La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Fotos antiguas
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Fotos antiguas

En el tiempo en el que el viudo está fuera del salón discuto con Olga acerca de su falta de tacto, y ella me replica que no tenía otra opción ante las insistentes preguntas de Daniel, que regresa con una carpeta azul de aspecto viejo.

Se sienta en el mismo lugar en el que estaba y la abre.

Saca una foto antigua, de las amarillentas que tienen el borde en forma de sierra.

Me la entrega y la tomo con la delicadeza del que recibe un tesoro.

—La de la falda oscura es mi abuela Asunción. Viene preguntando por ella. ¿Verdad? —Asiento sin decir nada—. Pues lo lamento porque falleció hará un par de años sin saber quién asesinó a su nieta. Porque ella llamaba nieta a María.

Olga cruza las piernas y se lleva una mano a la frente, yo no separo los ojos de la foto.

Asunción fue retratada cuando tendría unos treinta años, año arriba, año abajo.

Viste con una falda negra y una camisa clara, que debe de ser blanca, abotonada hasta el cuello.

Está con otra mujer de una edad parecida.

—¿Quién es la otra mujer?

—Una vecina, creo. Eso me dijo. Es la única foto antigua que conservo de ella.

—¿Y en color? —pregunta Olga.

—Las tengo en otro lado, pero pensé que esta les interesaría más.

Daniel remueve en la carpeta; saca un documento de color rojo y me lo entrega.

Está encerrado dentro de un plástico y me invita a que lo abra.

Lo hago y descubro que es un libro de familia con el escudo español de la época franquista.

Hay dos nombres en la primera hoja: Cándido Ortiz Marín y Asunción Expósito Sánchez.

—Entonces su madre se apellidaba Ortiz Expósito, ¿no? —pregunto.

—Sí, es mi cuarto apellido. Y le respondo a su siguiente pregunta —Se inclina hacia delante—, sí, mi abuela Asunción fue una bastarda. Su madre fue una espontaneada.

—¿Espontaneada? —pregunta Olga, confusa.

—Así llamaban a las madres solteras en el franquismo.

Las muecas que muestran nuestras caras delatan nuestra sorpresa.

—Daniel —dice Olga, casi entre titubeos—, no pretendíamos ofenderle y aunque la verdad es que pensábamos decirle esto con, digamos, algo más de tacto, no hay forma humana de hacerlo…

—La mañana en que mataron a María yo estaba en el hospital con mi madre, hay testigos de sobra que lo corroboran y la policía de aquí ya lo tuvo en cuenta en su día; pero si tienen que hacerme cualquier tipo de prueba de ADN, no tengo problemas;

a ellos no se les pasó por la cabeza hacérmela hace catorce años, pero no me importa; como comprenderán estoy al tanto de todos los detalles, lo de los restos en… . en mi mujer.

A pesar de esta última duda a la hora de pronunciar dónde se encontraron los restos de ADN en el cuerpo de María, el tono del viudo es tan aséptico que nos sobrecoge. Mi compañera y yo agachamos los hombros aceptando la derrota, aunque todavía queda un punto más de humillación para el pobre hombre.

—Daniel —digo, y me paro, porque a pesar de que él ya se ha entregado, lo que tengo que decirle cuesta, cuesta mucho—. Sé que esto es duro, pero tengo que preguntárselo.

—Sé lo que va a preguntar y la respuesta es que hacía tiempo que no tenía relaciones sexuales con mi mujer. Ese semen que encontraron en su cuerpo no es mío. Pero, insisto, me pueden hacer el análisis de ADN que quieran.

Se remanga y nos ofrece el brazo como si nosotros tuviéramos la capacidad de sacarle sangre. En sus ojos aparece el brillo que precede a la lágrima.

—Lamento hacerle pasar por este mal trago, de veras que lo siento —me disculpo—. Comprenderá que es necesario.

Él solo asiente.

—Le avisaremos cuando tengamos todo listo para hacerle la prueba.

Se levanta y nos lleva hasta la puerta. Sale de él estrecharnos la mano, y me ofrezco a ayudarlo con cualquier cosa que requiera.

—Necesito que esto termine ya, inspector. Llámeme usted lo antes posible para ir a hacerme la prueba.