La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Padre Astorga
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Padre Astorga

El padre Astorga tiene, como poco, setenta y cinco años.

Lo intuyo porque su cara alberga las mismas arrugas que mi padre y la misma nariz engordada por el paso del tiempo.

También calza una gorra estilo boina o chapela o no sé cómo llamarla, igual que mi padre.

Podría tener algunos años más, o algunos menos, si bien no andaré muy desencaminado.

—Buenos días, señores… —dice— y señoras, claro —remata mirando a las dos compañeras.

Nos recibe en un despacho al que hemos accedido por el lateral de la Iglesia de Canterbury; a Santo Tomás me lo ahorro, en parte por no hacer tan largo el nombre, en parte porque es mucho más cool llamarla con ese apelativo británico.

Le estrecho la mano al párroco, al mismo tiempo que le doy los buenos días y le sonrío. Astorga, como casi todos los sacerdotes, tiene una mirada piadosa y agradable. Y un tono de voz lento y agudo, castigado por centenares de sermones a capela.

—Padre, este es el inspector del que le hablé por teléfono —comenta Vilda.

—No lo esperaba así.

Me ahorro el típico comentario de «¿así como?».

—Yo tampoco esperaba un nombre como Canterbury en una iglesia española que parece casi una catedral.

—Yo prefiero llamarlo Santo Tomás de Cantorbery —dice sonriendo—, queda más español.

Nos cuenta la pequeña historia de cómo se fue castellanizando el nombre y cómo la llegada de «los nuevos tiempos» le devolvió su nombre original. También narra la historia del famoso santo, Thomas Beckett, y los compañeros se miran unos a otros con ganas de que el buen hombre termine.

—Sé que les estoy aburriendo, así que no me explayo más. Solo me parecía conveniente ubicarles.

—Gracias, Padre. Tanto a mí como a mis compañeros nos gusta aprender —zanjo.

—Bien, aunque supongo que les correrá un poco de prisa todo, así que acompáñenme.

—¿Dónde?

—¿Dónde va a ser? Al archivo.

Astorga me da la espalda y sale, despacio, del pequeño despacho.

Todos lo seguimos y accedemos al interior de la iglesia que me sorprende por su gran luminosidad.

Hay innumerables vidrieras en la parte superior que iluminan la estancia.

Tal y como se intuía desde la fachada, la iglesia es enorme.

Al fondo detecto una pareja de ancianas con las manos cruzadas que deben de estar rezando.

El sacerdote llega hasta el otro lado de la planta principal y abre la puerta.

Me invita a pasar primero y cuando llega el resto del equipo, les detiene.

—De momento, pasará solo el inspector —explica. La cara de decepción de Olga es patente. Aunque lo es más la de Luis. Vilda, simplemente, pone los brazos en jarra— No se apuren, después podrán pasar.

Les cierra la puerta con una sonrisa en la cara que será la tónica de toda la interacción que tengamos con el religioso en los días venideros. Enciende una luz, aunque es como si no lo hubiera hecho, porque aquello está tan oscuro como una iglesia en una película de miedo.

—¿No hay más luz, padre?

—Sí que la hay, pero de momento lo dejamos así.

El cura se pone delante de mí.

—No me diga que va a encender un candelabro como si esto fuera El nombre de la rosa.

—No me gusta esa película —zanja.

—¿Y el libro?

No contesta, y se pierde por un pasillo oscuro formado por unas estanterías gigantescas. Escucho sus pasos, en efecto, como si el malo de una película de miedo me estuviera acechando.

—¿Padre?

No responde y, por un momento, llego a ponerme nervioso. Vuelvo a llamarlo y aparece a mi espalda, dándome un buen susto.

—Mire, inspector —dice.

Me enseña un libro de tamaño considerable que sujeta con sus dos pequeños y temblorosos brazos.

Es el típico libro antiguo, con el papel arrugado y maltratado por la humedad.

Me lo enseña, y creo adivinar unas fechas en la cubierta, pero no me deja tocarlo, simplemente lo hojea delante de mis narices.

—¿Esto es un libro del archivo diocesano?

—Es del siglo XIX.

Alzo las cejas y miro al párroco que, como todo el tiempo hasta ahora, sonríe.

—Creo que es lo más antiguo que he visto en mi vida —digo—. Bueno, quiero decir fuera de un museo o algo así.

—Puede ver algunos más antiguos —responde—, pero necesito de su compromiso —mi rostro se pinta de interrogante y él prosigue—.

Hay muchísimos tomos de archivos como este.

Puede que para la mayoría de las personas apenas tengan valor: son datos de nacimientos, bodas, defunciones…

aunque también hay noticias de la localidad y comarca de diferentes años, siglos pasados, incluso.

—¿Siglos? ¿De qué siglo estamos hablando, padre?

—El tomo más antiguo que tenemos data de principios del XVIII.

—No puede ser —digo, incrédulo.

—Claro que puede. Y si se compromete a cuidar estos tomos como si fuesen sus hijos, podrá verlos. Usted y sus compañeros.

—Claro que me comprometo.

Levanta la mano y me interrumpe.

—Aquí hay todo tipo de información. Quizá alguna de la que yo no quiera saber nada. A lo que me refiero es a que, aparte de cuidar los tomos como si se fueran a romper, cosa alto probable, cuide la información que encuentren dentro.

Me tapo la cara con las dos manos y después me doy dos palmaditas en las mejillas.

—¿Me está pidiendo que oculte delitos que puedan aparecer en estos archivos? ¿Delitos por parte de la Iglesia?

—No es lo que usted se está imaginando.

—No tengo tanta imaginación. Y sí un poco de prisa.

El padre no borra su sonrisa en ningún momento.

—Si no se compromete a ello, no podrá tener acceso a esta información.

—¿Y si le miento? ¿Y si descubro algo que sea un escándalo para su institución, me lo guardo y cuando termine mi investigación lo destapo?

—Usted sabe tan bien como yo que no va a hacer eso. Primero porque no se miente en casa de Dios. Lo segundo, porque voy a supervisar todo su trabajo. Y lo último es porque usted, además de un buen policía, es una persona honesta.

Me dan ganas de decirle que yo no creo en su Dios, y que la honestidad, en caso de delito, me la puedo dejar en la sala de parto donde mi madre me parió. Sin embargo, el fin justifica los medios, y mi respuesta es obvia.

—Tiene usted… ¿mi palabra? —titubeo—. Es que no sé cómo decirlo, nunca me han pedido algo así. O al menos no lo recuerdo.

—Su promesa —aclara.

—Tiene usted mi promesa de que cuidaré esos libros y la información que contienen.

—Amén—Le pediría que quitara la tilde del vocablo, pero, una vez más, me callo por la cuenta que me trae—. Espero que traigan guantes —solicita—, porque no sé si tengo para todos.