La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) La fuente
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La fuente

Cuando escucho las palabras que indican la evidente filtración de nuestras pesquisas, bufo, y suelto un taco acerca del puto chivato que se ha ido de la lengua con la periodista. Procuro calmarme y seguir con la conversación:

—¿Qué voy a encontrar?

—No lo sé —dice ella y agacha la mirada.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Lo que oyes. Hay algo importante, pero no sé el qué.

—¡Me vas a decir quién es tu fuente! —digo dando un puñetazo en la mesa.

El móvil vibra en ese momento, lo miro y es un mensaje de Saavedra.

Para dar un poco de pausa a la situación, compruebo el texto y es la típica pregunta de qué tal me va.

No respondo, y clavo mis ojos en la periodista.

Por primera vez me fijo en que son de un marrón claro y tan grandes que le dan un aspecto aniñado y atractivo.

—Disculpa, tienes que entenderme.

—Y tú a mí. Ojalá pudiera, pero te juro que es fiable. Entiendo que has comprobado lo del viudo, Daniel. ¿Estaba en lo cierto? ¿Es por eso lo que me has contado del enfrentamiento con él?

Mi ausencia de respuesta otorga validez a su información.

El camarero trae el pan de ajo y el lambrusco.

—Vamos a cenar y luego seguimos —zanjo, y saco la bandera de la paz.

Al cabo de una copa le pregunto qué tal se vive en Avilés.

Iniciamos una charla banal, que poco a poco se vuelve más interesante.

Me llega a confesar que lo único que echa de menos de una gran ciudad es un poco más de oferta cultural —por lo visto es una gran aficionada a la pintura—, pero que el centro Niemeyer no está mal.

Charlamos, cómo no, de la carrera de periodismo —ella estudió en Vizcaya— y de lo complicada que está la profesión hoy en día.

Es tan espabilada que no cae en la típica pregunta que casi todos los polis odiamos: la de que cómo acabé en el Cuerpo.

Terminamos la cena y propone un paseo por el casco antiguo.

—No llueve y no hace demasiado frío —dice con sus castaños ojos parecidos a los del gato con botas de Shrek; dado que la conversación, ayudada por el vino, se ha tornado amigable, salimos a la noche avilesina.

Algunas de las calles se me hacen complicadas, pero consigo sortear los obstáculos.

Llegamos a la Plaza de España, un espacio diáfano con varias terrazas, y edificios señoriales, algunos de piedra, como el ayuntamiento, otros con el típico color rosa o azul de las casas de la población.

La cruzamos y Esther me informa de que estamos en la calle Rivero, y me mira, quizá esperando algo de mí.

Me pone la mano en el brazo, con la intención de cogérmelo, aunque yo me separo de la forma más sutil que puedo.

En ese momento no entiendo el acercamiento, aunque lo hago poco después, cuando llegamos a una pequeña plazoleta con una capilla y una fuente al lado.

Hay un resplandor verde iluminando la fuente, que tiene un pilón y una columna central acabada en una piedra con forma de as de copas.

En la parte inferior de esa columna, hay cuatro caños de los que brota un agua que tiene pinta de estar tan limpia como fría.

Me doy cuenta de dónde estamos y mi ritmo cardiaco aumenta.

—El desgraciado que asesinó a Mariana aquí no dejó descendencia —giro mi cabeza en dirección a la periodista, y me encuentro con sus ojos castaños en posición de contrapicado.

—Que se sepa…

Aprieto mis labios y maldigo al puto chivato que le ha filtrado información.

—Espontaneadas… —sentencio.

En un par de días habré de agradecer muy mucho a ese chivato la información prestada.