Iter interruptus
Duermo cuatro horas, lo justo para no estar zombi. Los hay que han dormido menos; por ejemplo, Saavedra, que se ha encargado de llamar al juez a las ocho de la mañana. A las diez en punto ya estamos todos vestidos y camino de la comisaría, donde nos espera el juez.
—No estoy completamente de acuerdo con todo esto, pero me hago cargo de lo que ha sucedido. Espero que no tenga que volver a repetirse.
—Yo también me hago cargo de su posición y sé que no podemos andar sacando sangre a medio Avilés después de lo del cribado masivo. Se lo agradezco, y estoy convencido de que en esta lista debe de estar nuestro culpable.
—Eso espero.
—Mi compañero Luis está revisando toda la línea ascendente y descendente de los García, y si se nos ha escapado alguna rama familiar que conduzca a otro sospechoso, deberíamos incluirlo. Se lo haré llegar lo antes posible.
—Que sea esta tarde a lo más tardar.
Miro a Luis, que está al fondo en la sala con sus gafas casi rozando la pantalla del portátil; levanta el pulgar como el emperador romano perdonando la vida del gladiador y ese gesto me calma.
—De acuerdo. Con su permiso vamos a comer algo y nos vamos para Madrid que mi gente necesita un pequeño descanso.
El juez asiente sin decir nada; se levanta y se marcha de la sala después de firmar las órdenes para analizar el ADN de todas las personas vivas ligadas a las familias de Manel García, Eduardo Valdés y Mendo García.
—Yo me encargo de llevar las citaciones personalmente —Arturo se acerca a la mesa, sonríe y toma el documento firmado.
Le agarro de la muñeca y se extraña.
—Ni se te ocurra. Esto se lo entregas al grupo de la UIP correspondiente para que sean ellos quienes vayan a las casas a hacer el requerimiento del análisis.
Si alguno se niega, se le pincha la línea y se le pone rabo por gente de la UIP o del GOES.
Me avisas si esto último es necesario. ¿Entendido? ¿Cuento contigo para tramitarlo así?
Aflojo el agarre de la muñeca, Arturo la retira y asiente con la cabeza.
Le pido que nos acerque a la estación.
Hoy, de nuevo, vuelve a llover. En el trayecto, nadie habla. Miramos con melancolía a través de las ventanillas la llovizna que nos acompaña casi todo el tiempo en Asturias.
Arturo se despide en la entrada de forma aséptica, casi sin mirarme a los ojos. No le doy importancia, y le emplazo a vernos en un par de días. Responde diciendo que nos recogerá otro compañero porque a él también le toca librar.
Accedemos al hall y cuando vamos a enfilar por el control especial, que por ser policías debemos pasar, escucho a una voz femenina a mi espalda que, en un principio, me resulta desconocida, pero que, a medida que se acerca, me va sonando. Y no me gusta nada.
—¡Inspector, pare, por favor! —grita Esther Villanueva, exhausta de tanto correr.
Me giro y le dedico una mueca que no invitaría a nadie a acercarse a mí.
Ella no parece captar la indirecta y se coloca delante para que no siga avanzando.
El resto de los compañeros se detienen y se sitúan en una especie de círculo en el que la periodista y yo estamos en el centro, como si fuera una pelea de patio de colegio.
—Buenas tardes, señorita Villanueva.
—Del Olmo, antes de marcharos a Madrid, tengo que contarte algo.
—Usted dirá.
—¿Aquí?
—Mis compañeros lo saben todo, y no hay nadie cerca. Se nos va el tren en quince minutos.
—Es que creo que no deberían coger ese tren.
—¿Y eso? No habrá una bomba y alguien se lo ha filtrado…
—No digas gilipolleces, inspector —Me sorprende su tono, irritado—. El viudo de María Ostende… uno de sus apellidos es Expósito. Su abuela era hija de una madre soltera.
—¿Cómo sabes tú eso?
—Mis fuentes, ya sabes… Y no te preocupes que no es Vilda, pero sí ha sido él quien me ha dicho que te busque. He ido a verlo al hospital.
—¿Por qué no me has llamado?
—Porque no quería decírtelo por teléfono.
—Vale, y qué tiene todo esto que ver con… —me detengo. Deduzco que la periodista, gracias a esas fuentes que menciona y que en realidad deben de ser alguna filtración, ha averiguado que estamos buscando en los ancestros de… —. ¿Me estás diciendo lo que creo que estás diciendo?
—Te estoy diciendo que un antepasado del viudo de María Ostende se apellidaba García.