La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Nadie se larga
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Nadie se larga

Conduce Olga, que deja a Arturo en su casa, en un barrio de las afueras de Avilés.

No hay tren de la tarde que valga, la inspectora y yo nos dirigimos a los apartamentos, que están alquilados de forma indefinida por lo que pueda pasar.

Mansilla se ha encargado de gestionar este complicado trámite con unos propietarios ansiosos de dinero y, por consiguiente, de clientes de otra índole y no de los que pagan con el dinero del contribuyente; yo se lo tengo en cuenta a la pepinillo como punto positivo.

—Como decía Homer Simpson: ruego a Zeus, Jehová, Buddha, Alá y Ganesha que este hombre no dé positivo en la prueba de ADN porque entonces tendríamos un marrón enorme —suspiro al hablar.

—Tan enorme como que no habría caso —responde ella.

—¿Seguro? Nos habría mentido en el hecho de que no tenía sexo con María…

—¿Tú crees de verdad que el viudo pudo matar a su mujer? Si fue él el que removió Roma con Santiago para que se reabriera la investigación.

—Yo no me fío ni de mi madre, Olga. Deberías saberlo ya a estas alturas.

—Yo tampoco, pero sí me fío de la lógica y de las leyes de la física.

—¿Qué?

—El testimonio de la madre y del personal sanitario: Daniel solo se ausentó media hora para ir a desayunar al bar del hospital. No hay tiempo material de ir a asesinar a su mujer al lugar donde se produjo el crimen.

—¿Algún testigo lo sitúa en el bar? —pregunto, y Olga calla—. Como dice la canción de Amaral: el tiempo es relativo, inspectora. Y más para una madre.

El resto del trayecto al apartamento es tenso, porque Saavedra ha descartado por completo a Daniel; yo casi, pero como no me fío de nada debido a los años que llevo en el Cuerpo, hay que dejar esta línea de investigación abierta.

Cuando entramos en el apartamento, nos encontramos con algo que no quería encontrarme: al resto del grupo trabajando en el salón.

—Buenas noches, inspectores —saluda Solís, con visible cara de cansancio—. En la cocina hay unos bocadillos del Tagu. Cortesía del jefe.

—La madre que os parió a todos, os podría arrestar por insubordinación.

—Venga ya, Del Olmo, que no estamos en la guerra —responde Toribio—. Y encima esta vez sí he pagado yo sin cargo al contribuyente, para que luego me llames rata.

—Tu mujer me estrangula.

—¿Cuál de ellas? —comenta Pleite, sacándonos una sonrisa a todos.

—Al menos tengo donde escoger —se mofa Lucas.

—Claro, claro ¿Cuánto dices que tienes que acoquinar de manutención?

—Vete al carajo, Julio.

—Os vais al carajo los dos, que tendríais que estar durmiendo en casa.

—Si son solo las nueve, ¿cómo vamos a estar durmiendo? —comenta Amaya.

Olga me trae uno de los bocadillos que encuentra en la cocina y una cerveza sin alcohol bien fresquita. Cuando estoy a punto de pegarle un mordisco, recuerdo que hoy también he comido bocadillo al mediodía, y resoplo de puro hastío.

—¿Qué estáis haciendo? —pregunto después de engullir el primer bocado.

—Repasando todos y cada uno de los García —responde Listín.

—Pues tengo una mala noticia —dice Olga.

—¿Cuál?

—Que hay que tener en cuenta a todos los Expósito o cualquier otro apellido de bastardos, aunque suene fea la palabra.

Luis se lleva la mano a la frente y agacha los hombros, consciente de que eso supone mucha más faena. Y consciente de que ha cometido un error al no tener esta variante en cuenta. Un error que no es sólo suyo, sino de todos los del grupo, yo el primero.

—¿Hay que volver al cuartucho aquel donde nos tenía encerrados el padre Astorga? —protesta Amaya.

Antes de que pueda responderla, recibo una llamada en el móvil de un número que no conozco.

—¿Quién es?

Casi me atraganto al escuchar a la interlocutora. Me aparto un poco del grupo con el bocadillo todavía en la mano. No sé ni cómo responder a la propuesta que me está haciendo. Pido un minuto de tiempo para hacer una consulta, pulso el botón de silenciar el micrófono del teléfono y me doy la vuelta.

—Es Esther Villanueva, que dice que quiere cenar conmigo para charlar sobre el caso.

Olga se levanta, me arrebata el bocadillo de la mano y me dice:

—Vete a duchar ahora mismo y que te recoja en media hora.