La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Cena para dos
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Cena para dos

Me recoge en un taxi grande y pensado para mí. En el interior huele a perfume del caro, y no creo que sea el del taxista, que tiene abierta la ventana, quizá, por el exceso de un aroma al que no parece estar acostumbrado.

En lugar de lanzar preguntas incómodas, intento satisfacer mi curiosidad:

—¿Qué perfume usas?

Ella gira la cabeza estilo niña del exorcista, asombrada por el descaro.

—Uno de Cristian Dior que me regalaron.

Me hubiera gustado preguntarle quién se lo regaló, no obstante, sería demasiado para una «primera cita».

Ha dejado de llover y el taxi circula por la omnipresente carretera de la ría; las luces iluminan las moles a mi derecha y disfruto con el pasar de los transeúntes enfrascados en sus móviles, tratando de paliar la monotonía o la tristeza o, incluso,

la alegría por volver a casa después de una dura jornada de trabajo.

Nos adentramos, otra vez, en el casco antiguo de la ciudad.

Giramos a derecha y a izquierda —recorrido que nunca recordaría, si tuviera que volver a venir aquí o comunicar a mi equipo, si resulta que la periodista o el taxista tengan previsto torturarme hasta la muerte—.

Por fin llegamos a un pequeño restaurante con una pequeña puerta y dos pequeñas ventanas con un nombre italiano que, en un principio, no consigo descifrar.

Esto me provoca una pequeña decepción respecto al buen gusto de Esther Villanueva.

Que no se me malinterprete, me pirran los italianos; sin embargo, esperaba otra cosa de ella.

Bajo y entramos en el Ventuccio, cuyo nombre averiguaré poco después al leer la carta. El metre saluda a la periodista como si la conociera, y nos lleva hasta la mesa más apartada de un local semi vacío —es un día entre semana anodino y otoñal, y se entiende—.

Una vez sentados, ella empieza a hablar.

—Aquí ponen el mejor pan de ajo de toda Asturias.

Pienso que, si la periodista engulle una buena porción de pan de ajo con todas sus citas, los besos posteriores no serán muy agradables, aunque espero que con pan o sin pan, ella no tenga pensado besarme. Soy un hombre felizmente casado e inmune a los escotes, incluso a los de Esther Villanueva.

—Te agradezco mucho la invitación, pero como comprenderás, tenemos muchísimo trabajo, así que vamos a ir al grano.

—Por favor, inspector, ¿no te relajas ni un momento?

—Sí, claro, en casa, viendo una peli con mis hijos.

—No has dicho «con mi mujer».

—Mi mujer es más de leer.

—¿Te piensas que te he traído aquí para seducirte y sonsacarte información?

—La verdad es que no tengo ni idea de por qué me has traído, y estoy empezando a dudar de por qué he aceptado.

Esther arruga el gesto por primera vez en lo que va de noche. Por fortuna, un camarero nos interrumpe para tomar nota. Ella pide, en primer lugar, una ración de pan de ajo.

—¡Que sean dos! —digo.

—Una ración está pensada para dos, señor —dice el camarero.

—No importa, hoy tengo ganas de marcha —respondo sonriendo, a lo que el muchacho no le encuentra la puta gracia y tan solo apunta.

Esther pide un plato de ravioli y yo un escalope a la parmesana, que estoy harto de tanta pizza o ensalada para cenar. Hace un par de días que no pasamos por el Tagu, y ni el bocadillo me ha dejado comerme la inspectora.

—Quería hablar contigo a solas en un ambiente un poco más relajado —dice, cuando el camarero se ha ido—, sé que hemos tenido conflictos. Y no me gusta llevarme mal con nadie —asiento sin decir nada—. Te he dado una buena información y estoy segura de que vas a sacarle provecho…

—A ver, a ver, la información me ha llevado hasta casi un enfrentamiento con el viudo. ¡Con el viudo, Esther!

—Lamento escuchar eso, pero… —hace una pausa—. ¿No has sacado nada más en claro? ¿De verdad?

Me mira como si supiera lo que ha pasado en casa de Daniel, como si pudiera leerme la mente.

—¿No me vas a dar tu fuente?

—Si la noche va bien, te voy a dar algo mejor.

—Esther … —me pienso lo que voy a decir—, como pareces una periodista muy capaz, seguro que me has investigado y seguro que sabrás de mis problemas con los periodistas.

—Todos los de sucesos del país, aunque sean de medios pequeños como el mío, conoce tu historia con Aire.

Tomo, precisamente, aire y espiro con lentitud. Me muerdo el labio y miro hacia un lado. Hago un gesto al camarero que acude raudo, y le pido una botella de Lambrusco, que, si bien no es un gran vino, quizá sea lo mejor para acompañar la comida italiana.

—Uauh, inspector, pensaba que no bebías en horas de trabajo.

—No son horas de trabajo.

—Sí lo son.

—¿Por qué?

—Porque te repito: no te voy a dar mi fuente, te voy a dar algo mejor, como se dice en las películas.

—Pues dispara, como se dice en las películas, de una puta vez.

—Tienes que seguir investigando los archivos diocesanos.