Perfil criminal
Olga sonríe en el camino de vuelta. Sé lo que está pensando y nos miramos por el espejo retrovisor.
—¿Te lo he quitado de la boca o qué?
—Cómo me conoces, inspector.
Reímos a carcajadas. Apostrofar lo de «prender fuego» a algo añadiendo el «contigo dentro» es muy común.
Sin embargo, para decírselo a un anciano de noventa años hay que tener pocos escrúpulos.
Sé que no ha sido lo correcto. También sé que era lo necesario para que no nos saliera una úlcera allí mismo.
Le pido al equipo que tiren para el Tagu a darnos un homenaje y rebajar tensiones. La vida siempre es mejor con buenas viandas delante. Un potaje montañés y un costillar alegran el ánimo a cualquiera, y el grupo lo devora, casi en silencio. Cuando llegan los postres, recibo una llamada inesperada.
—Buenas tardes, inspector —dice Rocío Mansilla, desde la Brigada en Madrid—, ¿le interrumpo?
—Mujer, es la hora de la comida, pero si es una buena noticia…
—El comisario Alamillos me ha dicho que le comunique que tiene pensado visitarle esta noche mismo.
—¿Y por qué no me ha llamado él? —digo, elevando el tono. Rocío se calla—. ¿Mansilla?
—Me ha dicho que sabía que no le iba a gustar, pero que tampoco quería que fuera una sorpresa.
—¿Cuándo viene?
—Está de camino, lo que tarde en llegar el tren.
—Gracias, Mansilla. ¿Todo bien por Madrid?
—Sí, estoy documentando el caso con lo que me manda el inspector Luis.
—Seguro que te queda un bonito informe final. Gracias.
—Inspector…
—¿Qué?
—Si el semen encontrado en la víctima es del marido, ¿qué piensan hacer? —Olga parece estar al loro de la conversación—. Mansilla, esa no es la pregunta correcta.
—Disculpa, es que le estoy dando vueltas y…
—¿Vueltas a qué?
—A por qué no hay ni una sola huella y sí dejó el rastro de su propio semen.
Olga me arrebata el teléfono y me deja con una O pintada en la boca.
—Mansilla, ¿te has leído el perfil criminal?
—Sí, pero…
—Ni peros ni peras, si te lo has leído y haces esa pregunta es que no sabes cómo funciona la mente de un violador, mal por ti. Y si no te lo has leído, mal también.
Cuelga el teléfono y lo tira sobre la mesa, con violencia. Consigue fastidiarme la comida, porque por mucho tiempo que me quede mirándola, me ignora. El resto del equipo también se sorprende, así que me separo de la mesa.
—Saavedra, ¡vamos fuera!
La inspectora se levanta de mala manera y me acompaña a las afueras del restaurante.
Agradezco la suave llovizna y no saco ni el paraguas. Tomo aire y contemplo el parque que se abre delante de nosotros, tan verde como todo por aquí.
—¿Te gusta Asturias, inspectora?
—Mucho, ya te dije que solía venir con mis padres cuando era adolescente.
—Cierto, cierto ¿qué conoces de Avilés?
—¿A qué viene esto, inspector?
—La zona donde apareció el cuerpo de María, ¿la conoces?
—No.
—Ya lo hemos hablado, pero ¿crees que la violación y asesinato pudo ser en otro lugar y que luego la depositaran allí?
—No había huellas cercanas de vehículos y ella paseaba por allí todos los días.
—Pudo llevarla a hombros, era muy delgada.
—Eso también lo hemos hablado, inspector. ¿Me vas a decir ya lo que tengas que decirme?
—¿Crees que nos podemos haber equivocado?
—¿En qué?
—En la perfilación criminal.
—¿Por lo que ha dicho Mansilla? Por Dios, Del Olmo, esto también lo hemos hablado y es de primero de investigación: el tipo no está fichado y lo sabe, podría ir dejando semen por donde le plazca como si fuera un puto actor porno….
—Calma, calma —pido—, no es por eso, es por todo lo demás. No sé, esto de investigar en los ancestros se me está atragantando…
Olga toma aire.
—Me apetece un cigarro —dice.
Giro mi cuello hacia ella como un muñeco, sorprendido.
—¿Desde cuándo fumas?
—Desde nunca. Pero me apetece.
—¿Alguien en fugitivos fuma? ¿Insausti quizá?
—Qué va.
—¿El inspector belga?
—Sí, él sí.
Muevo la cabeza arriba y abajo. El inspector belga es un compañero de Homicidios en el país europeo que compartió una sonora investigación con Olga unos meses atrás. Entiendo que los hábitos se pegan, sobre todo los malos. Sospecho que entre ellos quizá pudo haber algo, y no sé si eso me agrada.
—¿Sigues sin creer que el semen pueda ser del marido?
—Ya dudo de todo, Del Olmo.
Le sujeto de la muñeca, me pongo delante de ella. Miro hacia arriba hasta su casi metro noventa. Tiene la mirada perdida, casi acuosa.
—Escúchame. Vamos a ir a hablar con el juez y vamos a sacarle esa puta orden de registro en la iglesia vieja. Espero que Alamillos nos ayude. Y en los documentos que tenga vamos a encontrar lo que nos falta para llegar a nuestro culpable. ¿Entiendes?
—Eso si no los ha quemado ya.
—¿Y por qué iba a hacerlo?
—Pues porque esté relacionado con el asesino. Lo mismo se lo contó en confesión o algo…
—Joder, Olga, eso es muy rebuscado. De telefilm, vaya. ¿No te cuadra más que haya documentos que le impliquen a él en casos de abuso?
La inspectora adelanta el pie derecho y pone la parte delantera sobre la acera, lo mueve de un lado a otro en semicírculos, como si pisara un cigarro. Pasados unos segundos, habla.
—Si el juez no autoriza el registro, me voy mañana a Madrid, lo siento inspector.