EL nido
El nido resulta ser un cochambroso cobertizo o casa de aperos o no sé ni cómo llamarlo. Una edificación de una sola planta, gris, con el tejado gris y con una puerta gris. Situado a dos kilómetros del polígono industrial en el que hemos perdido a Andrés García García.
En última instancia Arturo sigue la señal del GPS del móvil y poco antes de que se deshaga de él, consigue fijar sus ojos color miel en la parte trasera del Toyota. No lo suelta, con la debida prudencia, hasta que alcanza el lugar donde nos encontramos.
El cobertizo está rodeado por otros semejantes y, dada la proximidad del mar, se me ocurre que puedan ser para que los pescadores guarden sus útiles. Vilda cree lo mismo.
El tipo lleva dentro como una media hora, y nosotros esperamos a unos cien metros, bajo la oscuridad que nos proporciona un árbol.
—Del Olmo, decídete ya —insiste Olga, que lleva pidiendo que entremos todo este rato.
—Si estoy decidido, inspectora. Cuando salga lo abordamos con los coches.
—¿Y si hay una salida por el otro lado y tira algo importante? Según el mapa no hay mucha distancia a la fábrica de cemento y supongo que allí habrá lugares donde deshacerse de…
—Tranquila, por favor. Solo otra media hora; si el tipo no sale, llamo al juez y nos autoriza la entrada en un minuto.
Olga no está tranquila, pero debe asumir que sigo al mando del operativo. Vilda suspira, mientras, como todos, observa el cobertizo.
—¿Qué crees que tendrá ahí? —me pregunta.
—No tengo ni la menor idea.
—¿Otro cadáver?
—Si fuera nuestro hombre, no cuadra con su modus operandi. ¿Verdad, inspectora?
Olga mueve la cabeza arriba y abajo sin decir nada.
La media hora transcurre, lenta. Y Saavedra dice que si llamo yo al juez o entra ella sin autorización. Se pone tan pesada que marco el número de su señoría, quien me autoriza en el acto la intervención.
—Haz el favor de tener cuidado. Te recuerdo que este prenda comercia con armas de caza.
—Ten cuidado tú con tu retaguardia, no sea que tenga que venir a rescatarte otra vez.
—Me dan ganas de mandarte a la mierda, inspectora, con eso no se bromea —digo, tan serio que Olga se disculpa.
—Perdón. Llevas la USP al menos, ¿no?
—No la llevo, no.
—No me jodas, Del Olmo.
—Está en el apartamento.
—¡¿En serio?!
—En la caja fuerte, mujer.
—Da igual. Todos llevamos el arma menos tú.
—Inspector —interviene Vilda—, estás al mando, y puedes ser el novio del DAO y lo que tú quieras, pero si vuelves a venir a un seguimiento sin el arma reglamentaria, vendrás tú solito.
Resoplo. Me jode que todos tengan razón en esto.
Debía de haberla cogido, debería llevarla encima siempre.
Me cuesta demasiado portarla en la axila.
No digo nada, tan solo medito la forma de hacerme con otra arma menos voluminosa y poder llevarla oculta en la pierna, como si fuera una espía alemana de los años treinta.
—Tened cuidado, que yo tengo el teléfono a mano —digo, como si me pudiera proteger de algo.
Olga bufa y se baja. Llama a los demás y se dan las indicaciones para abordar la propiedad del sospechoso.
Julio se sitúa al lado del coche, también armado, y me hace una señal con la cabeza, dejando claro que él me protege.
Arturo mantiene las manos al volante, y lo acaricia como si fuese su primera novia.
Observo al grupo de asalto desde mi posición; la luz escasea, pero no ha caído la noche.
La inspectora lleva el arma sujeta con las dos manos, apunta hacia el suelo.
Recalca con un gesto a Toribio y a Solís que vayan por el otro costado.
Vilda va detrás de ella, pero en un momento dado se coloca delante.
Cuando están a escasos veinte metros del cobertizo, la puerta se abre y sale de ella Andrés García García, que en primera instancia no se da cuenta del panorama, o al menos eso parece, porque se dirige tranquilo al maletero del coche.
Lo abre, deja lo que lleva encima y se gira con una escopeta en la mano que debe de haber cogido del maletero.
Todo sucede tan rápido como suceden las cosas que nunca olvidamos: se lía a tiros contra mis policías.
El primero en caer es Vilda, el disparo le alcanza en algún lugar del tronco y lo derriba.
Olga aprovecha que el tipo dispara hacia el otro lado, donde están Toribio y Amaya; agarra al inspector de los hombros, lo arrastra como puede y se parapeta detrás de un contenedor de basura.
Solís y Toribio, que están más lejos, se lanzan al suelo antes de que el tipo dispare en su dirección.
Se esconden tras un seto que nunca les protegería de los perdigonazos, aunque la primera ráfaga los pasa de cerca.
Tienen suerte de que García no abra fuego otra vez, porque intenta subirse al Toyota para huir.
El que no tiene tanta suerte es, precisamente, Andrés, porque en el instante el que pone un pie en el vehículo, recibe un balazo en la espalda que hace que su cabeza caiga sobre el volante como si hubiera tenido un choque frontal; y deje en la noche gijonesa un pitido de claxon más que molesto,
y un olor a muerte mezclado con el del salitre.