La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Las Vegas
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Las Vegas

Amaya es la encargada de ir a comprar guantes de vinilo para todos, y compra de sobra porque el trabajo que allí nos espera es, quizá, el más tedioso que recuerdo.

El párroco enciende todas las luces (que no son muchas) y nos muestra la sala completa con todas las estanterías donde los tomos del archivo están protegidos por una puerta con cristales.

Amaya también se ha hecho con linternas de las que se ponen en la cabeza, como las que usan los espeleólogos.

Astorga nos ha solicitado que no usemos una luz excesiva porque los documentos prefieren estar en la penumbra.

O más bien, él prefiere que permanezcan en la oscuridad, lejos de los ojos de cualquier investigador.

El olor a humedad es menor al que me esperaba, aunque quizá sea que me he acostumbrado.

Y las paredes ya no me parecen tan oscuras como antes.

El párroco y otro cura nos han prestado un par de mesas que hemos situado en la zona con más luz, cerca de la entrada.

También nos han facilitado unas sillas verdes y pequeñas donde los compañeros se sientan, y que nos da un aspecto más de colegiales haciendo un trabajo para subir nota, que de un grupo de Homicidios de la Policía.

Listín se encarga de organizar la forma en la que vamos a investigar todo este material.

Lo ha hecho por fechas, evidentemente, y forma dos equipos: uno para los años pares, otro para los años impares.

Desconozco el motivo por el que ha querido hacerlo así, y tampoco se lo voy a preguntar porque tengo en la cabeza una preocupación que me pesa más que la forma en la que vayamos a investigar todo aquello.

Antes de proceder al estudio, y una vez que Astorga abandona la sala haciéndome un gesto para darme su permiso, o, mejor dicho, para ordenarme que me explique ante mis compañeros, lo suelto a bocajarro.

—¿Quién ha estado en Las Vegas?

Percibo sus miradas confusas.

—¿Qué pasa, Del Olmo? —protesta Toribio—. Aquí hace fresco y parece que tenemos mucho curro.

Olga me mira, quizá molesta porque no me haya reunido con ella después de charlar con el padre Astorga. Por eso me dirijo a sus ojos.

—Ya sabéis, lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas.

—Espera, espera —dice Amaya—. ¿Nos estás pidiendo lo que creo que estás pidiendo?

—Sí, lo pide, sí —añade Olga.

—No montéis un drama.

—¿Y si encontramos algún caso de pe… —inicia Toribio.

—¡Silencio! —grito, y todos se sobresaltan.

—Nadie va a encontrar nada de eso —Vilda interviene—. Esta gente será lo que sean, pero tontos no son. De haber algún caso de los que dices, no lo tendrán registrado aquí.

—O a lo mejor sí, y se les ha pasado —repone Olga.

—Como dice el inspector Vilda, no hablo de eso. Si no de cualquier otra cosa extraña que podamos encontrar.

—¿Por ejemplo? —se atreve Pleite.

—No lo sé, todo el que encuentre algo, digamos, comprometido, levanta la mano y se viene conmigo y me lo enseña.

—¿Vamos a ocultar delitos, inspector? —pregunta Olga, que ahora no disimula su enfado.

—Vamos a resolver el crimen de María Ostende, que es para lo que hemos venido aquí, y lo que espera de nosotros su marido. ¿De acuerdo? —Nadie se atreve a decir nada—. Así que manos a la obra y, por vuestra madre, los libros con más cuidado que si fueran billetes de quinientos.

El equipo se pone a trabajar según las indicaciones de Luis.

Olga no, ella tiene sus ojos clavados en los míos y no se ha puesto ni la ridícula linternita en la frente.

Le hago un gesto con la cabeza y la invito a salir de la estancia.

Ya fuera nos encontramos con el padre Astorga, cómo no, sonriendo.

Y con su ayudante, un joven de unos treinta años, con gafas y repeinado hacia la derecha, que le otorga un aire de un John Lennon católico, y que porta una seriedad directamente proporcional a la afabilidad de su superior.

—Bien agente, antes no le he presentado a Julián, es el párroco que me sucederá en el puesto el año que viene.

Julián no me estrecha la mano, tan solo se inclina a modo de saludo.

—Nosotros vamos fuera un momento que tengo que hablar a solas con la inspectora. El equipo ya sabe todo lo que tiene que saber y está trabajando.

—Muy bien, nosotros entramos a ayudar en lo que podamos.

Nos vamos sin despedirnos y antes de cruzar la planta principal, Olga me aparta hasta un confesionario.

—Inspectora, no te dará morbo este rollo religioso —le vacilo.

—No digas tonterías, Del Olmo —protesta—, aquí estamos mejor que fuera.

—Venga, no me aguantas ni una broma.

—No está la cosa para bromas, inspector jefe.

—Has usado la palabra mágica. A ver, ¿qué te escuece?

—Te diría una ordinariez, pero no es plan. No entiendo cómo accedes a encubrir delitos.

—¿No has escuchado a Vilda? Lo único que podemos encontrar son propinas o pagos en B, o alguna otra chorrada similar. No va a haber testimonios de las posibles aberraciones. Y si nos vamos a siglos pasados, aunque lo encontremos, no será ni procesable.

—Pero sí denunciable ante la opinión pública.

—Que no, Olga, que si hacemos algo así, el padre Astorga le prende fuego al archivo y no tendremos pruebas para el sumario de cara al juez.

—¿En serio?

—No lo ha dicho de esa forma, pero estoy seguro de que lo haría. Va con la sonrisa ahí puesta en todo momento, de viejecito bonachón, pero menudo bicho es. Si te cuento lo que ha hecho cuando me he quedado a solas con él…

—¿El qué?

En ese momento se escuchan unos pasos rápidos que se aproximan a nosotros, como los pasos del padre Astorga minutos antes.

—Del Olmo, Saavedra —es Vilda con el teléfono en la mano—. Me llaman de jefatura. Antonio Abad se acaba de hacer la analítica.

Detrás de Vilda viene el padre Julián, que le chista pidiendo silencio con tanta fuerza que podría poner en marcha el órgano que corona la iglesia de Santo Tomás de Canterbury de Avilés.