda sus cosas en su mochila y enfila el camino de salida.