Manel y Josué
Salimos a la calle confusos, no sabemos dónde nos lleva este cura que, por momentos, parece un tipo siniestro, y, en otros momentos, un sujeto afable. Olga me toca en el hombro y me señala a un sujeto que fuma a escasos metros de la entrada de la Iglesia.
—¿Otra vez? —digo.
—Esperadme un momento —pide Olga.
La inspectora se acerca a Manel García, que se sorprende al verla.
Le hace una pregunta y él señala hacia la misma esquina que señaló el otro día, indicando al parecer, su lugar de trabajo.
Se gira hacia nosotros y levanta la mano a modo de saludo.
La inspectora le hace otra pregunta y él se encoge de hombros.
Olga se marcha sin despedirse y él se la queda mirando con los brazos extendidos.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Que dice que está fumando en una pausa de trabajo.
—Claro, trabaja ahí al lado.
—¿Y por qué no fuma en frente de la puerta de su trabajo?
—¿Qué ocurre, inspectora?
—¿Que qué ocurre? ¿Tú no eras el que decía que sospechabas hasta de tu madre?
—Olga —interviene Pleite, del que uno no espera que intervenga nunca—, según el ADN ese hombre es imposible que sea nuestro culpable.
—Según tu inspector jefe, es posible que el semen hallado en los genitales de María sea el de su propio marido y que estemos buscando en una mala dirección. Ese hombre y el viudo de la víctima son parientes lejanos.
—¿Te quedas más tranquila si le ponemos rabo? —pregunto.
—Pues mira, sí.
—Pleite, Amaya. No creo que os haya visto bien. Hacedme un favor. Cambiaos de apariencia en la medida de lo posible. Y os pegáis a este tipo como una lapa.
Les indico el lugar donde se supone que trabaja, aunque les pido que lo averigüen a ciencia cierta porque no lo tengo del todo claro. Ellos acatan la orden. Mientras tanto, el padre Astorga hace aspavientos a unos metros de nosotros en la otra dirección. Nos movemos ligeros hasta alcanzarlo.
Hay escasos doscientos metros entre la casi catedral del padre Astorga y la vieja iglesia de Sabugo, que es como la llaman ahora, aunque en su día también se la denominó iglesia de Santo Tomás de Canterbury.
El padre nos lo explica por el camino. La vieja iglesia, si bien no impresiona tanto como la nueva, tiene su encanto.
Un templo románico del siglo XIII con unos arcos de entrada triplicados en profundidad.
En las inmediaciones hay una terraza para sentarse a tomar algo, y el padre Astorga nos invita a esperarle ahí.
Por lo visto, debe entrar él solo, y saldrá en cuanto pueda a por nosotros.
Le hacemos caso y aprovechamos para desayunar. Entre trago y trago del té, recibo una llamada del inspector Vilda.
—¿Cómo está el herido hoy?
—Muy bien. Tengo molestias, pero sobrevivo.
—Me alegro, ¿sabemos algo de los test genéticos?
—Te llamaba por eso, precisamente. Andrés García García, me acaban de mandar notificación del laboratorio de Santiago.
—¿Y?
Tengo puesto el altavoz y lo quito, Lucas se acerca mucho al teléfono. Olga le da un sorbo largo a su café.
—Negativo.
Toribio levanta los brazos, desesperado, Olga permanece inmóvil.
—Bueno, lo esperábamos. ¿Qué hay del resto de pruebas por hacer?
—Arturo ya está en ello con un grupo de la UIP de Oviedo. Entre hoy y mañana creo que podremos tenerlos todos.
—Que los manden a Santiago urgentes y bien custodiados, por favor.
—Por supuesto, en cuanto salgan te aviso.
—Gracias, y cuídate.
—Del Olmo, ¿dónde andáis ahora?
—Con el padre Astorga, en la iglesia vieja.
—¿Y eso?
—Es largo de contar…
—Venga, no me tengas así que estoy más aburrido que escuchando una partida de ajedrez en la radio.
Me arranca una sonrisa, y le cuento lo del soplo de Esther y cómo hemos presionado al padre.
—Que sepas que no dudamos de ti con la periodista, pero como te descuides, Del Olmo te la afana —Toribio se acerca al móvil para soltar su gracia matutina.
—Estás pesaíto con eso —digo—. Seguro que luego delante de Sofía no te atreves a vacilarme así.
Lucas hace el gesto de cerrarse la boca como si tuviera una cremallera.
—Toribio, no me tiene que afanar nada, hombre, ella es una mujer libre. Y yo un hombre casado —Vilda no lo dice con maldad, y el inspector se retira con la derrota a seguir mordisqueando su fría tostada.
El padre Astorga sale de la iglesia y se dirige apresurado hacia nosotros. Sus gestos no parecen traer buenas noticias.
—Lorenzo, te dejo.
—Escríbeme con lo que sea, por tu madre…
No le doy tiempo a seguir porque guardo el teléfono en mi bolsillo. El cura llega a mi altura y niega con la cabeza.
—No puedo hacer más.
—¿A qué se refiere?
—Al padre Josué, dice que no pueden ustedes acceder a los documentos de esta iglesia.
Olga aprieta los labios y se levanta.
—Eso ya lo veremos —le digo al párroco.