El hospital
Lucas Toribio apoya los codos en las rodillas y con las manos se sujeta la cabeza.
Toribio es natural de Córdoba, cuarenta y seis años.
Inspector de policía de Homicidios. Nunca ha matado a un hombre, hirió a un par en el pasado.
Tiene una puntería finísima, de la mejor que yo haya visto y a la que solo se le aproxima Olga Saavedra.
Y sigue sin haber matado a nadie.
—El tipo está vivo —le anuncio poco después de que el médico de urgencias del hospital me lo haya comunicado.
Solís, sentada a su lado, lo abraza.
—¿Y Vilda cómo está?
—No es grave. Se quedó inconsciente porque los perdigones le provocaron shock, pero por suerte no le impactó todo el cartucho.
—¿Saavedra?
—Menos, tiene como una quemadura en el antebrazo, un roce de otros dos o tres perdigones.
—Cuánto me alegro —dice suspirando—, ¿y cómo está García?
—Vivo y en la UCI, como te acabo de decir —me acerco a él. Le cojo de la nuca, pego mi frente a la suya—. Lucas, Lucas… el sujeto nos recibió a tiros. Tú solo has hecho lo que tenías que hacer.
Es muy difícil consolar a una persona que ha matado a otra, aunque la otra te reciba a tiros y sea un hijo de la gran puta; porque el hecho de quitar la vida es un acto definitivo. No hay vuelta atrás, no es como una película que se pueda rebobinar.
Toribio lo sabe, sabe que ha sido un acto de servicio y que espera que no haya ninguna sanción ni investigación más allá de la pesada redacción del atestado. Sin embargo, y a pesar de que el individuo está vivo, percibo su tristeza.
—Lo sé, Del, lo sé. Dame tiempo, ¿vale?
—Todo el que quieras, mañana te vas a Córdoba.
—¡¿Cómo?! Ni muerto.
—¿Cómo que no?
—Tiempo para que se me pase el malrollo que tengo en el cuerpo. No me voy de este caso en la vida, vamos, que te pego otro tiro a ti antes que montarme solo en el tren.
La broma sirve para relajar la tensión. Reímos los tres. Al poco aparecen Pleite y Luis, y chocan las manos con Toribio, que no le apetece levantarse a darles un abrazo.
—¿Entonces ya le tenemos, no Del? —pregunta Pleite.
Suspiro. No es lugar para darles la mala noticia.
—Dentro de un rato nos reunimos y os cuento lo que sé.
—¿Qué pasa, Del Olmo? —pregunta Toribio—. ¿No es nuestro hombre?
Le pongo la mano en el hombro, le miro y con la mirada le estoy diciendo que me dé tiempo.
—Vamos a por la inspectora, y como no nos van a dejar pasar a todos… Amaya, vente tú, que yo tengo que hablar con Lorenzo.
Amaya asiente y después de un laberíntico paseo por los pasillos del hospital, llegamos a una sala donde están los dos inspectores sobre sendas camillas. Vilda en pijama hospitalario, Olga con ropa de calle.
—¿Cómo están mis chicos? —pregunto.
—No me largo porque no me atrevo a quitarme la vía —protesta Olga que recibe el abrazo de Amaya.
Su aspecto es bueno; tiene el brazo descubierto y una venda sobre el antebrazo. Sin embargo, Vilda tiene peor pronóstico: su hombro está completamente vendado hasta por debajo de la axila, el oxígeno puesto con unos finos cables transparentes apoyados en sus fosas nasales y la vía correspondiente.
—Yo estoy bien, pero me tienen aquí como si fuera Robocop.
Sonrío y me acerco a él para estrecharle la mano.
—¿Es el primero?
—Se puede decir que el segundo; hace más de veinte años un yonqui me pegó una puñalada en las nalgas.
—Bueno, tienes el culo duro, inspector, seguro que lo llevas bien.
Vilda suelta una carcajada seguida de una tos que interrumpe el buen momento.
—¿Qué ha pasado con Andrés García? —pregunta—, que aquí no cuentan nada.
—Está en la UCI. La bala se le alojó en la médula. Posiblemente no vuelva a andar, pero sobrevivirá.
Me pongo el dedo en la boca de forma vertical y miro a todos en la sala para que lo callen delante de Toribio. Vilda me mira de arriba abajo, después mira al techo y resopla.
—Si Lucas no le derriba, nos liquida.
—No creo, aquí la inspectora saltó como una leona que protege a sus crías de las hienas.
Olga levanta la mirada del móvil. No sonríe, no arruga el gesto, tan solo parpadea. Es su forma de asentir a mi afirmación. Es su forma de decir que todo irá bien.
—Pero ya lo tenemos, ¿no inspector? —pregunta Vilda.
Vuelvo a suspirar al igual que he hecho con el resto del equipo en la sala de espera.
—Le he pedido al comisario Alamillos que se ponga en contacto con el DAO, para que a su vez se ponga en contacto con nuestro embajador en Marruecos. Deben de iniciar un trámite para arrestar lo antes posible al compinche del sospechoso. Lo que transportaba era un uniforme falsificado del Seprona.
—¿Y eso?
—Arturo me ha contado que sospecha que puedan estar implicados en furtivismo o lo que es peor: en la quema de montes con algún fin lucrativo.
El inspector arruga las cejas y mueve la boca de un lado a otro.
—Del Olmo —pregunta Olga—, ¿no había un incendio en uno de los cotos de caza de la zona en la fecha que mataron a María?
Olga siempre tan fina en sus deducciones.
—Sí, inspectora, sí.
—¿Y tendría conexión? —pregunta Amaya.
—No lo sé. Puede que sí, o puede que simplemente el tipo se pensara que lo busquemos por eso.
—Recuerdo que en uno de esos incendios un bombero forestal quedó tetrapléjico —apunta Vilda.
—Entonces me cuadra más que el tipo tire por ahí. No obstante, mañana me reúno con todo el equipo, el juez, y estoy por decirle a Alamillos que se venga para ver cómo seguir con esto. Por desgracia no creo que Andrés García García sea nuestro hombre. De todas formas, le haremos el test genético.
Lorenzo se muerde el labio, le brillan los ojos y me aparta la mirada.
—Inspector. Haz el favor de llamar al médico y que me dé el alta ya mismo. Tenemos que reorganizarnos cuanto antes —pide Olga con una determinación tal, que no me queda más remedio que obedecerla.
Nos espera una noche larga.