La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) La casa del viudo
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La casa del viudo

En el trayecto hasta la casa de Daniel Méndez acuerdo con Olga que sea ella quien realice las preguntas, y que sea yo el que le transmita la peliaguda información. Acepto el papel que me pide porque noto a la inspectora desmotivada y agotada.

Saavedra se encarga de llamar al hombre en dicho trayecto, y nos confirma que estará en casa a las dos y media, ya que sale de su puesto de trabajo sobre las dos.

Tenemos tiempo de sobra, por lo que paramos a comprar un bocadillo en un bar que nos indica Arturo.

Nos lo comemos en la puerta de la casa de Daniel, aunque Saavedra tan solo le da dos mordiscos y sigue haciendo consultas en su teléfono móvil.

—¿Quién crees que puede ser la fuente de Villanueva, Arturo?

El oficial resopla.

—¿Si te digo que yo no he sido me crees?

—Claro que te creo, pero si en el futuro me entero de que me mientes te digo lo mismo que le he dicho a la periodista, aunque luego me haya dado la hostia pertinente: no pararé hasta que te echen del cuerpo. Y aquí sí que tengo mano.

Arturo sonríe y se gira hacia atrás. Me mira con restos de comida en la boca y eso estropea su bonita sonrisa.

—No puedo poner la mano en el fuego por nadie de mi comisaría, pero casi. Yo tiraría más para algún funcionario del juzgado. O alguno de los familiares de Manel.

—O el mismo Manel —apunta Olga.

—Pues yo me cago en la madre de Manel por parirlo y meternos en todo este lío genético —protesto, y arranco una carcajada en Arturo y una sonrisita en Saavedra.

Al momento me llama Luis. Me confirma la mala noticia: el tal marinero sí que tiene un parentesco muy lejano con Eduardo Valdés.

Como no tuvo descendencia reconocida, es decir, no formó una familia, no constaban descendientes suyos en la lista.

Este dato agrega dos problemas: el primero que hay que tener en cuenta a todos los Expósito, y, el que más me preocupa, que el viudo de María Ostende entra en la lista de posibles.

Poco antes de las dos y media, Daniel llega a la casa y nos saluda desde fuera del coche. Bajo la ventanilla.

—Hola, Daniel, disculpa que te molestemos, pero ¿te importaría entrar en el coche?

Su gesto de confusión o, incluso de miedo, invita a Olga a adelantarse.

—¿Prefieres que hablemos en tu casa?

—No, no pasa nada, es que no me lo esperaba.

—Es porque Del Olmo no ande bajando del coche, le vas a perdonar que está cada día más viejo.

Él hace caso omiso de la broma y accede al vehículo por el lado opuesto al mío. Cuando entra me mira de arriba abajo y procura mostrarse menos nervioso.

—Oficial, ¿le importaría dejarnos a solas con Daniel? —pido a Arturo, que recoge un poco la frugal comida que hemos tenido y sale del coche.

—Pobre, ¿le van a dejar ahí fuera con la lluvia? —pregunta Daniel.

—Lleva un buen chubasquero o se refugiará en algún portal —digo. Aunque él sigue mirando por la ventanilla.

—¿Cómo está, Daniel? —pregunto. Y sus ojos me dan la respuesta: está ausente, abstraído con la vista fija en Arturo, que se calza bien el chubasquero— Lamentamos la muerte de su padre.

El padre de Daniel fallece unas semanas después de que hiciéramos la primera visita en agosto. Al hombre es lo que le faltaba.

—Ya ha descansado el pobre, muchas gracias.

Olga me hace una señal con la cabeza.

—¿Sabe, Daniel? —digo—. Vamos dentro de su casa.

—¿Y eso?

—Tienes razón, no quiero que Arturo se nos resfríe. Nos vamos esta tarde para Madrid y él se queda como nuestro hombre aquí, lo necesito fuerte.

Él se encoge de hombros y salimos del coche.

Le indico a Arturo que nos espere en el camuflado y accedemos al pequeño porche de la casa.

Por suerte solo hay un escaloncito que me permite entrar a la vivienda sin problemas.

La casa es oscura y fría, o quizá sea la humedad lo que le aporte esa frialdad.

Daniel enciende las luces, sin conseguir que la cosa cambie demasiado.

También sube las persianas y nos da unas explicaciones no requeridas.

—Prefiero dejar las persianas bajadas para que entre menos la humedad. Total, la casa es orientación norte con lo que aquí el sol ni lo huelo.

Me fijo en la estancia. Se trata de un escaso salón con muebles que parecen sacados de una serie de los años ochenta: un par de tresillos, una mesa camilla y un mueble aparador donde una pequeña televisión que, aunque plana, tiene fácil unos quince años.

Me resulta curioso que no haya ninguna foto de Daniel con María, aunque, por otra parte, también puedo entenderlo.

Daniel, que me observa, comenta una nueva explicación no requerida.

—Las fotos las tengo guardadas.

Asiento con la cabeza, apretando los labios.

Nos ofrece algo de bebida, pero rechazamos la oferta. Se sienta en uno de los tresillos y Olga lo imita.

—Daniel, esto no es un interrogatorio, pero necesitamos que nos confirme o nos desmienta cierta información que ha llegado hasta nuestros oídos —dice Saavedra.

—Usted dirá.

—¿Alguien de su familia, abuelos o bisabuelos… se apellidaba García?

Daniel levanta los ojos hacia su lado derecho, el de la memoria.

—Abuelos seguro que no, bisabuelos ya no sabría decirle. ¿Por qué?

—¿Hay alguna forma de saberlo? ¿Viven?

—Solo una, pero ¿me va a decir por qué?

A Saavedra y a mí se nos iluminan los ojos con la esperanza de que sea la abuela materna, la de apellido Expósito.

—Sí, porque estamos buscando a una persona cuyos antepasados tienen el apellido García en su línea genealógica.

La cara amable, y hasta sonriente, que muestra Daniel Méndez se apaga, se diluye, se marcha. El hombre se levanta y abandona el salón.