La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Se acaban los datos
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Se acaban los datos

Cuando llego al apartamento, solo me espera despierta la inspectora, que me recrimina que no le haya escrito de vuelta.

—¿No estarás celosa? —digo con retintín.

—Vete a tomar por saco, Del Olmo.

—Yo también te quiero, Saavedra.

—Venga, ¿de qué habéis hablado?

—Hemos cenado en un italiano muy mejorable. Después hemos paseado por el centro histórico y hemos finalizado dando otro paseo por la ría.

—¿Y le has comido el boquino? —escucho a Toribio desde el sofá cama.

—¿Qué dices, cotilla? Ni una palabra a Sofía.

—Eso es que se lo has comido, truhan.

—Este es tonto —digo mirando a Olga, que se muestra impaciente—. Hemos ido a la fuente donde asesinaron a Mariana Hevia.

—¿En serio?

Toribio se levanta del catre. Olga apunta todo en el móvil.

—Tenemos un topo…

—Vilda —dice Lucas.

—¡Que no, animal!

—¿Arturo? —pregunta Olga—. Son jovencitos, guapos…

—No lo creo. Lo veo bastante comprometido con el caso. Es su primer grande.

—Cosas peores se han visto —se resigna Toribio.

—Luis ha encontrado algún que otro Expósito, pero ninguno que conduzca a un nuevo sospechoso —dice Olga.

—Bueno, Luis y nosotros, eh —reclama Lucas.

Olga le hace una mueca al inspector.

—Vamos a esperar a ver los resultados de los test genéticos —digo, dejando a un lado la información obtenida con Esther.

—Sabes tan bien como yo que no vamos a encontrar nada ahí. Y te voy a decir una cosa: si no hay resultados, que no los va a haber, yo me marcho para Madrid que tengo mucha faena en Fugitivos.

—Ey, ey, ¡hold your horses!

No me esperaba esta amenaza velada de la inspectora.

—¿Qué dices, Del Olmo? —comenta Toribio.

Ignoro al inspector y a Olga le pido con las manos y con la mirada que se calme y no diga tonterías; después de resoplar dos o tres veces, parece hacerlo. Me fijo que en la pizarra han apuntado el nombre de Daniel Méndez como una de las líneas de investigación, aunque en una esquina, apartada.

—También nos falta el del marido, que si da positivo ya sabes que nos habría mentido en lo de no tener relaciones sexuales con ella y tendríamos que investigarlo a fondo.

—Eso sería un problemón —dice Toribio.

—También sabes de sobra que eso no va a pasar.

—¿Y entonces? —pregunto, con una sonrisa —¿Vas a volver a amenazar con largarte y dejarnos a todos, no sólo a mí, tirados como colillas?

—Deja de hacerte el interesante, que para algo te has ido a cenar con la periodista.

Precisamente por decírmelo, y por la amenaza que se ha marcado, me doy la vuelta y voy a la cocina a por un vaso de agua. Además, ha sido ella la que me ha animado a ir a esa maldita cena. Paladeo el agua para quitarme el regusto ácido del lambrusco barato. Vuelvo a la estancia principal.

—Tenemos que hacer otro viaje en el tiempo —digo.

—Antes no sé qué de horses y ahora hablas como Marty McFly—pregunta Toribio—. ¿Qué tienes, un Delorean especial para ti?

Le hago una peineta.

—¿Cómo vamos a viajar otra vez en el tiempo si ya no hay más archivos? Terminan en el 1801 y los hemos revisado todos —repone Olga.

—Esther me ha dado a entender que tiene que haber más.

—¿Y cómo te lo ha dado a entender?

—Porque su informante…

Sonrío, junto las manos como si estuviera rezando y me detengo, no para fastidiarla, sino para que ella sea quien lo deduzca. Se produce un silencio.

—Entonces, ¿el topo está donde creo que está? —dice Olga alzando mucho las cejas para la hora de la noche que es.

Toribio se estruja los sesos. A los pocos segundos parece que se le ha dibujado una bombilla encima de la cabeza.

—¡Hostia!

Me mira y sonríe.

—Sí, querido inspector y querida inspectora. Mañana regresamos a Canterbury.