1814
Primavera de 1814.
(Tercer viaje en el tiempo, apuntes de la inspectora
Olga Saavedra y del inspector jefe Del Olmo)
Mariana caminaba por la linde próxima a la muralla, sola, y se estaba haciendo de noche.
Había salido a por el cargamento semanal de lana que su primo esquilaba cada miércoles.
Lo que ocurrió es que ese miércoles el muchacho tuvo un accidente: una oveja, a la que se pasó de esquila, le dio una patada como reacción al corte que le produjo.
Las ovejas se dejan rasurar la lana, cuando les cortan la piel la cosa cambia.
Dado que el muchacho se pegó todo el día dolorido, el trabajo se le retrasó.
Y Mariana tuvo que esperar, ayudando en lo que pudo, llevando ovejas de un lado para otro; incluso esquilando ella misma cuando su primo se detenía para comer o, simplemente, descansar y quejarse de la «puta que parió» a la oveja.
Porque puede parecer fácil, pero la esquila es un trabajo agotador: el bicho, aunque tranquilo, hay que agarrarlo bien por si se asusta, sin pasarse; a veces hay que adoptar posturas de contorsionista para llegar a las zonas más bajas de su anatomía; y otras veces,
la tijera de esquila no corta como debería y ocurre lo que ocurre.
Así que terminaron pasadas las seis de la tarde, y luego Mariana tuvo que recorrer los diez mil pies que separaban el prado de su primo de la muralla, a pie, y con un lastre encima de una arroba y media de lana metida en un canasto que portaba a la espalda.
Con los consiguientes vaivenes, tropezones y fatiga.
Cuando le quedaban unos mil pies para llegar a la puerta sur, un hombre mayor que ella se le cruzó.
Le había visto ya en alguna otra ocasión, y se habían saludado de forma cortés y sobria.
Por eso le sorprendió que el señor ni la mirase a la cara en aquella ocasión. Aunque no le dio mayor importancia.
Se detuvo a hacer el último descanso antes de llegar a la puerta de la muralla.
Con un trapo viejo se secó la frente y después las axilas y, para finalizar, el sudor debajo de los pechos, ya que iba chorreandito por el esfuerzo.
Se creyó sola en medio del camino, y no se fijó en que el hombre con el que se había cruzado segundos antes estaba frente a ella, observando cómo se limpiaba su intimidad.
Se quedó congelada y se le cayó el trapo al suelo.
El sujeto se acercó y recogió dicho trapo. Se lo ofreció a Mariana, pero como esta dudó, el tipo lo retiró hacia atrás. Y lo que hizo fue llevárselo a su hocico e inspirar. Inspiró profundo y después verbalizó lo que Mariana no quería que verbalizara.
—Hueles bien, mujer.
Mariana recogió, horrorizada, el canasto con la lana, e intentó salir corriendo de allí. Creyó haberlo conseguido cuando notó que algo tiraba de ella en la dirección opuesta a su marcha. Y ese algo era la manaza de aquel tipo que sujetaba el canasto.
—Déjeme, ¿qué hace?
—¿Dónde vas tan aprisa?
Mariana forcejeó porque no podía permitir que aquel desgraciado le hiciese perder el cargamento de lana.
Lo que suele ocurrir cuando forcejeas con alguien más fuerte y más grande que tú, si no tienes experiencia en reyertas, es que pierdas.
Y Mariana perdió. No solo perdió toda la lana que cayó al suelo porque el canasto se le desprendió de la espalda.
Perdió algo mucho más grave: la dignidad.
Aquel asno puso su manaza entre las piernas de la mujer y empezó a manosearla al mismo tiempo que la despojaba de la blusa con la otra mano.
Mariana empezó a chillar y volvió a perder: perdió el resuello porque el tipo le pegó un puñetazo en la boca del estómago, lo que hizo que doblara las rodillas.
No cayó al suelo ya que el violador la sujetó con sus brazos antes de hacerlo.
La cogió en volandas y la apartó del camino para llevarla detrás de un castaño enorme y floreciente que estaba cerca.
No se molestó en camuflarse mucho más, porque la tarde ya había caído y no esperaba que pasara nadie por allí.
Mariana había recobrado el resuello, y empezó a patear y a golpear al hombre, que le dio dos buenas bofetadas, una del derecho y otra del revés; y la cogió por el cuello y la amenazó de muerte llenándola de saliva la nariz y haciendo que casi vomitara porque el aliento le apestaba.
Los ojos del agresor y la mano en el cuello fueron la advertencia definitiva para que Mariana callase y se sometiera a su destino.
Le dio la vuelta, la levantó la falda y la penetró con una delicadeza inesperada para la mujer, que esperaba, quizá, una brutal violencia.
El tipo se lo tomó con calma, como si fuera una relación consentida se permitió, incluso, acariciar a la mujer los pechos, como si la quisiese hacer disfrutar y así fuese menos violación.
A pesar de esto, Mariana no sintió placer alguno, en parte porque solo lo había hecho una vez en su vida, con un marinero que prometió llevársela a Inglaterra y que desapareció al día siguiente; en parte por el aliento fétido del hombre y, sobre todo, porque nadie le daba derecho a hacer aquello.
El violador eyaculó dentro de la mujer y le dio un azote en el culo, suave, como si fuera un premio. Se retiró, se subió los pantalones y la amenazó por penúltima vez.
—Ya sabes, mujer, si hablas te corto el cuello.
Mariana no lo miró, su única preocupación era recoger la lana esparcida por el camino.
Cuando la halló, estaba sucia, no sabía si aquello se lo aceptarían en el taller.
Aun así, recogió toda la que le fue posible, y la metió en el dañado canasto, que ya nunca pudo ponerse a las espaldas, sino que llevó a pulso con las dos manos.
Hizo varias paradas porque no podía con ello.
Llegó poco antes de que cerraran la puerta sur y el guardián, ante el aspecto tan lamentable que presentaba, le preguntó qué le había ocurrido.
Mariana mintió diciendo que se había caído por un terraplén.
Llegó a casa y ni calentó el agua de la tinaja. Se lavó con un trapo húmedo y un poco de jabón. Vivía con otras dos mujeres encima del taller de costura, mujeres que le hicieron la misma pregunta que el guardián, y que ella respondió con la misma mentira.
Sin embargo, por la noche, y alertada por sus sollozos, Emilia, que era una chica de su edad, se acercó hasta su catre para interesarse por ella. Mariana tardó en contárselo, pero estaba tan rota que, al final, las palabras salieron solas.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Emilia, alarmada.
—Pues ¿qué quieres que haga, mujer? Llorar y callar.
Emilia bajó los párpados, asumiendo la derrota.
—¿Quieres que te acompañe la próxima semana?
—¿Para qué? ¿Para que nos mancille a las dos?
—No mujer, con dos no se atreverá.
Emilia estrechó con fuerza la mano de Mariana, y no se marchó a su catre hasta que se quedó dormida.
Los días siguientes fueron un infierno porque la culparon del desastre con la lana, y tuvo que trabajar el doble para limpiarla y adecentarla.
Trabajó tanto que no pudo ni ir a misa a la iglesia de Sabugo, cosa que a ella le encantaba: rozar con su mano los muros de piedra, fijarse en las vidrieras y, una vez dentro, en la luz de colores que conseguía filtrarse; y escuchar el coro,
que todos los domingos acompasaba la aburrida misa del sacerdote Nicolás.
Cuando pensó en esto, no supo si debía confesarse o no.
Ella no había consentido el atropello sexual de aquel gañán, aunque era pecado en sí.
El sacerdote no podría contar nada, pero ¿y si lo hiciera?
Se jugaba la vida. No, no iría a confesión, aunque estuviera en pecado mortal. Dios sabría perdonarla.
Llegó el día de la recogida de la lana. Madrugó muchísimo, apenas salió el sol, ya estaba de camino al prado de su primo, que se sorprendió al verla tan temprano por allí.
—¿Qué, prima, me vas a ayudar con las ovejas?
—Sí, así termino antes, que la semana pasada casi me cierran la puerta.
El primo, ajeno al dolor de Mariana, la sonrió y le dio un achuchón, a lo que la muchacha respondió con un empujón no habitual en ella, que siempre se solía mostrar afable.
Diego, que era como se llamaba el muchacho, se sorprendió.
Aunque no dijo nada porque él no entendía de mujeres, él entendía de ovejas y de esquila. Así que se puso manos a la obra.
Con la ayuda de Mariana, terminaron poco después de la hora de la comida.
Diego invitó a su prima a comer, pero ella rehusó alegando que tenía prisa.
Recorrió los diez mil pies en menos de media hora y bien cargada de lana.
Llegó sudandito a la puerta, donde el guardián volvió a reconocerla y volvió a preguntarla por qué iba tan apurada.
—Me estoy orinando.
Ante tal respuesta, el guardián se quedó mudo y se prometió a sí mismo no volverla a preguntar nada.
Mariana llegó al taller, y en cuanto descargó la lana, subió a su cuarto.
Se sentó en el suelo nada más cerrar la puerta y rompió a llorar.
Lloró tanto que, entre la caminata bajo el sol, y el derroche de lágrima, una sed inmisericorde asaltó su garganta.
Cuando fue a beber, no había nada en el jarrón.
Bajó al taller y antes de ponerse a trabajar la lana, buscó entre los botijos y jarrones que allí había. Apenas disfrutó de un par de gotas.
—Mariana, vete a por agua —ordenó la gobernanta del taller—. A la fuente nueva, que habrá menos gente.
Ella, con más sed que cansancio, no protestó, aunque los caños de Rivero estuvieran más lejos. Cogió dos tinajas cuyo peso pudiera soportar, y se encaminó a la fuente nueva; antes de salir, cruzó una mirada con Emilia, que le sonrió.
Cuando llegó a los nuevos caños, se encontró con otra mujer que cargaba agua, se saludaron con pereza y la mujer se marchó.
Mariana, antes de llenar las tinajas, se amorró a uno de los caños de la fuente nuevecita.
El agua sabía a hierro, pero no le importó, porque tenía el gañote más seco que la pezuña de la oveja que ella solita había esquilado esa misma mañana.
No se dio ni cuenta de que una mano pugnaba por entrar entre sus piernas desde atrás hasta que fue demasiado evidente.
—¡Qué… ! —gritó dándose la vuelta.
Se encontró con la cara del gañán que la había violado la semana anterior, y, al parecer, se proponía repetir la afrenta.
El aliento apestoso, mezcla de alcohol y queso, de aquel primate parecía perenne, aunque lo que más molestó a Mariana fue su sonrisilla, como si fuera algo divertido lo que estaba haciendo.
Allí, en mitad del pueblo, a plena luz del día.
¿Qué hizo Mariana?
Primero, ser astuta. Sonrió también, y esto hizo que el tipo se confiara.
Segundo, ser rápida: cogió la tinaja que tenía más cerca con disimulo de ladrón.
Tercero, no medir las consecuencias de sus actos: le reventó la tinaja en la cabeza al violador.
El sujeto cayó al suelo, sangrando por el oído izquierdo y aturdido.
Mariana arrancó a correr como si de la fuente saliera fuego en lugar de agua.
Trepó a uno de los árboles cercanos, que estaba en la linde del palacio de los Ferrera y era de fácil escalada.
Consideró que era la mejor opción, que el agresor no la localizaría allí.
Pero el tipo era tan astuto o más que ella, y debió de pensar lo mismo, porque a los pocos minutos se encontraba rondando la zona y chistando, llamándola entre susurros para disimular, por si a alguno de los viandantes le daba por meterse donde no le llamaban.
—Te voy a matar, lanera.
La amenaza era muy real, ya que el gañán sacó una navaja de considerable tamaño y la abrió.
Marina observaba, aterrorizada, al tipo desde lo alto del castaño, camuflada por escasas hojas que recién brotaban al aliento de la primavera.
El tipo, que parecía un sabueso, gesticulaba con la nariz, como olfateando y, al parecer, sí que tenía algún tipo de dote perruna, porque levantó la mirada y descubrió el paupérrimo escondite de la mujer.
Ella observó, de nuevo, la sonrisa de dientes amarillos de aquel desgraciado, y se orinó de miedo. ¿La consecuencia?
—¡Serás guarra! —La orina de la mujer llovió sobre la cabeza del violador y fue lo que colmó su paciencia—. Baja ahora mismo o te desuello viva.
Mariana negó con la cabeza e intentó gritar, pero por algún extraño motivo no lo consiguió.
El hombre buscó en los alrededores. Cuando encontró lo que buscaba, lo asió con fuerza en la mano y al llegar cerca de la muchacha, le lanzó un pedrusco de considerable tamaño que impacto en el pecho, provocándole un dolor intenso, aunque tolerable.
—Baja, ramera, o te mato a pedradas.
Sin embargo, Mariana no habría de bajar de allí por su propio pie.
Lo hizo, eso sí, cuando el gañán le lanzó el tercer pedruscazo que le impactó en la cabeza y la dejó tan grogui que se deslizó como a cámara lenta por entre las ramas del árbol.
El último tramo fue una caída al vacío, si bien no demasiado alta, sí lo suficiente como para que se partiera una pierna y varias costillas.
En el suelo, rota de dolor, Mariana empezó a sollozar. No mucho tiempo, porque el agresor, que se llamaba Mendo, la cogió por los pelos y la arrastró a la parte de atrás del castaño, donde una casa de piedra sería testigo de la violencia final.
Le pegó otro puñetazo en la boca del estómago para que no pudiera gritar por la falta de aire y tiró de su pelo hasta ponerla en vertical. Sacó la navaja y la puso en su cuello.
—Te voy a degollar como a un carnero, puerca.
El tipo se detuvo un momento porque notó una presencia a su lado. Era un chiquillo de unos cinco o seis años que sostenía la tinaja de Mariana que no se había roto en la disputa.
—Ándate de aquí, ninu —ordenó Mendo.
El crío estaba paralizado y no reaccionó; sí lo hizo cuando Mendo le dio un grito exigiendo que se largase.
Lo último que vieron los ojos de Mariana fue al crío doblando la esquina, justo antes de que Mendo la rebanara el pescuezo, tal y como prometió una semana atrás.