La sangre naranja (Del Olmo y Saavedra 2) Voluntario
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Voluntario

Duermo como un bendito. Liberar la tensión con Vilda contribuye a ello.

Se ha comprometido a ayudarnos con los archivos diocesanos y, lo que es más importante, con el juez.

Aunque esto último no hace falta, de momento, porque en cuanto llegamos a comisaría, cerca de las nueve de la mañana, Lorenzo nos da la grata sorpresa.

—Buenos días, inspectores. Pasen.

Después de darle los buenos días, accedemos a la sala de reuniones y nos encontramos con Antonio Abad.

Nos mira y, acto seguido, firma el documento en el que se compromete a realizarse el test genético que lo culpe o exonere.

El hecho de prestarse voluntario ya dice mucho acerca de su implicación en el crimen.

—Gracias, Antonio. Te llamo en cuanto lo organice, pero no pasará de esta tarde o mañana por la mañana —dice Vilda.

—En horario no comercial, ¿de acuerdo? Que yo no puedo dejar la ferretería así como así.

Pasa por delante de nosotros y ni nos mira. Sonrío a la inspectora que me corresponde.

Lorenzo me entrega el documento firmado, y coge el teléfono móvil. Llama a la jefatura de Oviedo y solicita el personal médico pertinente. Cuando cuelga empiezo a hablar.

—Mandamos el análisis a Santiago.

—¿Y eso?

—Quiero que todo lo relativo a este caso, lo hagan ellos. Ya sabes cómo dimos con Manel García.

—Cierto. Esta misma tarde podría venir personal de criminalística a hacer la extracción.

—En horario no laboral —apunta Toribio, con sorna.

—¿Su señoría vendrá pronto? —pregunta Olga.

—Debería estar aquí ya —contesta Vilda.

Deseo que el juez no sea otro dormilón o perezoso. Porque va a tener que tramitar órdenes por un tubo. Antonio Abad tiene poca pinta de culpable, aunque le pido a Vilda que siga con el rabo puesto.

—Con rabo y dos orejas, inspector —bromea—, aunque de momento mis hombres no encuentran nada extraño.

Sonrío para mis adentros pensando en que algún tentáculo del DAO le tuvo que hacer una llamada el día anterior, aunque es algo que Lorenzo no me comenta, como si no quisiera admitir esa derrota y prefiera seguir con los buenos términos del armisticio firmado en el Tagu.

—Y ahora es cuando nos cuentas cómo conseguimos los archivos diocesanos que nos faltan —le pido.

Escuchar esas dos palabras hace que Listín levante la cabeza de su portátil como un perro levanta las orejas al escuchar a una posible presa.

—Es un poco pronto, ¿habéis desayunado? —Todos negamos—. Entonces vamos a hacer tiempo.

—¿Otra vez al Tagu? —protesta Olga.

—No, tranquila inspectora. Vamos a otro sitio, se come peor, pero tiene su encanto.

Nos distribuimos en dos camuflados porque con el inspector y Arturo, el oficial majete, somos ocho y no cabemos. Le pido al propio Vilda que viaje conmigo y Olga, y les mando a los de mi grupo que vayan ellos en el otro K.

Arturo es el encargado de conducir nuestra furgoneta, y cuando toma de nuevo la carretera de la ría me embeleso —una vez más y las que me quedan— con los muelles y con el centro Niemeyer.

—¿Estará trabajando Daniel ahora? —pregunta Vilda al aire.

Como nadie responde, el inspector suspira.

Abandonamos la carretera de la ría y nos adentramos en el casco antiguo de Avilés que sigue tan oscuro como el día anterior.

Arturo callejea y cuando llegamos a una plaza, un rayo de sol ilumina una catedral de forma que parece que el Dios de la Biblia nos diese la bienvenida.

No me llega el cuello para mirar hacia arriba todo lo necesario para ver el final de las dos torres de la fachada principal.

—¿Desde cuándo Avilés tiene una catedral? —pregunto.

—No es una catedral, inspector —apunta Arturo—. Es la iglesia de Santo Tomás de Canterbury.

Por algún extraño motivo, siento una curiosidad casi infantil por terminar de avistar el monumento con la mayor rapidez posible. Cuando salgo del camuflado y libre de su techo, mi cuello recorre la fachada principal de arriba abajo y de abajo arriba. Embelesado, atónito, anonadado.

—Pues parece una catedral —digo.

—Mucha gente lo cree —interviene Vilda—. Tiraron la casa por la ventana los burgueses de la época.

—Es lo que tienen los burgueses —apunto con retintín—, que pueden tirarla cuando les plazca. Luego ya los plebeyos vendremos a recoger los escombros.

—No sigas por ahí, inspector, que aquí la mayoría es conservadora.

—Pero si aquí gobierna la izquierda —interviene Amaya, que se ha puesto a mi lado y también mira hacia arriba.

—Me refiero a aquí —Vilda se señala el escudo de la Policía y suelto un suspiro de exasperación.

—¿Desde cuándo hay burgueses en el cuerpo, inspector?

—Bueno, en las capas altas yo creo que desde siempre, inspector.

Cruzamos miradas y admito mi derrota con una mueca.

De todas formas, no importa quién haya construido esa maravilla arquitectónica.

Es de una belleza inusual. No es que yo entienda mucho de arte, pero quiero suponer que las dos imponentes torres deben de ser de algún estilo parecido al gótico, y que deben medir al menos cincuenta metros de altura.

La piedra es de color gris sucio, como yo lo llamo, y se le nota el castigo de la humedad asturiana.

Precisamente eso le da una belleza triste que la hace especial.

Porque, aunque no lo parezca, se puede encontrar belleza en lo triste, como en las películas de cine independiente.

—¿De qué siglo es? —pregunto. Arturo y Vilda ríen—. ¿Qué pasa?

—Es del siglo XX, inspector —apunta Olga que lo debe de haber consultado en el móvil.

—Sí, de principios. Es estilo neogótico y la hicieron así de espectacular para llamar la atención más que para otra cosa. En esa época ya no se estilaban ese tipo de construcciones faraónicas —aclara Arturo.

—¿Le gusta el arte, oficial? —pregunto.

—Fui monaguillo en la parroquia de mi barrio, inspector —me mira y sonríe. Por su gesto deduzco que no miente.

—Pero ¿eso sigue existiendo?

—Ahora no sé, hace veinticinco años, sí. Además, al cura le hacía gracia tener a un monaguillo negrito, como él me llamaba.

Le miro y hago una mueca, pero él sonríe quitándole importancia a ese racismo subyacente. Me sonríe y le correspondo.

—Bueno, ¿vamos a desayunar o no? —pregunta Lorenzo.

Es el mismo inspector quien nos conduce por las calles antiguas de Avilés, y parecemos un grupo de turistas.

Los compañeros se paran cada diez metros a comentar las construcciones típicas de la zona: soportales, casas de colores estridentes y edificios algo más modernos con fachadas de colores igual de estridentes que dan armonía al conjunto.

Llegamos a una estrechísima calle en la que en su flanco izquierdo hay un largo soportal, y en el derecho un par de tascas. Entramos en la segunda, que está más vacía y tiene mejor acceso. Los compañeros se apostan en la barra, y yo me quedo en una mesa con Vilda al que interrogo con la mirada.

—Si te gusta la iglesia estás de suerte.

—¿Por qué? —pregunto justo antes de darle un mordisco a un bocadillo de jamón.

—Porque el archivo diocesano de la comarca está ahí.

Abro mucho los ojos al mismo tiempo que paladeo el bocata.