La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Julián
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Julián

En la archifamosa película Seven, el inspector Somerset, interpretado por Morgan Freeman, se empapa de Los cuentos de Canterbury con la esperanza de encontrar alguna pista que le lleve al asesino de Los siete pecados capitales.

Nosotros no tendremos que leer literatura medieval inglesa; sin embargo, tenemos que seguir indagando entre los archivos diocesanos de la Edad Moderna española, concretamente de la asturiana.

—No sé de qué me está hablando, inspector Del Olmo —contesta el padre Astorga ante nuestro requerimiento.

—Padre, me va usted a disculpar —digo—. Ha sido amable con nosotros y se lo agradecemos mucho.

Ahora necesitamos que nos eche la última mano, porque nadie quiere que ese pobre viudo se quede sin saber quién se llevó a su mujer a la tumba.

¿La enterró usted? Seguro que sí. El caso es que nos falta muy poquito para dar con el culpable.

Y necesitamos escalar un poco más en la historia hacia arriba, o, en su defecto, saber si existe algún otro documento que reúna a todas las mujeres espontaneadas.

El padre abre la boca y los ojos al escuchar la palabra. A los pocos segundos vuelve a su sonrisa bobalicona, o, mejor dicho, fingida.

—En los archivos que han consultado hay datos de mujeres espontaneadas. Yo mismo escribí sobre algunas de ellas.

—Hemos encontrado a algún Expósito, padre —interviene Listín—, concretamente a tres.

—Como usted comprenderá, tres bastardos en doscientos años de historia del archivo se antojan demasiado pocos —comenta Olga.

—Ya le digo yo que no sé de qué me están hablando.

A su espalda se escucha una tos. Entre las sombras de las estanterías, colocando —o haciendo que coloca— los tomos de los archivos, distinguimos a Julián, el párroco joven que ayuda a Astorga.

—Julián —pide Olga—¿Le importa acercarse?

El religioso tarda en hacerlo; Astorga se remueve en su sitio y se gira hacia atrás.

—Padre Julián, estos amigos quieren que vengas, ya que nos has interrumpido, ven, hombre.

El cura pretende, ahora, mostrar cierta cooperación. Así que el joven religioso, que ha tosido con fuerza a consciencia, sale de las tinieblas y nos muestra su rostro pálido detrás de las gafas y de ese pelo lacio y escaso que en un futuro habrá de albergar una calva como la mía o peor.

—Buenos días —dice, casi en susurros.

—¿Qué tal, Julián? —Olga se le acerca—. Estábamos preguntando al padre Astorga si, por casualidad, no se habría traspapelado algún tomo de los archivos.

—Más antiguos, o no tan antiguos, pero que contenga algún tipo de información más sensible… —comento.

Julián, que en un principio parece muy valiente cuando tose, ahora no se decide. El padre Astorga lo mira, lo intimida. Sin embargo, sucede algo con lo que no contaba.

—Venga, va, dejen al muchacho tranquilo —interviene el veterano, que se levanta y se pone un abrigo con algún que otro agujero—. Acompáñenme.

—¿Dónde? —pregunto.

—A la antigua Iglesia de Santo Tomás de Cantorbery.