Punto intermedio
El crimen de Mariana Hevia, la Lanera, estaba bastante bien documentado en el tomo del archivo diocesano que examina la inspectora Saavedra: testimonios del primo de Mariana, de Emilia, la compañera en el telar, y de un chiquillo de seis años cuyo nombre no aparece.
Buscamos la fecha de la muerte del criminal.
—Mendo García —digo.
—Ahorcado en agosto de 1814 por el asesinato de Mariana Hevia.
Olga, después de enseñarme la nota de la muerte de Mariana, localiza la ficha de García, que está pocas semanas después.
La inspectora suspira y se echa hacia atrás en el asiento; en ese instante entra Lorenzo, al que no le hace falta ser un sabueso para descubrir que algo ocurre. No dice nada, nos entrega café y bebida energética, sin dejar de mirarnos a los ojos alternativamente, reclamando una aclaración.
El padre Astorga accede a la estancia sin tocar a la puerta, como es costumbre en él —el cortijo es mío y meo donde quiero—, y nos saluda con su eterna sonrisa antes de sentarse en una mesita que su lacayo le habilitó al inicio de la investigación.
Allí se pone a repasar unos documentos y nos ignora.
—Vamos fuera un rato, ¿inspector? —pregunta Vilda.
—En quince minutos, Lorenzo.
—Que sean diez —apunta el padre Astorga—, que a las siete y media tengo misa, acuérdense.
—Cierto, serán cinco.
Olga realiza, de forma disimulada, las fotos pertinentes a la breve pero concisa narración del crimen.
También de la ficha de Mendo García. Cuando termina, hago un gesto a Vilda y salimos de la sala sin despedirnos de Astorga, que nos pide que no crucemos la planta principal hasta pasada media hora, cuando termine la misa.
En la iglesia hay unas cuatro mujeres y un solo hombre, en primera fila. Abandonamos el templo y les pido a los dos que esperen un momento.
—Voy a llamar a Luis porque suele venir sobre esta hora.
Cuando está dando tono, me fijo en un tipo moreno, algo más bajo que el inspector Vilda, que está fumando a escasos metros de la entrada lateral. El tipo se gira y nos observa. Y, aunque la noche se precipita sobre Avilés, lo reconozco. Él también cae en mi presencia, y se aproxima.
—¿Inspector?
—Manel García.
Vilda y Saavedra se mantienen al margen, expectantes.
—No sabía que era usted católico, no le pega —dice, y pestañea de esa forma tan peculiar que tiene.
Suelto una carcajada que le da a entender que no estamos en la iglesia para rezar.
—¿Y qué hace usted por aquí?
—Trabajo ahí, a la vuelta de la esquina —dice señalando una calle próxima—, en una gestoría.
—Trabaja hasta tarde, sí.
—Haciendo trimestres, es lo que hay.
Miro hacia arriba y a la izquierda, al lado de mi cerebro que almacena la información, y recuerdo que el tipo es contable.
—Muy bien, pues encantado de volver a saludarlo.
—No puede contarme nada, ¿verdad? —dice, sonriendo.
Dudo. Y en cuanto Olga nota la duda, interviene.
—Secreto de sumario, señor García.
—Claro, entiendo —dice Manel, apagando el cigarro en una papelera cercana y tirando la colilla en el lugar indicado para ello—. Ya saben que pueden contar conmigo para lo que quieran. Aunque un par de primos ya me llamaron para cantarme las cuarenta.
—Daño colateral, le pedimos disculpas —ruego.
—No se preocupen. Voy a ver si termino y me voy a casa, que estoy reventao. Lorenzo, un saludo a ti también —se despide de los tres.
—Cuídese, Manel.
El tipo se larga a paso ligero ante nuestra atenta mirada.
—¿Me van a contar lo que ocurre? —Vilda nos saca del trance.
—Es el tipo que dio positivo, el primo lejano de nuestro culpable, y por el que estamos aquí revisando documentos viejos. Nos dijo que le conocía
—Claro, anda que no es pesao. Me refiero a lo que acaban de descubrir.
—Ah, disculpa. Olga…
Le hago un gesto a mi compañera para que se lo explique, ella saca el móvil y le enseña las fotos al inspector asturiano.
No le da tiempo a verlas, ya que comienza a llover.
No podemos entrar en la iglesia por la misa, así que Vilda nos conduce al bar más cercano, que está a cincuenta metros y cruzando la acera.
Nos mojamos. El local es una tasca inaccesible con unos toldos y unas mesas altas en la fachada, donde nos refugiamos.
Vilda pide dos cafés y un Red Bull, ya que no nos ha dado tiempo a tomar los que nos trajo; mientras llega la bebida, echa un nuevo vistazo al móvil, alza las cejas y abre la boca al darse cuenta de lo que está ocurriendo.
—Es decir, justo un siglo antes… lo mismo…
—Es como si en cada centuria, un García familiar de este que acabamos de ver violara y asesinara a una mujer por algún código genético extraño o algo místico que no logro comprender —digo.
—O simplemente —aclara Saavedra—, son criminales que comparten genes y ya está.
—Olga —sonrío—, disculpa si no me has pillado el tono, pero no era una afirmación rotunda. Además, fuiste tú la que comentó que la psicopatía tiene parte hereditaria.
La inspectora calla. Al poco contraataca.
—En este momento, no podemos permitirnos especulaciones ni juegos.
—Tienes razón, pero admitirás que se presta mucho al sensacionalismo que cada siglo, más o menos, se produzca un crimen similar por alguien de la misma familia.
—Se presta, sí, y sé lo que dije perfectamente —La inspectora suspira—. Hay que identificar todos los descendientes de esta gente, y pedirle al juez las órdenes de las pruebas genéticas. Ya mismo.
—¿Lo estás diciendo en serio, inspectora? —inquiere Vilda.
—Y tanto, Lorenzo.
—Estoy de acuerdo en lo de sacar a todos los descendientes posibles, el inspector Luis los debe tener ya a todos medio archivados… —dice—, pero pedir test genéticos al juez, así a barullo…
—¿A barullo? El indicio es claro, no me costará redactar un informe impecable con la causa justificadísima para la solicitud de pruebas. Además, ¿cuántos serían? ¿Veinte, cincuenta? Hicimos casi mil hace dos meses.
—Pues por eso mismo.
—Inspector —pongo mi mano a Vilda sobre su muñeca en el momento en el que el camarero trae las bebidas—, si te parece bien, cuando tengamos todos los descendientes que cuadren con el perfil criminal,
lo que hacemos es solicitar al juez que pida los datos brutos de las BTS que puedan guardar de 2010 —.
Olga me lanza una de sus miradas estranguladoras—.
Si no sacamos nada en claro de ello, cambiamos el enfoque.
De momento esta operativa no nos está llevando a ningún sitio.
Vilda hace el amago de enfadarse, aunque recula porque sabe que no es un reproche.
—Me parece bien; además de eso, yo lo que haría es acotar al máximo a esas personas, no deberían ser más de veinte o treinta descendientes que se asemejen al perfil criminal, y entrevistarlos, ponerles rabo, pincharles el teléfono…
—¿Tenemos recursos para poner rabo a veinticinco tíos, inspector? —apunta Olga.
—A la vez no, hacemos un buen cribado y seleccionamos los que más cuadren y…
—Bah…
Olga da un manotazo al aire y se da la vuelta, molesta. Aprieto de nuevo la muñeca de Vilda y le pido calma con la otra mano.
—¿Creéis que podemos llegar a un punto intermedio, Olga?
—No sé cuál sería ese punto intermedio —protesta la inspectora sin girarse.
—Aquí viene el tío que nos lo va a dar.
Listín aparece, empapado, por entre las mesas de la tasca.