La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Trabajo de esclavos
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Trabajo de esclavos

Cinco días sin apenas salir de una iglesia pueden convertir a uno en satánico. Cinco jornadas examinando, día y noche, documentos eclesiásticos pueden convertirte en el mismísimo Belcebú.

Y llevamos cinco días aquí encerrados porque el test genético de Antonio Abad García resultó negativo. Una decepción que hizo mella en el equipo, y que traté de compensar —con poco éxito— invitándoles de mi propio bolsillo a un paseo marinero por la ría después del segundo día de estar encerrados.

Encerrados, sí, porque el espacio es tan reducido que Luis se dio cuenta de que nos entorpecíamos los unos a los otros, y decidió organizarlo por turnos: Olga, Vilda y yo, trabajaríamos de tarde, desde las cuatro hasta las doce.

Pleite, Solís y Toribio desde las ocho de la mañana hasta las cuatro.

Siempre supervisados por los dos religiosos, que también se turnan.

Aunque nosotros nos solemos quedar hasta la una o las dos de la madrugada, ya que el párroco Julián nos lo permite.

Listín, sin horarios, entra y sale de la iglesia cuando quiere, aunque salir, sale poco. Lo documenta todo en su portátil.

Hasta ese quinto día no llegaremos hasta un antepasado de Eduardo Valdés, y, por lo tanto, de Manel García, nacido, ahí es nada, en 1713: el año del tratado de Utrecht.

—Yo es que no dejo de alucinar con todo esto, Del Olmo —confiesa Amaya en el cambio de turno—. Para hacer una película. Toma nota para tus guiones.

Todo el grupo sabe de mi pasión por el séptimo arte, aunque solo Olga conocía mi intención de escribir un guion.

Poco antes de marcharse a fugitivos, salimos una noche y tiró un dardo al aire que recogió Toribio y al final lo tuve que contar.

Hubo algunas risas, pero nada grave. Desde ese momento, todos se ofrecieron a ayudar contándome batallitas de sus pesquisas susceptibles de llevarse a la pantalla.

Lo que pasa es que algunas veces resulta pesado.

—Venga, tira para el apartamento y descansa un rato.

—Antes nos pasamos por el Tagu.

—No os cansáis.

—¿Cómo nos vamos a cansar con lo bueno y barato que se come, Del?

—Yo sí estoy un poco cansado —rebate Pleite—, echo de menos la comida de mi madre, fíjate.

—Venga, Julio, que ya nos queda poco. El próximo fin de semana os prometí que volveríamos a casa, aunque sea solo sábado y domingo.

Llevamos siete días con sus siete noches en Avilés, y esto es otro añadido que contribuye a que la moral de los compañeros se resienta.

Salir de Madrid puede estar bien, unos días; tanto tiempo, molesta.

Menos mal que del equipo solo Toribio tiene descendencia y, dado que la reparte con sus dos exmujeres, lo lleva bien.

Yo lo llevo un poco peor, pero, como se dice, hago de tripas corazón.

Les hago videollamadas casi todas las tardes.

Lo que más echo de menos, precisamente, es ver películas o series con ellos.

—¡Os queréis ir ya!

—¿Me puedo quedar, jefe? —pide Solís.

En ese momento entra en la sala el Padre Astorga, que se ha ido a comer y a echar la siesta. Al no ver allí a su ayudante Julián, murmura algo sobre la juventud.

—Se ha ido hace media hora por un recado urgente, nos ha dicho que le ha avisado —trato de exculpar al muchacho, que se está portando bastante bien con nosotros.

—Sí, sí, lo ha hecho, pero no sé qué tendrá tan importante.

Le digo a Solís que agradezco su buena voluntad, pero que es mejor que sigamos trabajando así.

Además, tienen que ayudar a Luis que está repasando los datos brutos que las telefónicas nos han pasado con la información de las posiciones BTS de 2010.

De momento no hemos sacado nada en claro al respecto.

El equipo se marcha y seguimos con la tarea. A las dos horas, empiezo a bostezar y el propio Vilda se ofrece a ir por cafés y bebida energética para un servidor. Se lo agradecemos.

A los pocos minutos Olga da un brinco en su asiento.

—¿Qué ocurre?

No dice nada, solo hojea el tomo de un archivo. Mueve su dedo a lo largo de una página, y vuelve a la anterior. No puedo más y me acerco a ella. Levanta la mirada y me fijo en su boca. Tiene saliva en las comisuras y titubea un poco antes de soltar:

—Otro homicidio parecido al de la colmenera.