Ejercer la profesión
El viudo tiene de cuarto apellido Expósito. Su abuela materna era lo que llamaban una bastarda. La periodista asegura que el bisabuelo fue un famoso pescador de la villa de Avilés, famoso por ser un galán, un donjuán, un vividor-follador.
Abandono la fila de acceso al tren, y me reúno a solas con Luis.
Le doy el nombre que me ha facilitado Esther: Anselmo García Freire, el supuesto marinero vivalavirgen con una novia en cada puerto no, con varias novias en cada puerto, y en especial el de Avilés.
Le pido que compruebe entre todos los datos que hay si pudiera tener un ascendente relacionado con Manel García o con los autores de los otros dos crímenes.
Me dice que necesitará un poco de tiempo.
Cuando se dispone a acompañarnos, le detengo.
—No, Luis, lo haces en el tren y me llamas. Os vais todos a Madrid, yo cogeré el último tren del día.
—Inspector, no nos vamos sin ti —dice Toribio.
—No es negociable, Lucas —me pongo serio—. Necesitáis el descanso. Yo me entrevisto con el viudo, me lleva Arturo y me largo esta misma noche.
El inspector protesta, pero acepta, al igual que el resto del equipo, a excepción, cómo no, de Saavedra.
Ella se planta delante de mí y su mirada me da a entender que no tengo opción.
Necesito que el resto del grupo se largue y no montar un numerito, así que acepto.
Toribio, Solís, Pleite y Listín se marchan; miran hacia atrás, sin ganas ninguna de viajar, sobre todo Lucas, al que saludo con la mano.
—Esther —pido—. Tienes que irte pensando quién es tu fuente, porque de no sacar nada en claro de la entrevista con el viudo, voy a necesitarla.
—Será imposible.
Le sujeto de la muñeca, aunque quizá no debiera, la miro a los ojos y sonrío.
—No, no lo será. Lo que será imposible es que tú sigas ejerciendo el periodismo si no colaboras.
—No, inspector Del Olmo, si te digo quién es mi fuente tengo claro que no podré seguir siendo periodista —sonríe—. Así que aprovecha lo mejor posible esta información que yo he conseguido para ti, y haz tu trabajo.
Hace énfasis en el «yo» y en el «para ti». Dicho esto, se marcha sin posibilidad a réplica.
—Menuda bicha mala —dice Arturo.
—No, es una mujer que hace bien su trabajo —comenta Olga.
Resoplo, aunque entiendo a la inspectora.
—Arturo —me giro hacia él y le sonrío—, ¿nos llevas a casa de Daniel?
El oficial me corresponde a la sonrisa y asiente.