La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) La persecución
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La persecución

Olga se salta el semáforo en rojo.

—Gira a la derecha que se te escapa —protesta Vilda.

—Cállate ya, Lorenzo.

Me dan ganas de decirle a los dos que abandonen sus peleas estúpidas, pero estoy ocupadísimo pendiente del GPS que Toribio lleva en el camuflado que va por delante del coche que estamos siguiendo.

Nos hallamos en Gijón, que es donde nos ha traído el devenir de nuestras pesquisas.

Han pasado dos semanas desde aquella conversación en la tasca cercana a la iglesia de Santo Tomás de Canterbury o Cantorbery.

En este tiempo, nos ha dado para volvernos a Madrid a descansar un par de días.

Días que los dedico por completo a mi familia, salvo cuando se quedan dormidos.

Momentos que aprovecho para comunicarme con Olga y con el grupo.

Listín realizó el cribado de los descendientes de los García implicados en los crímenes de 1814 y de 1916, Eduardo Valdés y Mendo García.

Siguiendo la línea descendente, llegó también a algunos de los familiares que Manel nos indicó.

Cruzó datos y el resultado final identificó a treinta y seis personas.

De las cuales, cuatro ya han fallecido, cinco estaban fuera de Asturias en 2010; y siete eran o muy viejas o muy jóvenes en ese año para coincidir con el perfil criminal de nuestro hombre.

Seleccionamos las que estaban en un rango de edad de entre veinticinco y cincuenta y cinco años en la fecha del crimen.

Y nos quedamos con un mágico número redondo: el nueve.

Tres test genéticos. Tres datos BTS. Tres entrevistas y posterior seguimiento.

Todos contentos.

Las tres pruebas genéticas resultaron negativas. Familia lejanísima de nuestro hombre (raro hubiera sido que hubieran accedido voluntarios de ser culpables, igual que Antonio Abad).

Las tres BTS, es decir, geolocalización de los teléfonos móviles, tampoco arrojó luz: ninguno de sus teléfonos cerca de la escena del crimen. Al igual que con el resto de investigados, familiares de Manel.

Las tres entrevistas nos llevan al quid de la cuestión.

Una de ellas, un tipo llamado Oriol Fuentes García facilitó un testimonio sólido y sin fisuras. Sí, estaba en Avilés en la fecha del crimen; sin embargo, se dio la casualidad de que ese día se casaba su hermana. Con lo cual: coartada firme.

El segundo, un cincuentón de nombre Roberto, y que el García lo lleva como cuarto apellido, ofrece un testimonio no muy claro.

En una primera versión, dice que en la fecha del asesinato estaba en Oviedo, de cena con unos amigos.

Después se lo piensa mejor y dice que no, que no se acuerda bien, que le tenemos que entender porque ha pasado mucho tiempo, que sí estaba en Avilés ese domingo y que ese día tuvo una comida familiar.

Tres de sus familiares corroboran lo de la comida, aunque a la hora del crimen todos andaban durmiendo y Roberto en su casa con su mujer e hijo de, por entonces, siete años.

Su mujer, divorciada ya y lejos de Asturias, confirma la coartada.

Aunque por precaución le ponemos en reserva para una posible prueba genética.

Y el tercero, el bendito al que estamos persiguiendo con dos camuflados: Andrés García García, casi nada.

Según el árbol genealógico construido por Luis, es familia, aunque lejana, de los dos asesinos de 1916 y de 1814, y también primo lejanísimo de Manel García.

Un distribuidor de material para la caza: cartuchos, cuchillos, escopetas, etc. Las alarmas saltaron, sobre todo porque el tipo incurre en contradicciones varias, como que se encontraba fuera de Asturias en la fecha del crimen, para luego decir que no,

que estaba pescando en la ría la noche previa y, finalmente, decir que tampoco, que se corrió una juerga y andaría de resaca a la hora del crimen.

Es cierto que situarse a uno mismo catorce años atrás, un anodino domingo de otoño, es complejo.

Lo que pasa es que el crimen de María fue mediático en la zona por su extrema crueldad y por la triste historia de ella y la pérdida de su bebé meses antes.

Y en estos casos, uno suele recordar mejor el momento o el lugar en el que se encuentra.

Como todos nos acordamos dónde estábamos el 11-S o el 11-M.

En cuanto el tipo se largó de comisaría, a Alberto Menéndez, el juez, que estaba con nosotros auditando los interrogatorios, le faltó tiempo para autorizarnos el pinchazo telefónico, y se ofreció a, si en una semana de seguimiento y escuchas no obteníamos nada,

tramitar la orden para la prueba de ADN.

Lo que pasó es que en cuanto le pinchamos el teléfono, que fue una hora después de irse de comisaría, escuchamos una conversación que transcrita es la siguiente:

«—Nanu, que no, que me hagas caso. Que tienes que deshacerte de todo eso, que andan los maderos detrás mía. Sí, de aquel día que tú ya sabes. Que yo me voy pa’la nave y tiro lo mío, pero tú también lo tuyo…

—Yo no estoy en Avilés, estoy fuera.

—¿Cómo?

— Hazlo tú por mí, tienes llaves.

—La madre que me parió, Nanu, que nos empapelan. A los dos.

—No digas más por teléfono, vuelvo en una semana.

—¿Cómo que no diga más?

—Gilipollas, porque te pueden haber pinchado.

—Ay, va la hostia. Adiós.»

El nanu se llama José Luis Donoso. No tiene ninguna relación familiar con él, y en el momento de la conversación está en Marrakech.

Le estamos esperando porque averiguamos que tiene pasaje para Madrid en cinco días.

Mientras tanto, a Andrés, le seguimos desde el momento siguiente a la escucha.

Geolocalizado, camino de Gijón con una ventaja de una hora, que, al parecer, malgastó en pasarse por su casa de las afueras de Avilés; nos llevó otra media hora cogerlo gracias a las dotes automovilísticas de Saavedra, y también de Arturo, que conduce el coche en el que van Toribio, Pleite y Solís,

y que no sé cómo lo ha hecho para seguir a la inspectora y alcanzar al sospechoso.

Después de saltarnos el rojo y de que Vilda y Saavedra tengan la tercera o la cuarta discusión en lo que va de seguimiento, nos ponemos justo detrás del Toyota Rav4 de Andrés.

Luis me ha ido haciendo averiguaciones del tipo y, por lo visto, tiene una nave industrial a las afueras de Gijón.

Así que parece claro que allí es a donde se dirige a guardar lo suyo o lo de su socio.

Muero de curiosidad por saber lo que es.

—Según el GPS, Toribio ya está aparcado al lado de la nave —digo.

—¿Cuánto queda? —pregunta Olga.

—Un kilómetro.

—Se ha adelantado demasiado —protesta.

—Bueno, si no va ahí, podemos avisarlo y nos ponemos nosotros delante, y él que se ponga detrás. Arturito es un máquina, ¿a qué se debe, Lorenzo?

—Fernando Alonso, que hizo mucho daño a la juventud de aquí.

—Pero daño del bueno, ¿no?

—Medio, medio; otro día te cuento.

Me quedo con la duda de saber qué es esa mitad mala de la influencia de Alonso en la juventud asturiana aficionada al motor. Aunque puedo intuirla. Yo le agradezco al campeón que Arturo quisiera emularlo y conduzca de forma tan eficiente, o casi, como Olga Saavedra.

El Toyota parece que va a girar a la derecha, pero en el último instante lo hace a la izquierda dando un volantazo. Olga decide no seguirlo y suelta algo similar a una blasfemia.

—No va a la nave —corroboro.

—Malditas las prisas de Arturito —sentencia Olga.

Aviso a Toribio para que se mueva y se reenganche a la persecución. No le hemos podido poner una baliza al coche de Andrés, y le estamos siguiendo por la imprecisa señal del GPS de su móvil.

—Si nos ha mordido —dice Olga—, olvídate de encontrarlo.

—¿Por qué? —pregunta Vilda.

—Porque habrá tirado el móvil en la siguiente esquina.

Indico a Olga cómo llegar hasta la señal que aporta el GPS y después de dos minutos y un par de pirulas en las calzadas semidesiertas de aquel polígono industrial a las siete de la tarde, llegamos a dicha señal. Y allí no encontramos ningún Toyota.

—Frena —pido a Olga—, inspector Vilda, mira a ver si eso es un teléfono.

Le señalo algo que hay en el suelo. Lorenzo se baja del coche y le sigo con la mirada, se agacha, coge el objeto y se da la vuelta para alzarlo en el aire y al instante, escuchar una palabrota de mi compañera.

Cuando Vilda entra en el coche y se caga en la madre de Andrés García, escuchamos un mensaje por transmisiones.

—Lorenzo —es Arturo el que habla—, Del Olmo, inspectora.

—¿Qué pasa?

—El pájaro está en el nido.