Con usted dentro
No sé por qué cuando se entra en una iglesia se cambia, de forma automática, el tono de voz hasta acabar en murmullos.
Quizá porque son lugares con poca luz que invitan a comportarse como los primeros cavernícolas: callados y vigilantes por si alguien los atacaba.
Es lo que hace el padre Astorga en cuanto cruzamos el umbral de la vieja iglesia de Sabugo.
Siempre en voz baja, no para de recriminarme que no sé para qué entramos si el padre Josué se ha negado en redondo a dejarnos acceder al archivo.
Precisamente porque ni siquiera se digna a recibirnos es por lo que «asaltamos» el templo.
He pedido a Toribio y a Luis que nos esperen en comisaría y que supervisen cómo va la recogida de muestras para los test genéticos que he comentado con Vilda por teléfono. Olga me acompaña en una misión en la que ella no cree mucho.
La iglesia está plagada de rampas por todas partes, que facilitan el acceso a personas con movilidad reducida. Para que Astorga me deje un poco en paz, me dirijo al lugar donde se ponen las velas, que no sé cómo se llama y se lo tengo que preguntar al propio padre.
—Lampadario —dice—, pero haga usted el favor de marcharse.
Echo una moneda de cincuenta céntimos y se iluminan tres velas. Sonrío y miro al párroco.
—Querido padre Astorga, ya le he dicho que no me pienso marchar hasta que el padre Josué nos reciba.
El párroco hace un ademán de pataleo como un colegial enfurruñado. A continuación, cruza de nuevo la iglesia hacia el otro lado y desaparece por una puerta.
—Vamos —le indico a mi compañera.
Olga se me adelanta y pasamos por delante del altar al que miro de reojo, como si tuviera miedo de que el cristo ahí representado me fuera a reprender por entrar en el templo como los mercaderes en Jerusalén. La inspectora abre la puerta y llegamos a la sacristía; allí, los dos religiosos discuten.
—Buenos días o tardes ya, según se mire —digo con sorna.
El padre Josué asoma la cabeza por el costado del padre Astorga. Es un anciano que debe rondar los noventa años, pálido como la casulla que se pone para las misas (si es que con su edad aún las sigue oficiando) y con una papada digna de Jabba the Hutt.
—Pero bueno, ¿qué hacen ustedes aquí? —vocifera con una voz ronca más propia de un emisario del demonio que de Dios.
Astorga se retira un par de pasos y descubrimos que el padre Josué está en silla de ruedas, lo que justifica tanta rampa en el templo. Nos miramos los dos de arriba abajo e inicio mi diatriba.
—Padre Josué, necesitamos que nos ayude. No es que lo necesitemos, es que es imperioso que lo haga. Me ha dicho un pajarito, una paloma para ser exactos, que usted custodia unos documentos que nos pueden llevar al asesino de una feligresa (esto me lo invento, por si cuela) allá por 2010.
—Inspector Del Olmo, haga usted el favor —ruega Astorga.
—Padre —interviene Olga—, déjenos hablar, será breve.
—Como le iba diciendo…
El hombrecillo alza un brazo al estilo fascista y me ordena:
—¡Baje usted la voz!
Me acerco a él, lo miro a los ojos y, en susurros, termino lo que he venido a hacer.
—¿Va usted a ser bueno y nos va a dejar ver esos documentos? Le recuerdo que no están bajo secreto de confesión.
El viejo sonríe, pero su sonrisa está muy lejos de la del padre Astorga. Una sonrisa que muestra solo la parte inferior de una dentadura postiza, una sonrisa que podría asustar a cualquiera.
—¿Usted me va a decir lo que está bajo confesión y lo que no? Márchese o llamo a la policía.
—Nosotros somos la policía, padre Josué —interviene Olga.
—¿Tú? ¿Una mujer? Fuera de aquí o…
El cura toma un bastón que tiene junto a la silla de ruedas y lo alza con la intención de golpearme
—¡Padre Josué, por favor! —suplica el padre Astorga, que le sujeta la mano que porta su particular arma.
—Como bien dice mi compañera, Olga Saavedra, mujer e inspectora, nosotros somos la policía. Y vamos a volver con una orden judicial para que ni usted ni su bastón nos impidan hacer nuestro trabajo.
Me doy la vuelta y me encamino hacia la salida.
—Ya puede traer al juez que quiera que no tendrá nada. Aquí solo vale la Ley de Dios. Antes, le prendo fuego a la iglesia.
Me giro; Astorga se santigua y le suplica al padre Josué que se calme.
—Espero que lo haga con usted dentro, como en El nombre de la rosa.